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martes, 21 de marzo de 2017

Duelo de reseñas: II

¡Dice Morgan que soy astuto! Pero también que ella es una blanda, y eso no puede ser en serio. Me parece a mí que aquí lo que se está dando es la tradicional bravata de la esgrima escénica: no soy Íñigo Montoya, así que si quiero salir entero de esta voy a tener que rumiar bien cada lance.



 

Pero primero, lo primero: responderé a mi colega escritora. 

Sobre si un relato es o no de tema supersticioso, Morgan aduce (y resumo, porque la explicación es algo larga), que no lo es si lo contado tiene un fundamento racional para sus protagonistas. 

Hay dos serios fallos que lastran este argumento: primero, no se aplica a mi relato, porque el protagonista tiene en todo momento un acercamiento racional, descartando lo sobrenatural, hasta la catarsis de la historia. Sería entonces, como decir que los relatos de Lovecraft no tratan el terror sobrenatural porque los personajes protagonistas acaban por comprobar que sus miedos son corpóreos y vivos. Y segundo: si el caso fuese distinto, y si en todo momento mis personajes tratasen la superstición que nos ocupa como si no lo fuese... ¿en qué cambia eso las cosas? Una cosa es, como bien apunta Morgan, que el autor esté obligado a mantener la coherencia interna del mundo, y otra muy distinta (y falsa) que el autor esté obligado a articular su mensaje desde el prisma de los personajes. Así, una novela en que un asesino en serie cree justificadas sus acciones no es una novela sobre un héroe, sino una novela sobre un criminal. O por decirlo de otro modo, un mundo de fantasía que no lo es para sus personajes, porque es natural para ellos, sí lo es para nosotros (nuestro prisma es el crucial para articular el mensaje). 

Y esto enhebra muy bien con lo que comenta Morgan sobre mi segundo relato en Quién tiene miedo a morir, que llamé Bajo el hielo de Vostok. Desde el punto de vista de nuestra amiga este relato está más imbricado en la historia central del libro, hasta el punto de que para ello influye el (supuesto) escritor del manuscrito y aparente antagonista. La respuesta... tendrá que esperar, porque interpretar o no esta y tantas otras cosas es una de las gracias del libro, y no quiero intervenir en la experiencia de Morgan.

Y ahora sí, continúo con la reseña del segundo relato de Entremundos, llamado Restitución.

Me parece una historia nacida de alguna convocatoria, por la relevancia que tiene en el relato el clásico de Wilde El retrato de Dorian Gray. Pero con una apasionada de los clásicos como es la autora resulta difícil asegurarlo. Se trata en cualquier caso de un relato breve, muy bien medido, con imágenes memorables y un ambiente logrado. Si la referencia al clásico hubiese sido solo eso, y no estuviese mencionada de manera tan obvia y quizá hasta algo invasiva, habría ganado muchos enteros para mí. Algo tienen los pintores, las drogas, el alcohol y la bohemia, que sirven para originar relatos de terror a las mil maravillas. La historia y el recurso me han recordado a otras de Lovecraft, Barker, Bueso, Tamparillas o Nacho Cid. Y yo, sin poder compararme con los de esa lista, hice algo parecido y también con reminiscencias de Gray, en mi Solo tú me satisfaces, en Calabazas en el trastero: Aparecidos. De momento, un relato que me ha gustado más que el primero, y que curiosamente no me había dejado ningún recuerdo, mientras que sí lo había hecho el anterior. Cosas de la memoria (escasa, en mi caso: seguro que Morgan me lo perdona y no me lo tiene en cuenta).

Ahora me tocará recibir mi merecido, en el blog de Morgan... Seguro que ella que es más aplicada no tarda más de un mes, como un contrito servidor. ¡Miserere mei!

lunes, 23 de enero de 2017

Duelo de reseñas: I


Habráse visto: ¡retarme la compañera L.G. Morgan a un duelo de reseñas! A mí, que casi no me da ni para escribir reseñas de las convencionales.

Ya debía pensar que no iba a recoger el guante, dada la irregularidad de mis entradas (caprichoso que es el tiempo). Pero en honor a mi decimononófila colega me pongo los quevedos y ahí va mi lance, faltaría más:


Bloqueo...

Lo primero, las alusiones. Efectivamente, el principio del libro no es en sí un relato sino un fragmento del hilo central de la novela, si es que se la puede llamar así. Como hice ya con Ciencia y revolución, utilizo una historia central para vertebrar los relatos y, como bien apunta Morgan, para poder criticarlos y despedazarlos bien a gusto, con algo de ese voyeurismo disociado, sí. No es un recurso original, ni mucho menos; los ejemplos van de Las mil y una noches a El hombre ilustrado del gran Bradbury, pasando por otros no tan obvios ni tan similares pero que algo de este agente aglutinador sí tienen, como Los viajes de Gulliver, o el mito de las pruebas de Hércules. De Remake, el relato de Morgan, me reservo para hablar en su momento (cuando además lo haya releído, que soy de memoria fugaz y hace tiempo que disfruté de Entremundos). 

Ya hablando del relato que nos ocupa, A Yolanda no le asusta el cementerio, dice Morgan y es verdad que no será la primera ni la última vez que tengamos opiniones diferentes sobre lo que entra o no en una determinada temática. Todo se puede discutir en la era postmoderna. Y oye, aunque no se pudiese; lo haríamos igual, que nos encanta. Qué decir, compañera... la superstición es, por definición, una «creencia que no tiene fundamento racional y que consiste en atribuir carácter mágico o sobrenatural a determinados sucesos o en pensar que determinados hechos proporcionan buena o mala suerte». Ni que decir que ese apunte que algunos hacen, de que las religiones y sus creencias no entran bajo el paraguas de esta definición, no tiene cabida en este nuestro espacio, racional y pastafarista. Así que, ¿cómo no va a ser superstición el enterramiento de los difuntos en una tierra que supuestamente es sagrada, en un campo de atribuida santidad, para la ligazón de sus almas al mundo de los vivos a la espera del juicio final? Al mismo tiempo, cabe jugar con el paralelismo entre la superstición de la tierra sagrada, del alma eterna, frente a la realidad antropológica del recuerdo del ausente, de la añoranza y el proceso del duelo.


...Finta...

Pero se trata de despedazar reseñar el libro de Morgan. Para los que no lo conozcáis, Entremundos vino a nacer en la línea A sangre  de nuestra querida editorial fosca por excelencia Saco de huesos un frío (digo yo que lo sería) diciembre de dos mil trece. Me voy a arriesgar a confiar en mi memoria (algo nunca aconsejable) para comparar mis impresiones ahora y cuando haya releído y reseñado todas las historias. Los relatos de la escritora madrileña, especialmente los recogidos aquí, tienen para mí un cariz de literatura generalista. Me resultan historias cotidianas y realistas que resultan tener elementos fantásticos. Totalmente á la fosque (absteneos de leer esto los que conozcáis la lengua de Baudelaire, por favor). Y eso que otros cuentos de Morgan no pueden ser más de género, más pulperos, fantásticos y gamberros... pero recuerdo Entremundos como una recopilación de historias de personajes cercanos, de nuestro día a día, muy bien construidos y perfectamente capaces de llevarnos hasta esa hoja, invisible de puro afilada, que separa el aquí del allá; nos insinúa la frontera en un registro que es más mágico y potente precisamente por eso, por no acabar de arrancarnos los pies del mundo real. 

O eso recuerdo, vaya. Ya veremos.


...Y estocada

Entremundos empieza con un tentempié ligero, uno de esos que van bien para ir abriendo apetito. Se trata de Ouija, un relato en el que asistimos a una sesión de espiritismo amateur por parte de un grupo de amigos de toda la vida. Muy bien en forma, consigue que identifiquemos perfectamente a los personajes en muy pocas líneas. En mi caso ha tenido la virtud de evocar escenas de adolescencia e infancia, en su primera parte. He visto paralelismos con mis amistades en la segunda; el relato consigue universalizar estos puntos comunes, como le atribuyen a King. Todo un acierto para el inicio del libro, a pesar de o debido a que he echado en falta quizá un final con más punch: se trata de uno de esos relatos que son lo que nos cuentan, y que no albergan ninguna sorpresa más allá del ecuador. Con todo, deja ganas de más. 

Otra cosa que tiene el relato y que lo convierte en un perfecto candidato para ir al principio de la obra es que presenta (consciente o inconscientemente) varios de los leit motiv que se distinguen en la literatura Morganiana. Véase: la referencia al s.XIX, solo mencionada, pero que flota en el ambiente durante toda la historia. La introspección de los personajes, y el trazado en pocas líneas de unos perfiles psicológicos sugeridos pero con raíces. La motivación, en definitiva, y el cambio. Morgan nos presenta un escenario profundo y bien cimentado, y después arrasa con él, no como un vendaval o una fuerza de la naturaleza, eso sí, sino en un caos controlado y de afán diseccionador. Una catarsis esta, si se me permite terminar con otra maligna incisión en la llaga, que podría haber sido redonda con un buen giro de la trama.

La respuesta y previsiblemente más caña, próximamente en el blog de Morgan...

martes, 27 de diciembre de 2016

El secreto de Dedalus, de Óscar Bribián


Texto de contraportada (Saco de Huesos):

¿Qué te sucedería si, debido a un percance, sufrieras un brote psicótico?
Sergio Dedalus es, pese a sus excentricidades, una persona relativamente normal. Juega al ajedrez a diario contra sí mismo y mantiene una actitud muy crítica hacia sus vecinos y compañeros de trabajo. Pero un ajuste de plantilla y el fallecimiento de un familiar cercano desembocarán en una experiencia nocturna que lo sumirá en una auténtica batalla contra la demencia, sus miedos internos y una pulsión sexual contenida.
Novela finalista del Premio Nacional Domingo Santos de Novela Fantástica en el año 2012, El Secreto de Dedalus bebe de autores tan dispares como Joyce, Samuel Beckett o Bukowski. Una atrevida muestra de surrealismo, humor entremezclado con suspense y terror psicológico escrita en primera persona. No te dejará indiferente.
Después de leer El secreto de Dedalus hay que pasar por descompresión: uno está demasiado afectado por las profundidades a las que el libro te sumerge. Te falta el aire y se nubla la visión.
David Jasso
Un aterrador viaje hacia la locura que te deja sin aliento, un sobrecogedor descenso a los infiernos del alma humana.
Roberto Malo


La novela de Óscar puede meterse en una clasificación que personalmente me encanta. No porque se trate de una novela de terror, ni porque tenga una prosa envidiable, ni porque su autor describa sin aburrir y narre sin enumerar acotaciones. Me encanta porque pertenece al gran género de lo que yo llamo (medio en broma, medio en serio) «novela de desgraciado». También me vale «novela de cabrón».

Sergio Dedalus, el protagonista y también narrador de este plano secuencia, sumidero a la fatalidad al más puro estilo de «La soga», es una persona con mala suerte, sí, pero también alguien que Óscar, me parece, quería crear tan despreciable como (ahí está lo difícil) susceptible de despertar la empatía del lector. No una empatía de «podría ser yo», ni siquiera de «lo entiendo», pero sí de «es real», de «lo creo». 

Tengo que decir que aunque Óscar es de los que defienden la legitimidad y calidad del género fantástico, también es de los que disfrutan con toda la literatura, y eso se nota. Entre las influencias de la contraportada yo he echado de menos, no sé si será solo sensación mía, a J. D. Salinger, por esas divagaciones aparentemente inconexas de Holden que finalmente contenían más de lo aparente, esas que tan bien cimentaban el personaje, y que recuerdan (quizá al revés) a las del también desubicado y confuso Dedalus.

Y parece, al principio del libro, que va a llevar estos derroteros; los de la novela psicológica, quiero decir, casi thriller de personaje insomne y sociópata en ciernes, entre la realidad y lo que está un poco por debajo. Pero no, esto no es realismo mágico. Tampoco es una novela de terror a lo Barker, ni tampoco a lo Lovecraft. Es... otra cosa. Algo sucio e inquietante que cuesta despegarse del recuerdo pero que no tiene una silueta concreta que recortar en la noche.

Hasta la fecha, lo mejor que he leído de Óscar. Según el editor, su mejor novela. Según el autor, una experiencia (la escritura del libro) que no sabe si estaría dispuesto a repetir: una inmersión nocturna en dimensiones que pueden llegar a atraparte de manera muy real. 

Ni que decir tiene que os la recomiendo.

sábado, 9 de mayo de 2015

El rayo verde en el ocaso, de Sergio Mars



Texto de contraportada (Grupo AJEC):

El rayo verde es un peculiar fenómeno óptico que se produce cuando la luz de sol saliente o poniente se refracta en las capas inferiores de la atmósfera Nunca ha sido fotografiado un destello de pura luz esmeralda cuando sale disparado hacia el cielo desde el lugar preciso en que se ha hundido el sol. Algún día la ciencia será capaz de explicarnos con todo lujo de detalles cómo se produce este milagro, y su explicación no le restará un ápice de majestuosidad ni de misterio, porque las respuestas de la Ciencia tan sólo abren nuevos y fascinantes interrogantes. 
Mientras tanto, podemos especular a ésa y otras explicaciones; explorar el abanico de posibilidades —y peligros— que se despliega a nuestros pies: ingeniería genética, nanotecnología, universos cuánticos, exobiología... Podemos anticipar con impaciencia las maravillas que nos aguardan y sobrecogernos por futuros que tal vez no lleguen a materializarse.
En esta antología de relatos de Sergio Mars disfrutaremos de relatos que exploran todas esas posibilidades, e incluso algunas más; se incluye además la novela corta “Cuarenta Siglos Os Contemplan”, mención especial en el Premio UPC 2006.

Se abre el telón y aparece una antología de ciencia ficción. Dura. A unos cuantos locos nos brillan los ojos de anticipación, y el resto murmuran entre sí. Algunos creen que la ciencia ficción es algo así como la mala space opera de los cincuenta, algo como Barbarella. Una sucesión de disparates ridículos en el espacio, en lugar de lo que de verdad es: especulación. Otros, que eso de «dura» no promete nada bueno. Que habrá explicaciones científicas, y que por lo tanto el libro será tedioso. Porque una importante parte de la gente cree que la ciencia es aburrida. Porque podemos escuchar explicaciones complejas sobre armamento en una novela negra, sobre arquitectura en una novela histórica o sobre la roturación de los algodonales de Louisiana en una novela romántica, pero utilizar la palabra fotón en una novela con viajes hiperlumínicos, ¡ay! eso, amigos, ya es pasarse.

Mismo telón de antes. Misma antología de ciencia ficción. Dura. De entre bastidores sale el autor, y tiene el atrevimiento de ser español. A los cuatro locos a los que nos brillaban los ojos nos cambia la cara. Vaya decepción... Porque claro, si de entre los siete mil quinientos millones de trogloditas con corbata que hay en el mundo, solo un puñado han sabido sentarse y escribir una historia decente de ciencia ficción dura, ¿qué me hace pensar que uno de ellos va a ser mangoneado por el mismo gobierno que yo? Y no es solo que la proporción resto del mundo / Jabugolandia vaya a setecientos cincuenta contra cuatro; es que además tenemos precedentes. Unos precedentes de mierda. Que sí, que gustos hay para todo, pero aquí todos hemos sufrido por igual el guión de Farmacia de guardia y tantas otras, todos hemos vivido el boom de internet y hemos podido comparar a Antonio Resines y su escobilla de váter con los aspavientos de James Gandolfini. Y que nadie se extrañe cuando entre los Serrano y los Soprano, no es que elijamos a los de fuera: elegimos a los buenos. Pero de nuevo, ahí está el quid: nosotros hemos podido comparar. De unas pocas décadas a esta parte hemos tenido más y más oportunidades de descubrir lo terrible y nefasta que ha sido la cultura generalista española gracias al gallego tapón y a todo lo que dejó atado y bien atado. Hemos abierto para todos un torrente cultural que antes era un riachuelo del que bebía una minoría. Y aprovechando que el Támesis pasa por Pisuerga, que llueven rosquillas del cielo y que cada vez más canis leen Juego de tronos (una de estas afirmaciones es cierta, aunque pocos habríamos acertado cuál hace unos años) ya va siendo hora de que estas generaciones que han aprendido y aprehendido la cultura internacional y una nueva y pujante cultura propia pergeñen sus propias historias (esto ya se hacía) y (esto otro no) sean escuchados como merecen.

Por suerte cada vez es menos necesario andar por ahí partiendo lanzas. Pero es que esto es ciencia ficción. Dura. De un español. Así que ahí va, para uno de los (pocos) casos meritorios que he encontrado: [inserte aquí el sonido del patético intento frustrado de partir un listón de madera].


Rayos, navegación y sense of wonder
El título de este libro me hace pensar en mis lecturas de niñez, en cómo devoraba todos los libros de Julio Verne que se cruzaban en mi camino. El rayo verde no era precisamente uno de los más divertidos, al menos no cuando tienes ocho años; y sin embargo el recuerdo viene con un relente de nostalgia. Se me ocurre que tal vez a algunos lectores se les haya hecho denso El rayo verde en el ocaso, de Mars, como a mí se me hizo denso en su día El rayo verde de Verne. Y aunque me los imagino recibiendo de mala gana los tecnicismos o los párrafos de descripción, también creo que habrán podido extraer el sentido de la maravilla, el vértigo controlado de la anticipación racional y la catarsis de lo natural de la obra de Sergio del mismo modo que mi yo de ocho años se las apañó para extraer de aquel otro libro la pasión por la aventura y el descubrimiento, ese anhelo del humanista a la carrera tras el conocimiento universal.

Por suerte, creo que esta gente a la que el libro que nos ocupa le resultará denso es minoría. Como en toda buena novela de cifi hard, la ciencia acompaña y da rigor, pero no es la protagonista. Está al servicio de la historia, y no al revés. Así la especulación de las historias de Sergio adquiere unos matices ricos y polifacéticos, como debe ser la prospectiva desde que vivimos la new wave de los 70. La ciencia nos da rigor, la racionalización de lo imposible nos da el sentido de la maravilla, y la especulación humana nos da un punto de vista, o casi mucho mejor, una invitación a reflexionar sobre el estado presente y el devenir del sistema económico, del corporativismo, la publicidad, la exploración... del lugar que ocupan en el gran organigrama de las cosas la conciencia colectiva y la individual, la sociedad y la civilización.

Así somos los amantes de la ciencia ficción, nos gustan las cosas sencillas.


Una antología de ideas
A pesar de la falta de corrección del texto (pequeño tirón de orejas al autor, grandísimo tirón a la extinta editorial) hay dos grandes razones para leer esta antología. Primera: cada una de estas historias ha nacido a raíz de una idea. Esto, que puede sonar baladí, no es tan frecuente como podría parecer e implica que ninguna de estas historias será un paseo del punto A al punto B, una distracción plana y sin contenido. Al contrario, da la sensación de que el autor se ha sentado a teclear con algo que contar, algo que aportar. Y eso se nota. Segunda: el nivel de calidad de las historias alcanza el estándar internacional. Esto no debería ser sorprendente ni digno de mención, pero seguro que todavía lo es para muchos, igual que lo era hasta hace poco para mí.

Así que los que dudéis de esto mismo, de la calidad de autores de este género en castellano, os aconsejo que os hagáis con ella (a los que no dudéis no os tengo que convencer, ¿no?). Hace unos años que se publicó en la desaparecida AJEC pero sigue por ahí. Además, y a pesar del rechazo educado que me siguen causando estas cosas, el autor ha autoeditado recientemente la novela corta con que cierra la antología y que no tiene ningún desperdicio: una de las mejores obras del libro.

Ya lo sabía por los pocos relatos suyos que había podido leer en publicaciones como Calabazas, pero me alegra confirmarlo y en el terreno que a mí me gusta: definitivamente un autor de ciencia ficción (y mucho más) al que seguir.

sábado, 11 de octubre de 2014

Huevo de dragón, de Robert L. Forward


Texto de contraportada (Del Rey Books):

"Bob Forward writes in the tradition of Hal Clement's Mission of Gravity and carries it a giant step (how else?) forward."     —ISAAC ASIMOV
[Traducción: Bob Forward escribe en la tradición de Mission of Gravity de Hal Clement y lo lleva una gran paso (¿cómo si no?) más allá.]
"Dragon's Egg es soberbio. Yo no podría haberlo escrito; habría requerido mucha física de verdad."     —LARRY NIVEN
"Este de aquí es para el auténtico fan de la ciencia ficción."     FRANK HERBERT
En una conmovedora historia de sacrificio y triunfo, científicos humanos establecen una relación con formas de vida inteligentes —los cheela— que viven en Huevo de Dragón, una estrella de neutrones donde una hora de la Tierra equivale a cientos de sus años. Los cheela evolucionan culturalmente desde el salvajismo al descubrimiento de la ciencia, y por un breve tiempo, los humanos son sus profesores diligentes...
"Robert L. Forward cuenta una buena historia y pregunta una cuestión profunda. Si nos topamos con una raza de criaturas que viven cien años mientras nosotros vivimos una hora, ¿qué pueden decirnos o decirles nosotros a ellos?"     FREEMAN J. DYSON, Autor de Disturbing the Universe
"Forward tiene credenciales científicas impecables, y... ideas especulativas originales, grandes."     The Washington Post 
Robert L. Forward es consultor científico, experto en tecnologías futuras, conferenciante, y escritor de ciencia ficción y ciencia real. Es el dueño y jefe científico de Forward Unlimited, una firma consultora especializada en phísica exótica y propulsión espacial avanzada, y socio y jefe científico de Tethers Unlimited, una sociedad formada en 1994 con el Dr. Robert P. Hoyt y especializada en entornos espaciales de alta probabilidad de supervivencia. Es autor de diez novelas de ciencia ficción, la secuela de Dragon's Egg, y tres trabajos de ciencia académica además de numerosos artículos de ciencia popular e historias breves.

Me repatea hacer la reseña de un libro que no vais a poder disfrutar si no estáis dispuestos a buscarlo de segunda mano o si no leéis inglés a un nivel alto. Porque no, Huevo de dragón no está a la venta en castellano. Tenéis que haceros con la edición en inglés de Del Rey, ahora división de Random House Incorporated, o recurrir a las librerías de viejo en busca de la ya descatalogada edición de Nova ficción.
La susodicha.
Y entonces, ¿por qué lo reseño? Pues porque merece la pena con creces saltar una de esas dos barreras (el idioma o la búsqueda por puestos y tiendas añejas) para conocer la historia de Huevo de dragón, la estrella de neutrones en que se desarrolla gran parte de esta genial novela de ciencia ficción hard.

Quien haya leído a Niven seguramente comprenda el alcance del comentario del autor de Mundo Anillo que figura en la contraportada de Drangon's Egg. Estamos ante un trabajo concienciudo para dotar al escenario y sus pobladores de una verosimilitud detallada y fiel a la física formal. Tanto es así que Forward (ahí se nota la deformación profesional del consultor) no puede resistir la tentación de agregar al final del libro un jugoso apéndice para los que tenemos curiosidad por estas cosas.

Los Cheela esquematizados en el Apéndice
Pero no todo es hard en la hard. A pesar de los prejuicios de quienes (generalmente desde el desconocimiento) reniegan de este subgénero, hay hueco para mucho más que ciencia y tecnología entre las páginas de Huevo de dragón, como ocurre en la mayoría de las novelas de este tipo.

Tenemos ante nosotros un ejercicio bestial de empatía. Unos seres de aspecto protozoico, tan calientes que nos arderían en las manos, tan poco densos (por la gravedad a que están sometidos en la superficie de la estrella Huevo de dragón) que reventarían en nuestra atmósfera, tan diferentes a nosotros que sus procesos biológicos no están basados en la composición de estructuras complejas de carbono sino en interacciones de radiación nuclear débil.Y Robert Forward consigue que nos olvidemos de esas diferencias para contarnos una historia épica de individuos, primero, y de su sociedad, después. Y olvidamos la biología imposible, la anatomía rocambolesca y el ambiente inhabitable para pasar a deleitarnos con la psicología, la historia y la cultura de un pueblo al que espiamos, como a través de un magnífico telescopio, desde su nacimiento hasta... hasta mucho más allá. 

Leed este libro, si podéis. Y si no podéis, pedid que nos lo vuelvan a traducir e imprimir. Los cheela lo merecen.

Y nosotros también.

martes, 13 de mayo de 2014

Alimañas, de Óscar Pérez Varela



Texto de contraportada (Saco de huesos):

Si los que no han tenido que luchar jamás no reparan en el coraje que mostraste, sino en las cicatrices con que te marcó cada pelea, puede que Alimañas se convierta en tu libro de cabecera.
Alimañas es una fábula existencialista. Un viaje iniciático. Un libro de arte y citas filosóficas. Una calumnia encanallada que esconde verdades hirientes. Un delirio demencial hecho de cemento, hormigón y la sangre de otros. Lo que no quieres saber, pero tienes que afrontar a la fuerza. La válvula de seguridad que es la fantasía estallando en mil fragmentos. Cipión y Berganza destrozados a dentelladas; Bola de Nieve, Chillón y Boxes condenados a la peor de las muertes. La pesadilla de Esopo en el Madrid de hoy. La historia de gatitos que jamás filmaría la Pixar. La novela de realismo sucio que no llevaría a la pantalla Abel Ferrara. La apuesta editorial del margen que ningúna otra editorial se atrevió a secundar. La clase de libro que solo Saco de Huesos puede ofrecer.

A Óscar Pérez Varela, alias Crocop, le conozco por sus comentarios en ociozero y por sus relatos en Calabazas en el trastero, a veces ejercicios de erudición y a veces de crudeza, pero siempre memorables. Con solo esto, varias recomendaciones y la lectura de la sinopsis que os he reproducido, apenas sabía qué me iba a encontrar al leer Alimañas. Confiaba en que fuese algo bueno, con la prosa trabajada de Crocop y todo su significado. También esperaba, como dice la contraportada, «un libro de arte y citas filosóficas», y además algo de rebeldía y profundidad, algo de esa belleza sucia de los escritores extremos, y el par de láminas que había visto de Jean Gilbert Capietto prometían mucho en esta dirección.

En su libro Schadenfreude, ganador del premio literario de terror de Maracena y publicado por Almuzara, que por cierto promete bastante brutalidad, Crocop se ayuda de mis muy apreciados Rammstein para complementar la palabra escrita. En Alimañas no tenemos metal industrial (quizá tampoco le fuese bien. Yo le habría puesto algo de progresivo, algo de Tool, o mejor aún, algo de blues desgañitado, algo de Howlin' Wolf), pero sí que tenemos la acuarela de Capietto, que también es brutal y desgarradora, con un sentido estético envidiable y, a ratos, narrativo por sí mismo. Los chicos de la editorial Saco de huesos han bordado la maquetación. Por un lado el resultado es uno de esos libros que tienen valor incluso como objeto, y por el otro se ha logrado que las imágenes y el texto confluyan de la mejor de las maneras, que ver la ilustración adecuada en el momento preciso se traduzca en otra forma de narrar, otra forma de cerrar un párrafo demoledor o de alimentar la semilla de una incertidumbre.

Alimañas es la historia del camino que todos recorremos, traducida a clave de fábula. Cada breve escena, precedida de una cita y profusamente ilustrada, nos invitará a reflexionar sobre las formas de afrontar la vida y los conflictos, sobre el significado y los orígenes de conceptos como el miedo, la identidad individual o los lazos afectivos. Seguiremos a la gata callejera Tormenta a lo largo de su rito iniciático. Aprenderá a sobrevivir por sí misma, a trazar su propia identidad y a combatir a zarpazos el miedo a la muerte, a la soledad y al castigo social. Y cada una de esas escenas merecerá una pausa y una reflexión, y estoy convencido de que no todos los lectores llegaremos a las mismas conclusiones ni sentiremos las mismas cosas al presenciar, por ejemplo, el intento del loro Salomón de cruzar la M-30 o el episodio que tiene Tormenta con los patos del estanque del Retiro. 

Os dije antes lo que esperaba encontrar, y ahora toca decir lo que encontré al leer la novela del tirón, en una noche tras la que me tocaba el madrugón. Encontré una crudeza menos intensa de lo que esperaba pero mucho más presente y ominosa, como un manto pesado sobre el pecho. Una avalancha de guiños, significados, ventanas al autor, que se suele decir, y mucha, mucha profundidad. Las alucinantes ilustraciones de Jean Gilbert Capietto, que van al sentimiento, que transmiten siempre un poco más de lo que ilustran. Encontré en definitiva todo lo bueno que esperaba, pero me sorprendió la belleza y el trabajo del conjunto. Esa belleza sucia, real, cruda, auténtica y muy, muy empática que todos podemos reconocer. Ese trabajo incansable para recabar cada cita, para repasar cada escena y cada párrafo, junto al trabajo del ilustrador y la editorial, para crear algo muy, muy grande.

Lo peor con diferencia de este libro es que, por su naturaleza, tiene papeletas para pasar desapercibido. Ojalá me equivoque y no sea así. Yo aporto mi grano de arena con esta recomendación: no os lo perdáis si tenéis oportunidad de leerlo.

martes, 18 de marzo de 2014

Mercaderes del espacio, de Frederick Pohl y C. M. Kornbluth


Texto de contraportada (Minotauro):

«Mercaderes del espacio podría ser llamada la mejor novela de ciencia-ficción... Una utopía donde el sistema económico ha devorado al sistema político, donde las grandes compañías ejercen el poder, sin intermediarios, y hasta el fin... y la sociedad ha sido estratificada rígidamente en productores, ejecutivos y consumidores... No es meramente un mundo donde el hombre de la publicidad es el rey; combina además el lujo y la escasez, aparatos fantásticos junto a la falta de combustible, toda clase de bebidas y gomas de mascar, y una extrema escasez de proteínas. En este aspecto recuerda una observación de George Orwell sobre los lujos, en camino de convertirse en menos caros y fáciles de obtener que los artículos de primera necesidad.»
Kingsley Amis, New Maps of Hell, 1961

La cuarta pata del banco distópico
En la ciencia ficción son recurrentes las referencias al triunvirato de las distopías. Son las más afiladas, esas tres novelas que, al tiempo que criticaban las políticas contemporáneas a sus autores, alertan además de peligros vigentes aún hoy día. El Mcarthismo, la vigilancia constante desde Washington o la manipulación Goebbeliana de los medios neoliberales de información, contra los que nos prevenía George Orwell en su 1984. El amansamiento de la sociedad y su camino hacia el conformismo y la renuncia voluntaria a la búsqueda de la verdad que nos mostró otro grande de la narrativa anarquista, Aldous Huxley, en Un mundo feliz. Y, para cerrar el trío, la obra del gran (grandísimo) romántico que fue Ray Bradbury, menos interesado en política (al menos públicamente) y más en lo que él llamaba no especulaciones, sino «avisos», y que nos legó como rotundo alegato en defensa de la libertad de pensamiento y de amor a la palabra su Fahrenheit 451.

¿Y ya está? ¿Estas son las tres joyas de la corona?

Bueno, desde luego son las tres distopías más comunes y de las que más se habla. La novela que nos ocupa, sin embargo, se publicó en 1953 y nunca fue adaptada al cine. ¿Será por eso que se la conoce menos? Y de ser así, ¿no sería eso algo trágico? Pero podemos ir más allá: tal vez fuesen otras las razones por las que Mercaderes del espacio no apareció en cines ni alcanzó tanta fama como las mencionadas. Y de esas, la razón más probable también podría ser la más obvia. Antes de decidir si incluímos Mercaderes del espacio en la reducidísima lista de las mejores distopías del siglo XX, hagámonos la siguiente pregunta: ¿podría la industria noratlántica del entretenimiento encumbrar una obra que arremetía tan acertada y certeramente contra el capitalismo, y más en tiempos de cruda represión política y paranoia anticomunista?   

Take that, capitalism
Y es que el texto de cubierta que he reproducido al principio ya debería daros una idea de la poderosa crítica que encierran las páginas de la novela de Pohl (el autor de la saga de los Heechee, un antifascista convencido y miembro de las juventudes comunistas que se desligaría del partido a raíz del pacto de Molotov en el 39) y el excéntrico Kornbluth (quizá el miembro más anecdótico de los Futurians, un judío de segunda generación que sería expulsado de la universidad pública de Nueva York antes de graduarse por «liderar una huelga estudiantil»).
 ¡Que arda la hoguera de las vanidades!
Como si estuviésemos leyendo la polémica American Psycho (que, sospecho, bebe mucho de este mismo libro), la trama nos pone en la piel del alto ejecutivo Mitchel Courtenay, un publicista salvajemente eficaz de una gran corporación. Y nos pone en su piel literalmente, pues a través de los ojos del protagonista vemos un mundo que le favorece a él, miembro de la casta regente de los ejecutivos, y somos testigos mudos de sus opiniones y pensamientos privados más amorales y acríticos, como el siguiente enunciado neo-liberal: 
«Nuestro gobierno representativo no fue nunca tan representativo. No necesariamente representativo per capita, sino ad valorem. Si le gustan los problemas filosóficos, aquí tiene uno: ¿los votos de todos los ciudadanos tendrían que valer lo mismo, como opinan los tratados de derecho, y como deseaban, según dicen algunos, los fundadores de la nación? ¿O el valor del voto dependerá de la sabiduría, el poder y la influencia... es decir, el dinero... del votante? Este problema filosófico es suyo, no mío, ¿me entiende? Yo soy un hombre práctico que está enrolado en las fuerzas de Fowler Schocken».
El protagonista cae en desgracia, y esa visión supremacista e indolente del mundo se tambalea cuando se ve obligado a contemplar la pirámide desde abajo, y además con toda la experiencia que tiene de primera mano sobre cómo la publicidad y las estrategias de mercado explotan la sociedad de consumo. Mitchel Courtenay no deja de ser un felino de garras afiladas acostumbrado a la sangrienta sabana de los rascacielos de oficinas, así que las consecuencias de este trance no se harán esperar.

El consumidor como clase social
Los esclavos ya no solo debemos trabajar, como ocurría en la era industrial. Ahora el paradigma es otro, y con él cambian las prioridades. La población debe, ante todo, consumir, devorar el excedente que ella misma ha generado, mientras los corporativos se lucran como arancelarios de ese flujo de bienes y servicios totalmente innecesarios, cuya demanda controlan mediante la nueva religión: la publicidad.

El nivel al que llega la especulación en todas las áreas (sobre todo social, científica y técnica) lo descubriréis en el libro. Lo importante es que el asombroso nivel de acierto y el alcance y la profundidad del cambio que vive el protagonista bien valen en mi opinión una inclusión de esta obra entre los primeros títulos de las listas de distopías, por supuesto, pero también de toda la ciencia ficción. Si no la habéis leído, corred a hacerlo. Nunca ha estado tan vigente como lo está hoy en día...

martes, 7 de enero de 2014

Hijos de Tayyll, de Raelana Dsagan

Texto de contraportada:


En el mundo desértico y siempre peligroso de Tayyll, sus habitantes luchan por sobrevivir a los elementos y a sus propios demonios.
Descubre en estas páginas los secretos que se ocultan en la ciudad de Ohmp, o el poder y la responsabilidad que arrastran los magos de las montañas.
Las historias se entremezclan en Hijos de Tayyll, creando un rico tapiz que nos permite introducirnos en este fascinante escenario.


Una pequeña introducción: Yo y la fantasía épica
Hace años que apenas leo fantasía épica. Hala, ya lo he dicho. Leí a Tolkien, una gran parte de la Dragonlance, novelas de los Reinos olvidados, y bueno, casi cualquier cosa que encontraba con elfos y dragones, porque eso es lo que se hace cuando tienes diez o once años y descubres algo tan inimitable como la Tierra Media: buscar imitaciones. Pero pasada la adolescencia dejé de leer este tipo de novelas, salvo algún título de vez en cuando, y la mayoría fuera de lo típico. Tal vez me cansé de revisitar una y otra vez mundos tan similares, de revivir el mismo viaje heróico plagado de los mismos clichés, de soportar sagas de miles y miles de páginas de incontinencia pseudo medieval. Y por eso de un tiempo a esta parte me he refugiado en la ciencia ficción, el terror o el fantástico más amplio (estoy pensando en libros como American Gods, de Neil Gaiman, La historia interminable de Michael Ende o cualquiera de la saga del Mundodisco de Terry Pratchett).

Soy consciente de que, como siempre que se rechaza algo en base a una opinión incompleta, me equivoco al no seguir buscando ese tipo de fantasía que me reconcilie con el género. Me encantan las obras de ciencia ficción de Ursula K. Le Guin, por ejemplo, y tengo casi la certeza de que me gustaría su saga de Terramar. Por otro lado, decepciones como Canción de hielo y fuego, que sí, es una saga estupendamente escrita, pero para mi gusto innecesariamente alargada, hacen que jugársela con un nuevo título de épica no me resulte fácil.

Otra pequeña introducción: Los relatos de Raelana Dsagan
Una vez establecido mi disgusto por las dragonadas más arquetípicas, resulta difícil creer que me lanzase a comprar un libro de fantasía épica con magos y dragones, como el que nos ocupa. Pero es que la cosa tiene truco. Porque yo ya sabía cómo escribe Raelana (Carmen del Pino), y esa garantía puede serlo todo. Porque he leído sus relatos, a menudo profundos, alguna vez cienciaficticios, y nunca me han disgustado. 

Creo que Raelana ha publicado ya siete u ocho relatos en Calabazas en el trastero, y a lo largo de todos esos números (incluso hemos coincidido en un par) he podido ir conociendo su forma de escribir. Hasta me he descubierto impaciente por leer su relato de entre los trece por saber, como me pasase con otros calabaceros (Santi Eximeno, Manuel Mije, Ignacio Cid o Miguel Puente) que su historia iba a gustarme sí o sí

Supongo que aquí hay un componente subjetivo, por encima de la calidad del relato, que es el que hace que sus cuentos funcionen para mí. Puede no ser extrapolable para todos, pero a mí me ganan la solidez de sus personajes y su afición a la introspección, sus tramas profundas y a menudo transmisoras de mensaje.Y no soy el único que opina así, creo. Podéis ir a la ficha de su libro en la web de Pedro Escudero Ediciones para leer muchos de sus logros. 

Pero con todo, pensaréis, una dragonada es una dragonada, ¿no? ¿Consiguió Raelana, a pesar de gustarme cómo escribe, hacerme disfrutar con este libro de un género que yo ya tenía más que aparcado? Aquello eran relatos, y esto es una novela y su primer libro publicado en solitario. ¿Ha conseguido Raelana dar bien el salto?

Hijos de Tayyll
Venga, os doy la respuesta corta: sí a las dos. ¿Demasiado corta? Bueno, antes de solucionarlo y ahondar más en el argumento y los pros y contras del libro dejadme que os hable del aspecto formal: Hijos de Tayyll abarca poco más de cien páginas, lo que la convierte en una novela corta (de unas ¿veinte, veinticinco mil palabras?). Este formato permite recrearse en una historia que, aunque corta, resulta ser profunda e inmersiva sin que por ello sobre nada. Además, está estructurada de un modo que, al principio, me hizo pensar en un fix-up, es decir, en una novela compuesta a base de historias independientes escritas anteriormente. Pero aunque no lo descarto, creo que más bien nos encontramos ante un inteligente juego con el hilo temporal de la trama, una historia en que las distintas líneas narrativas vienen a unirse con maestría y para la cuál no se me habría ocurrido un orden mejor en que presentar los hechos. 

La narración comienza en las montañas, con el encuentro entre Grustak un guerrero del mar de sal y una joven hechicera ciega de la que ni siquiera sabremos el nombre, por el momento. Grustak ha venido en busca de un hechicero que ayude a su tribu, un deseo compartido por todas las gentes que malviven en las arenas del desierto. Pues los hechiceros, que podrían ayudarles con su magia basada en la consciencia del cuerpo y la abstracción de la mente, siempre viajan a servir a los habitantes de la ciudad de Ohmp. Allí hay otro tipo de magos, unos pocos elegidos que desprecian sus envolturas corpóreas y cultivan una magia muy distinta a la de las montañas mediante la que dominan los secretos de la mente.

El modo en que esta premisa (una de las muchas que articulan Tayyll) se nos presenta poco a poco, en pinceladas de información estratégicamente diseminadas a lo largo de la lectura, convierte un planteamiento a priori convencional en una propuesta original y que mantiene la sensación de maravilla hasta las últimas páginas.

Es esto mismo, el modo en que la información se presenta subrepticiamente, y siempre dejando que el lector rellene algunos de los huecos, lo que evidencia a la autora como una admiradora de los hitos del género de espadas y dragones, sí, pero también como una hábil manejante de los recursos narrativos propios de la ciencia ficción. Y es que en esta historia con dragones que no son los típicos dragones y hechiceros que siguen siendo humanos, también hay espacio para la especulación. Así, el mundo de Tayyll no siempre fue un erial desértico, y podemos preguntarnos cómo llegó a ser lo que es. Tampoco las sociedades que lo pueblan fueron siempre así, y esta interrelación ecosistémica que tanto recuerda al Dune de Frank Herbert compone un trasfondo poderoso y evocador, requisito ineludible en esta fantasía a la que a lo mejor cabría llamar la de arquitectura de mundos, en la que los escritores toman el papel de dioses en su particular Génesis. 

Las similitudes con la obra de Herbert no terminan en lo ambiental, por cierto. Desde el aspecto profético hasta las más evidentes (el pueblo del desierto y la restitución de su bienestar, las criaturas de las arenas, ese gran cambio o desastre sugerido en el pasado...) son reminiscencias, sin embargo, que en ningún momento empañan la obra ni le restan originalidad. Las pequeñas criaturas colmenarias de color azul brillante, por ejemplo, que conviven en simbiosis con los hombres del desierto y les proveen de agua mientras que se alimentan de su carne y viven en comunión psíquica, son lo mejor que un servidor ha visto en mascotas simbióticas desde que Lucas se inventó esa tontería de los midiclodianos. 

Pero siempre digo que no me gusta desvelar mucho de las tramas, y creo que con este libro —especialmente este, que es corto— me estoy pasando. 

Así que antes del alegato final paso a lo más temido: los defectos. Debo decir que en la narración hay cierta fluctuación del sujeto y del tiempo verbal narrativo, que al menos a mí me resultan incómodas. Aunque por lo general no puede decirse que estas discordancias sean del todo incorrectas, la verdad es que afean algunas frases y dificultan la lectura en varias ocasiones. A veces perdemos de vista quién dice o hace qué y a quién, o pasamos sin que venga justificado por el contexto de un «dijo» a un «dice», o de asistir a los pensamientos de un personaje a los de otro, cuando sin embargo se nos hace pensar que el narrador, aunque en tercera persona, no es omnisciente. Creo que esta es una de las últimas cosas que le quedan por pulir a la autora para que la lectura sea redonda, obviando en lo que toca al corrector una o dos faltas de esas que siempre terminan escapándose y que mucha gente ni siquiera verá, por lo que carecen de más importancia.

Así que nos queda un libro corto pero muy bien llenado. ¿Por qué comprarlo? Pues porque es toda una confirmación para los que decimos que también puede haber fantasía breve y de calidad, porque la autora es signifique lo que signifique eso de aquí, porque cuesta diez eurillos y vosotros no sé, pero yo eso lo tengo muy en cuenta; porque está entramado como para sentarse y tomar nota, porque los personajes se dejan querer y porque está plagado de detalles originales. Porque desde la distancia recuerda a Le Guin y a Herbert, es fantasía pero (aunque mesiánica) tal vez no es épica, y bebe sin complejos de la mejor ciencia ficción social y humanista. 

En fin, porque me ha demostrado que hay dragonadas historias de fantasía con magia y dragones ahí fuera capaces de hacerme disfrutar.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Diástole, de Emilio Bueso



Texto de contraportada:

Jérôme es un pintor caído en desgracia que recibe el encargo de retratar a Iván, un misterioso extranjero cuyo pasado irá revelándose a medida que nos relate su historia durante las sesiones de posado.

Jérôme conocerá así la historia de un hombre perseguido por Moscú durante décadas; un forajido que tuvo que recorrer a la fuga los escenarios más duros de la extinta Unión Soviética, sobrevivir al asedio nazi de Leningrado, desaparecer en las noches de San Petersburgo durante los días más crudos de la dictadura, esconderse en las zonas más contaminadas de Chernóbil... La auténtica naturaleza de Iván se nos revelará cuando conozcamos el antiguo y terrible mal que porta consigo, hecho a partes iguales de radiactividad y de una espantosa maldición que habita en el corazón del arte pictórico.

Diástole es un viaje febril que bombea terror y novela negra, dentelladas a la yugular y chutes de heroína, plutonio y poesía. Una corrosiva historia de amor y fatalidad que abre de un hachazo un nuevo registro en la actual narrativa de terror española.

No me gusta esta contraportada que te cuenta media novela y se queda tan ancha. Habría preferido que me dijese en letras grandes: «Sí, sí, ya sé que estás hasta los huevos de vampiros, pero esto es distinto. En serio, pruébalo, es diferente a todo lo demás y, sobre todo, es bueno. Bueno de verdad.»

Y es que tengo que decirlo, no olvidemos que este libro salió de imprenta en 2011. La vampiritis ya iba dando paso a la zombifilia, pero aquel metamonstruo que se alimentaba de sagas, clones de sagas, clones de los clones de las sagas, reediciones de clásicos, películas, cómics y series, todavía coleaba, y en mitad de esa resaca sangrienta una portada como la que ilustra Diástole, con semejante declaración de intenciones, me transmitía de todo menos la originalidad que buscaba entre tanto superventas zafio de tirón corporativo y tantísimo intento a medias. 

Pero esto ni seguía esa estela ni era eso, no lo es, y por ese prejuicio es que he tardado tanto en disfrutar de la novela de Bueso. Esto es lo que la gente que no lee fantástico, o mejor dicho, la que no sabe que lee fantástico cuando lo lee, llamaría narrativa, ficción contemporánea o, si tienen el día aventurero, realismo mágico. Y al mismo tiempo es una novelaza de terror, con vampiros de los de toda la vida... o casi. Y también es una novela negra. Y un thriller para leer del tirón. Y un drama de cucharas y agujas. Y un vistazo a la eurasia del este que no es ni el de un marxista romántico ni el de un niñato geekdental adoctrinado por Apple. Es peor, es el vistazo amargo y deslenguado de un cínico, lo que suele ser sinónimo de verdad o, al menos, de algo que se le acerca mucho.  

En una de las solapas leemos que Emilio Bueso procede del realismo sucio (se nota) y que entre sus influencias hay gente como Palahniuk, Lovecraft y Barker. Y Palahniuk y Barker están ahí en todo momento, pero sin embargo o quizá precisamente por eso— yo me quedo con esa influencia de Lovecraft. Porque al maestro de Providence no se le nota en Diástole, y eso es siempre síntoma de que el influido es uno de esos pocos afortunados que ha entendido lo que Lovecraft escribió, en lugar de quedarse con cómo lo escribió.

Por lo demás —no puedo entrar a hablar de la trama sin repetir lo que ya habéis leído en la contraportadaDiástole es una punta de lanza de un tema del que ya se habló hace poco, de lo que es género, lo que no lo es, y el modo de difuminar o no estas barreras o, al menos, de atraer lectores a la vertiente más imaginativa de la narrativa. La novela de Bueso es un puñetazo en la boca del estómago del mainstream, un bocado en la yugular de las etiquetas, y de esto Salto de Página entiende un rato. Es narrativa para fuera del fandom sin volverle la espalda a los cuatro freaks cuatrocientos, cuatro mil, cuarenta mil... dadnos tiempo que leemos «cosas de esas raras». Los mismos que de pequeños preferíamos los muñecos más feos, las películas con los monstruos más raros, con alienígenas, superhéroes, demonios, orcos... que nos hemos criado a la sombra de una cultura de fuera, y que nos va apeteciendo desarrollar ahora desde dentro. Y que eso no signifique emular. Que nadie invente la rueda ni ruede un E.T. manchego.

Antes de seguir divagando, termino: si te gusta Saramago, lee este libro. Si te gusta Tom Clancy, lee este libro. Si te gusta Asimov, lee este libro. Si te gusta Murakami, lee este libro. Si te gusta Barker, lee este libro. IF ELSE, lee este libro.

martes, 22 de octubre de 2013

El cementerio de barcos, de Paolo Bacigalupi


Texto de contraportada (RHM):

En la costa de lo que una vez fue el golfo de México, la gente sobrevive desguazando antiguos petroleros y buques mercantes, y malvendiendo sus piezas a las grandes emperesas. Cable de cobre. Planchas de hierro. Chatarra. A veces aceite o incluso un bidón de petróleo. Son los tesoros que el joven Nailer y sus compañeros rescatan de los barcos varados en la playa. Es una profesión dura en un mundo duro y solo hay una manera de escapar de él: con un golpe de suerte. Y la suerte sonríe a Nailer el día que descubre un hermoso velero encallado en las rocas, una de esas naves con las que siempre ha soñado. Pero dentro hay una chica prisionera: si la mata, será rico; si la ayuda a regresar con los suyos..., comenzará la aventura.

La novela juvenil de Bacigalupi
Así es como me la presentaron a mí: como una novela juvenil. Ambientada en ese contexto biopunkie tan propio del autor, con sus mega corporaciones, su bioingeniería y su distopía ambiental, pero muy distinta a la obra que le ha dado la fama. Los que me leéis de vez en cuando seguramente sepáis cómo me entusiasmó esa novela, La chica mecánica, en la que Bacigalupi nos contaba una trepidante historia de conjuras políticas y económicas en una Tailandia muy diferente a la actual pero, al mismo tiempo, reconocible. Es verdad que en aquella reseña dije algunas cosas que a muchos les parecerán exageradas, indulgentes o ingenuas, en parte porque las creía y en parte también porque, qué coño, soy lector antes que crítico y prefiero seguir entusiasmándome mientras pueda.

Aquella reseña a La chica mecánica sudaba entusiasmo, en parte, porque yo acababa de descubrir un autor de mi gusto, y eso siempre es algo a celebrar. Como dije en aquella entrada, conviene seguir la carrera literaria de este hombre, y eso es lo que haremos. Pero antes que nada...

¿Qué es lo que vamos a encontrar?
O lo que es igual: ¿realmente estamos ante una novela juvenil? Pues es difícil que yo lo diga, porque "juvenil" es una etiqueta que siempre me ha disgustado. Es cierto que los protagonistas son jóvenes, que la estructura narrativa algo tiene de aquellas novelas de juventud de A, luego B, finalmente C, que la sensación de aventuras es constante... pero el caso es, como digo,que la etiqueta juvenil me parece muy peligrosa, y a la hora de endilgarle este sambenito a alguna historia hay que tener cuidado. Conozco a mucha gente que nunca leerá una novela si se la presentan como juvenil, y que sin embargo habría disfrutado de libros como el clásico de Ende La historia interminable, la novela de Pratchett Mauricio y los roedores sabios o, por qué no, esta misma novela de Bacigalupi. 

Y es que de entre las tapas del libro hay mucho que extraer. La lectura, aunque rápida, deja un poso que los que vinimos a este libro tras leer su anterior obra sabremos apreciar; así ha sido para mí, vaya. No en vano aquí también hay especulación (el universo es el mismo en ambas novelas), y con Nailer y compañía asistimos de nuevo a esa construcción de personajes ricos y creíbles, con sus cuitas y problemas.

Por otro lado, hay que tenerlo claro: salvo muy pocas excepciones, en El cementerio de barcos no vamos a encontrar lo mismo que en La chica mecánica. La prosa es más ligera, el contexto, aunque rico, no tiene todas las texturas que sí había en La chica mecánica. La trama es mucho más lineal, no tiene ese aspecto coral, no asistimos a un entretejido de subtramas ejecutadas por otros tantos personajes, sino que de principio a fin seguimos a nuestros héroes en su particular epopeya. En este sentido, El cementerio de barcos es una novela más fácil de escribir, aunque no por ello menos trabajada.

En resumen
Una novela que leer si te ha gustado La chica mecánica, o si esta te intimida por su densidad y quieres probar la pluma de Bacigalupi en distancias más cortas y con una trama mucho menos elaborada. No es una novela maravillosa ni revolucionaria, pero es una muy buena novela, impecáblemente escrita y muy entretenida, y con mucha más reflexión y significados de los que se suele buscar en la novela "juvenil" media. 

En mi caso cumplió totalmente con mis expectativas, así que no la dejéis pasar si podéis haceros con ella. Me veo obligado, eso sí, a decir que la presencia de ciertas criaturas fruto de la bioingeniería, humanoides y con cabeza de perro, me tuvo media novela pensando en dioses egipcios y en Stargate. Es un detalle minúsculo, pero (aunque no tendría por qué ser así) por algún motivo el autor no consigue que esas criaturas sean creíbles. De verdad que los habría eliminado sin miramientos de haber sido Bacigalupi.  

Pero no me hagáis mucho caso en esto: yo no soy Bacigalupi, ni he escrito una novela tan genial como La chica mecánica...

martes, 27 de agosto de 2013

Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester





Texto de contraportada (Gigamesh):

En el siglo XXV, cuando las técnicas de teletransporte han cambiado de forma radical la sociedad, un hombre impulsado por pasiones incontenibles emprende una carrera desesperada por cambiarse. Gully Foyle fue abandonado a su suerte y logró sobrevivir milagrosamente a una situación desesperada: desde entonces acumula riquezas y poder con un único objetivo: la venganza.

Las estrellas, mi destino es uno de los textos de referencia de la ciencia ficción, una novela de cabecera perenne desde su publicación original en 1956. Un libro explosivo, rebosante de ideas e inevitablemente seductor al que se vuelve, una y otra vez, con placer renovado.


Tengo muchas cosas que decir acerca de Las estrellas, mi destino, publicado anteriormente como Tigre, tigre, y sin embargo voy a tener cuidado de decir cuantas menos, mejor. Esto se debe a que un par de personas, los mismos que me recomendaron la novela varios años atrás (y les estoy muy agradecido por ello), no pudieron evitar la tentación de contarme la trama y fastidiarme en parte la novela (y les deseo todo lo peor por ello). Menos mal que ha pasado un tiempo desde entonces hasta que he podido encontrar y leer por fin el libro, y que mi memoria para este tipo de cosas siempre ha sido bastante mala, porque así he podido disfrutar al completo de la obra de Bester. Sí, me quejo de vicio... pero es que este es un texto que hay que leer sabiendo poco. Muy poco. Cuanto menos mejor... pero no por eso dejéis de leer mi reseña, ¿eh?

El planteamiento de la trama es básicamente el que habéis leído en la contraportada, y parte de la siguiente premisa: en algún punto del futuro (cinco siglos desde el punto de vista de Bester, lo que le da bastante margen de especulación), el ser humano desarrolla la habilidad de teletransportarse o jauntear, verbo que honra al investigador, apellidado Jaunte, que realiza este fenómeno por primera vez en un medio controlado.

En este ambiente en el que cualquiera con la habilidad suficiente puede presentarse en la cámara acorazada de un banco suizo, escapar de los muros de una cárcel o irrumpir en, qué se yo, la ducha de Scarlett Johanson, no hace falta decir que la sociedad sufre una transformación total que abarca desde la política espacial a el protocolo más básico, pasando por el comercio, el transporte o, por qué no, el puritanismo.

Hasta aquí el contexto inicial. 

La trama en sí nos presenta al protagonista, Gully Foyle, un hombre que nunca ha destacado en nada y cuya máxima es la ley del mínimo esfuerzo. Gully es el único superviviente del naufragio espacial de la nave Nómada, y comienza a perder la cordura en la fría soledad del espacio, escatimando el poco aire respirable y la comida enlatada que quedan a bordo. Es entonces cuando una nave, la Vorga, pasa muy cerca de la Nómada. ¡Foyle está salvado! Lanza sus bengalas, se deja ver por la Vorga... y esta pasa de largo, condenándole a una muerte segura en el espacio.

Todos los desquiciados restos de mente consciente que le quedan a Gully Foyle se centran en un único objetivo: venganza. Destruir la Vorga, destruír al capitán de la Vorga, hacer que quien sea que dio esa orden pase por el mismo horror que ha tenido que pasar él.

Las aventuras y desventuras de esa venganza forman un relato trepidante, rápido, crudo y repleto de buenas ideas, algunas de ellas buenísimas. Se plantean cuestiones filosóficas y humanas, pero también especulación a muy distintos niveles, y Alfred Bester alardea de un hondo conocimiento de la psicología humana: solo así se explica que goce de un cinismo tan inteligente, que le permite reclutar un elenco de personajes en el que no hay buenos ni malos, héroes ni villanos. Solo hay personas enfrentadas a sus distintas situaciones.

Y el final... qué decir del final. Nada, supongo, salvo que tenéis que leerlo. 

jueves, 13 de junio de 2013

Anochecer, de Isaac Asimov y Robert Silverberg

Si las estrellas apareciesen una noche cada mil años, ¡cuánto creerían en él, y adorarían y preservarían los hombres por muchas generaciones  el renombre de la ciudad de Dios!
-Ralph Waldo Emerson

Si las estrellas apareciesen una noche cada mil años... yo creo que los hombres se volverían locos.
-John W. Campbell

Recuerdo la primera vez que leí Anochecer, el relato breve de Asimov, cuando era un chaval que apenas hacía algo más que garabatear historias inacabadas en cuadernos. Recuerdo apagar el ordenador (no lo leí en papel) y pensar, sencillamente pensar durante un buen rato. Aquel fue uno de los muchos momentos que me llevaron a ser escritor, y también uno de los muchos que me enseñaron a amar la ciencia ficción. Recuerdo comprobar después la fecha en que fue escrito, mil novecientos cuarenta y uno, y de paso leer del tirón la biografía de este autor en algún rincón de la red. Cuarenta y uno menos veinte... Veintiún años, y él ya había podido escribir un relato como este.

Veintiuno... entonces escribir como los grandes no debe ser tan difícil, me dije, y evidentemente me equivocaba. Hay mucho, muchísimo trabajo detrás de cualquier carrera literaria, y muchos palos a lo largo del camino. Pero bueno, si la tonta e ilusa idea de que yo podía hacer lo mismo que los grandes contribuyó al menos a que me lanzase a escribir, cómo me alegro de haberme equivocado.

Ahora, bastantes años después, me he hecho con la novela homónima y he podido compararla con aquel relato que, para mi sorpresa, tan bien recordaba todavía.


Relato y novela
Y aquí tenemos la desconcertante
portada de mi edición de bolsillo,
un caso típico de lo que a mí me
gusta llamar IFA (Ilustarción
Futurista Aleatoria).
Las citas con que abro la reseña no son casuales. John W. Era Dorada Campbell y un muy joven Isaac hablaban acerca de la cita de Emerson, según cuenta Asimov en su biografía, cuando el famoso editor le propuso que escribiera un relato acerca de ello: ¿Qué pasaría si las estrellas apareciesen cada mil o dos mil años?. Y dicho y hecho, bajo esta premisa Isaac Asimov escribió uno de sus relatos más famosos, leído por generaciones de aficionados y aparecido en una larga lista de antologías. 

Como ya he dicho, esto ocurrió en el cuarenta y uno; hubo que esperar hasta mil novecientos noventa para que, tras haber finalizado Asimov sus sagas de Robots, Imperio y Trantor, se le propusiera que trabajase junto a otros autores. Así surgió la novelización de Anochecer con la colaboración de Silverberg. No he conseguido averiguar el alcance de esta colaboración, ni si acaso pudo Asimov hacer algo más que guiar a Silverberg, estando como estaba en sus últimos años de vida. En cualquier caso el estilo y la prosa son homogéneos y no se notan cambios de manos (si es que los hubo), y además puede resultar divertido adivinar qué ideas de las añadidas al argumento del relato original proceden de qué autor.


¿Pero cuál es ese argumento?


La trama
Anochecer parte de una buena premisa. Nos muestra un escenario complejo, un sistema estelar de seis estrellas de diferente clase y órbita. Tenemos una estrella de luz amarilla similar a nuestro Sol, la más luminosa del sistema, también la enana roja Dovim, de luz más tenue, y otras cuatro estrellas agrupadas en un doble sistema binario dentro del sistema séxtuple que aparecen intermitentemente en días de seis soles, cuatro, tres, dos... o incluso, una vez cada muchas décadas, días con una única estrella en el firmamento, pero nunca ninguna. Nunca anochece en el planeta Kalgash en la novela, Lagash en el relato, y sus habitantes han evolucionado en un ambiente de luz constante. ¿Qué les ocurrirá entonces si, como han venido anunciando algunos científicos por un lado y unos fanáticos religiosos por el otro, sobreviniese un día sin ningún sol en el cielo, un día de completa oscuridad?

Pues, con toda probabilidad, un sobrecogimiento capaz de hacer tambalear los propios cimientos de la civilización.

Humm... un sol con anillos...  inquietante. A veces creo que había una época publicitaria en que los planetas tenían que tener anillos. Explícale tú al productor que no hay planetas en el cartel de esta película, y por qué eso es un problema...

De una extensión media-larga (unas cuatrocientas páginas en bolsillo), la novela se divide en tres partes: Atardecer, Anochecer y Amanecer, siendo la primera y la tercera completamente ajenas a la trama del relato original y sus nombres bastante auto explicativos. No imagináis la rabia que me da no poder hablar más del argumento, de las diferencias entre la novela y el relato, de mi opinión particular sobre el final... pero es que no quiero desvelar demasiado.

Sobre lo demás, cumple con lo esperado. Los personajes son intelectuales y de caracter previsible. Son reconocibles y memorables, pero no crudamente reales, algo que los seguidores de clásicos como Asimov solemos perdonar encantados pero que no deja de ser un factor a tener en cuenta. La prosa es ágil, el ritmo medido y la trama no deja cabos sueltos evidentes. Es cierto que el principio que inspiró el relato original sufre un poco llevado a la extensión de una novela: después de todo son muchas páginas, mucho tiempo para que pensemos en incongruencias. Pero estas incongruencias apenas son tales, y en cierto modo esto de afrontar un libro y pensar desde la primera página "veamos si es plausible" forma parte del rito de lectura de cualquier novela de ciencia ficción.


Conclusión
Me queda la curiosidad de saber cuánto hizo Asimov y cuánto Silverberg. Una cosa es segura: si buscáis una novela del primero, haríais mejor en leer Fundación, Bóvedas de Acero, El fin de la Eternidad o Los propios Dioses antes que Anochecer, un experimento a cuatro manos más cercano al thriller de lo que es habitual en Asimov. Pero no os confundáis: aunque distinto a lo habitual, Anochecer es un buen libro de ciencia ficción y una novela entretenida para la gente no aficionada al género. Y para los que en su día leímos el relato... para nosotros es una auténtica gozada.