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martes, 21 de marzo de 2017

Duelo de reseñas: II

¡Dice Morgan que soy astuto! Pero también que ella es una blanda, y eso no puede ser en serio. Me parece a mí que aquí lo que se está dando es la tradicional bravata de la esgrima escénica: no soy Íñigo Montoya, así que si quiero salir entero de esta voy a tener que rumiar bien cada lance.



 

Pero primero, lo primero: responderé a mi colega escritora. 

Sobre si un relato es o no de tema supersticioso, Morgan aduce (y resumo, porque la explicación es algo larga), que no lo es si lo contado tiene un fundamento racional para sus protagonistas. 

Hay dos serios fallos que lastran este argumento: primero, no se aplica a mi relato, porque el protagonista tiene en todo momento un acercamiento racional, descartando lo sobrenatural, hasta la catarsis de la historia. Sería entonces, como decir que los relatos de Lovecraft no tratan el terror sobrenatural porque los personajes protagonistas acaban por comprobar que sus miedos son corpóreos y vivos. Y segundo: si el caso fuese distinto, y si en todo momento mis personajes tratasen la superstición que nos ocupa como si no lo fuese... ¿en qué cambia eso las cosas? Una cosa es, como bien apunta Morgan, que el autor esté obligado a mantener la coherencia interna del mundo, y otra muy distinta (y falsa) que el autor esté obligado a articular su mensaje desde el prisma de los personajes. Así, una novela en que un asesino en serie cree justificadas sus acciones no es una novela sobre un héroe, sino una novela sobre un criminal. O por decirlo de otro modo, un mundo de fantasía que no lo es para sus personajes, porque es natural para ellos, sí lo es para nosotros (nuestro prisma es el crucial para articular el mensaje). 

Y esto enhebra muy bien con lo que comenta Morgan sobre mi segundo relato en Quién tiene miedo a morir, que llamé Bajo el hielo de Vostok. Desde el punto de vista de nuestra amiga este relato está más imbricado en la historia central del libro, hasta el punto de que para ello influye el (supuesto) escritor del manuscrito y aparente antagonista. La respuesta... tendrá que esperar, porque interpretar o no esta y tantas otras cosas es una de las gracias del libro, y no quiero intervenir en la experiencia de Morgan.

Y ahora sí, continúo con la reseña del segundo relato de Entremundos, llamado Restitución.

Me parece una historia nacida de alguna convocatoria, por la relevancia que tiene en el relato el clásico de Wilde El retrato de Dorian Gray. Pero con una apasionada de los clásicos como es la autora resulta difícil asegurarlo. Se trata en cualquier caso de un relato breve, muy bien medido, con imágenes memorables y un ambiente logrado. Si la referencia al clásico hubiese sido solo eso, y no estuviese mencionada de manera tan obvia y quizá hasta algo invasiva, habría ganado muchos enteros para mí. Algo tienen los pintores, las drogas, el alcohol y la bohemia, que sirven para originar relatos de terror a las mil maravillas. La historia y el recurso me han recordado a otras de Lovecraft, Barker, Bueso, Tamparillas o Nacho Cid. Y yo, sin poder compararme con los de esa lista, hice algo parecido y también con reminiscencias de Gray, en mi Solo tú me satisfaces, en Calabazas en el trastero: Aparecidos. De momento, un relato que me ha gustado más que el primero, y que curiosamente no me había dejado ningún recuerdo, mientras que sí lo había hecho el anterior. Cosas de la memoria (escasa, en mi caso: seguro que Morgan me lo perdona y no me lo tiene en cuenta).

Ahora me tocará recibir mi merecido, en el blog de Morgan... Seguro que ella que es más aplicada no tarda más de un mes, como un contrito servidor. ¡Miserere mei!

lunes, 23 de enero de 2017

Duelo de reseñas: I


Habráse visto: ¡retarme la compañera L.G. Morgan a un duelo de reseñas! A mí, que casi no me da ni para escribir reseñas de las convencionales.

Ya debía pensar que no iba a recoger el guante, dada la irregularidad de mis entradas (caprichoso que es el tiempo). Pero en honor a mi decimononófila colega me pongo los quevedos y ahí va mi lance, faltaría más:


Bloqueo...

Lo primero, las alusiones. Efectivamente, el principio del libro no es en sí un relato sino un fragmento del hilo central de la novela, si es que se la puede llamar así. Como hice ya con Ciencia y revolución, utilizo una historia central para vertebrar los relatos y, como bien apunta Morgan, para poder criticarlos y despedazarlos bien a gusto, con algo de ese voyeurismo disociado, sí. No es un recurso original, ni mucho menos; los ejemplos van de Las mil y una noches a El hombre ilustrado del gran Bradbury, pasando por otros no tan obvios ni tan similares pero que algo de este agente aglutinador sí tienen, como Los viajes de Gulliver, o el mito de las pruebas de Hércules. De Remake, el relato de Morgan, me reservo para hablar en su momento (cuando además lo haya releído, que soy de memoria fugaz y hace tiempo que disfruté de Entremundos). 

Ya hablando del relato que nos ocupa, A Yolanda no le asusta el cementerio, dice Morgan y es verdad que no será la primera ni la última vez que tengamos opiniones diferentes sobre lo que entra o no en una determinada temática. Todo se puede discutir en la era postmoderna. Y oye, aunque no se pudiese; lo haríamos igual, que nos encanta. Qué decir, compañera... la superstición es, por definición, una «creencia que no tiene fundamento racional y que consiste en atribuir carácter mágico o sobrenatural a determinados sucesos o en pensar que determinados hechos proporcionan buena o mala suerte». Ni que decir que ese apunte que algunos hacen, de que las religiones y sus creencias no entran bajo el paraguas de esta definición, no tiene cabida en este nuestro espacio, racional y pastafarista. Así que, ¿cómo no va a ser superstición el enterramiento de los difuntos en una tierra que supuestamente es sagrada, en un campo de atribuida santidad, para la ligazón de sus almas al mundo de los vivos a la espera del juicio final? Al mismo tiempo, cabe jugar con el paralelismo entre la superstición de la tierra sagrada, del alma eterna, frente a la realidad antropológica del recuerdo del ausente, de la añoranza y el proceso del duelo.


...Finta...

Pero se trata de despedazar reseñar el libro de Morgan. Para los que no lo conozcáis, Entremundos vino a nacer en la línea A sangre  de nuestra querida editorial fosca por excelencia Saco de huesos un frío (digo yo que lo sería) diciembre de dos mil trece. Me voy a arriesgar a confiar en mi memoria (algo nunca aconsejable) para comparar mis impresiones ahora y cuando haya releído y reseñado todas las historias. Los relatos de la escritora madrileña, especialmente los recogidos aquí, tienen para mí un cariz de literatura generalista. Me resultan historias cotidianas y realistas que resultan tener elementos fantásticos. Totalmente á la fosque (absteneos de leer esto los que conozcáis la lengua de Baudelaire, por favor). Y eso que otros cuentos de Morgan no pueden ser más de género, más pulperos, fantásticos y gamberros... pero recuerdo Entremundos como una recopilación de historias de personajes cercanos, de nuestro día a día, muy bien construidos y perfectamente capaces de llevarnos hasta esa hoja, invisible de puro afilada, que separa el aquí del allá; nos insinúa la frontera en un registro que es más mágico y potente precisamente por eso, por no acabar de arrancarnos los pies del mundo real. 

O eso recuerdo, vaya. Ya veremos.


...Y estocada

Entremundos empieza con un tentempié ligero, uno de esos que van bien para ir abriendo apetito. Se trata de Ouija, un relato en el que asistimos a una sesión de espiritismo amateur por parte de un grupo de amigos de toda la vida. Muy bien en forma, consigue que identifiquemos perfectamente a los personajes en muy pocas líneas. En mi caso ha tenido la virtud de evocar escenas de adolescencia e infancia, en su primera parte. He visto paralelismos con mis amistades en la segunda; el relato consigue universalizar estos puntos comunes, como le atribuyen a King. Todo un acierto para el inicio del libro, a pesar de o debido a que he echado en falta quizá un final con más punch: se trata de uno de esos relatos que son lo que nos cuentan, y que no albergan ninguna sorpresa más allá del ecuador. Con todo, deja ganas de más. 

Otra cosa que tiene el relato y que lo convierte en un perfecto candidato para ir al principio de la obra es que presenta (consciente o inconscientemente) varios de los leit motiv que se distinguen en la literatura Morganiana. Véase: la referencia al s.XIX, solo mencionada, pero que flota en el ambiente durante toda la historia. La introspección de los personajes, y el trazado en pocas líneas de unos perfiles psicológicos sugeridos pero con raíces. La motivación, en definitiva, y el cambio. Morgan nos presenta un escenario profundo y bien cimentado, y después arrasa con él, no como un vendaval o una fuerza de la naturaleza, eso sí, sino en un caos controlado y de afán diseccionador. Una catarsis esta, si se me permite terminar con otra maligna incisión en la llaga, que podría haber sido redonda con un buen giro de la trama.

La respuesta y previsiblemente más caña, próximamente en el blog de Morgan...

martes, 27 de diciembre de 2016

El secreto de Dedalus, de Óscar Bribián


Texto de contraportada (Saco de Huesos):

¿Qué te sucedería si, debido a un percance, sufrieras un brote psicótico?
Sergio Dedalus es, pese a sus excentricidades, una persona relativamente normal. Juega al ajedrez a diario contra sí mismo y mantiene una actitud muy crítica hacia sus vecinos y compañeros de trabajo. Pero un ajuste de plantilla y el fallecimiento de un familiar cercano desembocarán en una experiencia nocturna que lo sumirá en una auténtica batalla contra la demencia, sus miedos internos y una pulsión sexual contenida.
Novela finalista del Premio Nacional Domingo Santos de Novela Fantástica en el año 2012, El Secreto de Dedalus bebe de autores tan dispares como Joyce, Samuel Beckett o Bukowski. Una atrevida muestra de surrealismo, humor entremezclado con suspense y terror psicológico escrita en primera persona. No te dejará indiferente.
Después de leer El secreto de Dedalus hay que pasar por descompresión: uno está demasiado afectado por las profundidades a las que el libro te sumerge. Te falta el aire y se nubla la visión.
David Jasso
Un aterrador viaje hacia la locura que te deja sin aliento, un sobrecogedor descenso a los infiernos del alma humana.
Roberto Malo


La novela de Óscar puede meterse en una clasificación que personalmente me encanta. No porque se trate de una novela de terror, ni porque tenga una prosa envidiable, ni porque su autor describa sin aburrir y narre sin enumerar acotaciones. Me encanta porque pertenece al gran género de lo que yo llamo (medio en broma, medio en serio) «novela de desgraciado». También me vale «novela de cabrón».

Sergio Dedalus, el protagonista y también narrador de este plano secuencia, sumidero a la fatalidad al más puro estilo de «La soga», es una persona con mala suerte, sí, pero también alguien que Óscar, me parece, quería crear tan despreciable como (ahí está lo difícil) susceptible de despertar la empatía del lector. No una empatía de «podría ser yo», ni siquiera de «lo entiendo», pero sí de «es real», de «lo creo». 

Tengo que decir que aunque Óscar es de los que defienden la legitimidad y calidad del género fantástico, también es de los que disfrutan con toda la literatura, y eso se nota. Entre las influencias de la contraportada yo he echado de menos, no sé si será solo sensación mía, a J. D. Salinger, por esas divagaciones aparentemente inconexas de Holden que finalmente contenían más de lo aparente, esas que tan bien cimentaban el personaje, y que recuerdan (quizá al revés) a las del también desubicado y confuso Dedalus.

Y parece, al principio del libro, que va a llevar estos derroteros; los de la novela psicológica, quiero decir, casi thriller de personaje insomne y sociópata en ciernes, entre la realidad y lo que está un poco por debajo. Pero no, esto no es realismo mágico. Tampoco es una novela de terror a lo Barker, ni tampoco a lo Lovecraft. Es... otra cosa. Algo sucio e inquietante que cuesta despegarse del recuerdo pero que no tiene una silueta concreta que recortar en la noche.

Hasta la fecha, lo mejor que he leído de Óscar. Según el editor, su mejor novela. Según el autor, una experiencia (la escritura del libro) que no sabe si estaría dispuesto a repetir: una inmersión nocturna en dimensiones que pueden llegar a atraparte de manera muy real. 

Ni que decir tiene que os la recomiendo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Vuelta a las andadas

He vuelto a las andadas
he vuelto a enloquecer
lo vi escrito en la luna
luna creciente


Pues sí, aquí estamos de nuevo. Había ganas, y también un pinchazo de culpabilidad cada vez que pensaba en el blog, como el que se siente cuando se mira esa maceta seca de la terraza, o ese grifo que vamos a arreglar un día de estos. Nada nuevo; lo mismo que siento siempre que paso un tiempo largo sin actualizar. Aunque sí, vale: nunca había tardado tanto como esta vez. Pero hace ya un tiempo leí a Aitor Solar, aka Entropía, no sé si en Facebook o en alguna caverna parecida, ni sé muy bien si estaré parafraseando muy fielmente, que más vale sentirse culpable por no actualizar el blog que actualizarlo deprisa y corriendo, sin aportar contenido de calidad ni fondo. 

Retorno cual Jedi. La desazón que
me causaba haber abandonado el blog
era tan incómoda como compartir
ascensor con Darth Vader.
Lo mismo que me dijo a mí hace años un jefe que tuve: «No lo hagas rápido. Hazlo bien». Cosa rara que le digan a uno eso, en este siglo.

No sé si lo haré mejor o peor, ni quiero hacerlo con tanto descanso que se quede en nada, pero sí que retomo la actividad. Menos preocupado por gustar o llamar la atención, quizá (¿cuánta gente lee blogs ahora?), y reconociendo esta bitácora como lo que ha sido durante estos años: un ejercicio fenomenal para la escritura, una diversión, un lugar para la puesta en orden de las propias ideas y un punto de encuentro con las de todos vosotros.

Para terminar esta entrada de relleno reinauguración —que sí, que la siguiente ya es contenido de verdad, lo juro: reseña de la última de Óscar Bribián, un pedazo de novela de horror y terror— lo más justo es que os haga un breve resumen de lo que ha pasado en este tiempo. 

En mi última entrada antes del parón os anunciaba mi participación en El abismo mecánico, antología resultado del I Premio Cápside-CIFICOM (del que me llevé el alegrón de quedar segundo). Desde aquello, hace ya la friolera de un año largo, he continuado escribiendo pero a un ritmo más lento de lo que acostumbraba, por diferentes obligaciones. Podéis ver por las portadas de la derecha (si me leéis desde un ordenador) que mis publicaciones de relatos en antologías de varios autores han caído en picado desde entonces; 2015 cerró sin que os anunciase la aparición de mis relatos El juego de la oca degollada y Aquello gritó bajo la lluvia en las antologías Círculos infernales y Bestiario de lo sobrenatural II: Noche de brujas, respectivamente, haciendo un total de seis relatos publicados solo en ese año. Este 2016, sin embargo, envié a convocatorias solo dos relatos, los únicos que he escrito. De nuevo hubo alegrón, eso sí, y uno de ellos fue seleccionado de nuevo en la II Antología CIFICOM. 

Entre los motivos de esta sequía de lo breve también hay uno positivo. Y es que si publico poco relato, envío poco relato y en definitiva escribo poco relato, es porque estando falto de tiempo prefiero centrarme en las distancias largas. Ya no tengo como antes la posibilidad de compatibilizar la escritura de una docena de relatos con una novela a lo largo del año, así que toca focalizar. Ojalá se alineen los planetas (y los comités editoriales de lectura) y pronto pueda anunciar la publicación de alguna de mis novelas de ciencia ficción... pero aún no está esa nave en el horizonte.

La falta de nuevos relatos en papel se ha visto más que paliada por la aparición de mi tercer libro en solitario, Quién tiene miedo a morir, como os anunciaba ya en mi anterior entrada. Sigue haciendo la misma ilusión, y es todo un empuje para continuar dando caña.

Y hablando de dar caña hay más que anunciar, aunque ya fuera del apartado literario. Como muchos sabéis, la música es una faceta muy importante de mi vida. Tras disolverse definitivamente mi anterior banda por nuestras diferentes situaciones laborales y geográficas me encontraba huérfano en lo musical, pero esta primavera de 2016 encontré a una gente estupenda aquí en Zaragoza y ya tenemos nuestro primer disco: Misantropía, un EP de cuatro temas con el que ir dándonos a conocer. ¡Deseadnos suerte!



Eso es todo por ahora, creo. Pronto volverán las reseñas, especialemente esa cruzada que proponías, Morgan. Las noticias que puedan interesar a un aficionado a la ciencia ficción. Los artículos de literatura y cultura friki, minoritaria y peleona. Los relatos. Y todas las demás locuras. 

¡Nos leemos!

sábado, 5 de noviembre de 2016

Ya a la venta: Quién tiene miedo a morir

Un tres de junio de dos mil trece, el año de las muertes de Mandela y Chávez, y también el año en que aquel pedrolo enorme cayó en los Urales, mi yo de veintidós años mandaba un correo tímido y esperanzado a la editorial Saco de huesos. Para entonces ya había publicado alguna cosilla en el buque insignia de la editorial, la revista Calabazas en el trastero. Es más, recientemente el jurado secreto de la convocatoria de relatos había rechazado mi historia A Yolanda no le asusta el cementerio, lo cual es ley de vida y se toma uno con toda deportividad. Tras preguntarle por correo cómo había quedado mi relato (porque es una práctica masoquista muy frecuente entre los participantes del Calabazas), Juan Ángel Laguna Edroso, editor de Saco de huesos, me confesó que el relato había sido descartado porque a uno de los jueces no le encajaba en la temática, que era en este caso supersticiones, y aquí de nuevo toda deportividad, porque también es ley de vida. Pero cuando el editor dice que el relato le ha gustado mucho y que él lo habría incluido, y que en general gustó entre el jurado, ahí ya la deportividad se le vuelve a uno de plastilina y las leyes de la vida son unos decretazos de sinvergüenza en funciones, y apetece sacar la guillotina, y, y... y nada, se incluye el relato en esa antología que estaba uno pergeñando. Y pensando en unas cosas y en otras, se envuelven todos esos relatos en una historia pequeña pero a la vez más grande, que permita hablar de estas cosas, o sugerirlas, o exorcizarlas. Y se escribe un correo tímido y esperanzado, un tres de junio de dos mil trece, que diga: «Te escribo porque he terminado de revisar aquella antología de la que te hablé con motivo del relato A Yolanda no le asusta el cementerio, que finalmente he transformado en una novela antológica, y me gustaría enviárosla a Saco de Huesos».

Las cosas de palacio van despacio. 

Mucho.

Y ya se sabe: las de editorial, más.

Pero más vale tarde que nunca y dos años después, poco antes de Penumbra, recibo el sí, y uno más tarde, coincidiendo con Espantabrujas, aquí está. Con su pedazo de portada, obra de Marifé Castejón, y con ilustraciones en el interior. Con su maquetación, sus páginas, su negro sobre blanco... todo lo que tenía que ser. Es un libro especial para mí, porque es la expresión de una etapa, de aquella escritura febril de relatos para cada convocatoria de Calabazas; de las tertulias en los foros de OcioZero, de las que surgieron tantas amistades; también del intercambio casi epistolar en estas islas solitarias que son los blogs (intecambio que espero retomar) y en definitiva marca el ecuador del primer lustro que he dedicado a lo que voy a llamar, casi teniendo que pedir perdón por pasarme, carrera de escritor. No es una carrera que pague el alquiler, y en ella no se corre contra otros, si no contra el tiempo y a veces en todas direcciones... pero sea cual sea el recorrido, carrera es, al fin y al cabo.

Por hoy no más brasa. Os dejo con la contraportada y la ficha técnica:


El temor ante la muerte es uno de los más extendidos, uno de los temas centrales de la literatura de terror desde su propio nacimiento. Después de todo, es la sublimación del miedo a lo desconocido, del horror cósmico que nos señala, implacable y frío, nuestro lugar en la existencia. Quizás por ello, muchas veces, en la narrativa de género, la muerte queda relegada a un símbolo, una metáfora, un recordatorio estético que se conforma con mantenerse en el cuadro como un leve resquemor, una inquietud de fondo suficiente para alimentar el desasosiego. No así en este libro.
A través de trece relatos encadenados, Pedro Moscatel rinde un homenaje al género de terror sin perder de vista las raíces del mismo. Historias de aparecidos, escalofriantes relatos realistas, ciencia ficción distópica, epidemias de no-muertos, costumbrismo lúgubre, juegos metaliterarios y narraciones pulp se dan cita en una obra que es más que una mera antología. En sus páginas nos confrontamos a la cuestión definitiva, a la verdad última.
Quién tiene miedo a morir.
Porque aunque a veces los editores tendamos a mirar hacia otro lado, incluso los lectores a apartar la vista, hay libros que están hechos para ser leídos. Aunque estremezcan. Aunque duela. Aunque no nos dejen dormir. Porque al final del camino solo queda espacio para su brutal honestidad, para la verdad que encierran y que son capaces de plantear con total franqueza.

Páginas:   182
Precio:   14€
Editorial:   Saco de huesos
Dónde comprar: 

martes, 1 de septiembre de 2015

2º Premio y mención especial en el I concurso CIFICOM de relatos de ciencia ficción

Eso me comunicaban ayer por correo, y hoy está en las redes. Para mí es un orgullo tremendo no solo haber sido elegido para formar parte de la antología que verá la luz muy pronto previsiblemente a tiempo para el CIFICOM de Valencia, 10 y 11 octubre, sino también que alguien como Sergio Mars, un conocedor y apasionado del género, haya considerado que mi relato merecía esta mención. 

En Instancias cautivas, si tenéis a bien leerlo cuando la antología esté disponible, encontraréis un relato sobre la trascendencia política y social; sobre un cambio de paradigma, una segunda ilustración; el cuestionamiento de la identidad autoconsciente y el alcance y envergadura reales de la responsabilidad creadora. 

Os dejo con el enlace al fallo:

sábado, 30 de mayo de 2015

Relato: La memoria de las bicicletas

Helena era así. Le decías que no, que no querías, que no te apetecía pasear, que preferías perder el tiempo con otra cosa, y ella ponía esa cara de pánfila que tanto nos gustaba a todos los chavales del pueblo y se perdía sola entre los arbolillos pelados, a la vera del camino del barranco. Le gustaba andar en silencio, y si en vez de decirle que no, que no querías, que no te apetecía, le decías que sí y tenías la suerte de acompañarla, te daba un manotazo cada vez que abrías la boca para decir algo. Y entonces solo se escuchaban el rumor de la arboleda y vuestros pasos sobre el brezo seco.

Murió a los diecinueve.

En el pueblo se decía que era medio bruja, pero esas cosas se dicen muy a la ligera. Helena era excéntrica. Atea, pero no pagana. Libertaria. Y cultivada. Si llegabas a conocerla bien, te enseñaba el juego de escritorio que le había regalado su padre antes de la guerra. Todavía estaba dentro del film de plástico. Ella escribía en los mismos terminales subvencionados de bajo coste que utilizamos todos, pero a veces compraba papel al buhonero (también le compraba esos libros amarillentos y casi desencuadernados) y junto al inmaculado juego de escritorio había un bolígrafo de caña de plástico y un enorme montón de hojas garabateadas. Eran palabras al azar: Helena solo practicaba su caligrafía. Y no es que no tuviese nada interesante que escribir. Era capaz de conmoverte solo con darle el orden adecuado a unas cuantas palabras corrientes y aburridas. Podía describirte personas que no existían, lugares que no había visto, y por un momento, con solo mirarla a los ojos, era evidente que amaba aquello que estaba imaginando. Que no había nada más en el mundo, en su mundo.

El modelo de dron que la mató se llamaba Kashmir. Lo bautizaron así por su capacidad aturdidora. Antes de disparar provocaba una detonación química similar a la de las granadas aturdidoras del siglo pasado: un brutal fogonazo de luz capaz de inutilizar temporalmente la retina, acompañado de algo menos de doscientos decibelios. Después disparaba proyectiles de treinta milímetros con precisión de cirujano. Llevaba tiempo fuera de uso, estaba obsoleto. Como todas las demás, la unidad que mató a Helena aquella tarde debería haber sido desactivada remotamente por los fabricantes. Eso especificaba su contrato con el gobierno corporativo.

—Se me ha olvidado ir en bicicleta —dijo una madrugada de verano, tumbada entre los brezos secos, su piel desnuda cubierta de sudor y hojarasca—. Me caería al suelo a los dos metros.

—La bicicleta no se olvida. Aprendes una vez y ese conocimiento te acompaña siempre.

—Pues yo sabía y ya no sé —se arrellanó y miró el cielo estrellado entre los arbolillos sin hojas—. Hay más cosas que no se olvidan. Que te acompañan siempre. Ojalá esas cosas se me olvidasen también. Ojalá se fuesen a la mierda, y también la puta guerra. Ojalá se muriesen todos.

—Murieron muchos.

—Ya lo sé —le brillaron los ojos—. De eso tampoco me olvido.

Y se vistió. Y no habló más hasta que se hubo sacudido todas las ramitas y las hojas secas del uniforme de trabajo. 

—De todas maneras no me refería a ellos. 

—Sé a quiénes te referías.

Pero Helena habló de todas formas. Siempre decía lo que se había propuesto decir, como si tuviese miedo de que las palabras pudieran quedársele dentro y consumirla como un fuego griego.

—Me refiero a los hijos de puta que no murieron ni sufrieron en la guerra. Aquellos que la provocaron en la sombra. Los que perdieron, los que ganaron, da igual, todos han salido mejor parados de una manera o de otra. Los que ganamos, los que perdimos... todos vivimos en un mundo un poco peor. Un poco más vacío. Un poco más frío. Cada vez menos humano, signifique lo que signifique eso.

Los chavales del pueblo dimos caza y derribamos el dron. He intentado olvidar a Helena desde entonces, sin éxito. Es gracioso, no he vuelto a ir en bicicleta. Me pregunto si me acordaré de cómo mantener el equilibrio, cómo pedalear sin caerme de lado. Quizá lo de que no se olvida sea una frase hecha, una de esas excepciones que confirman la regla del saber popular. Quizá lo haya olvidado. Quizá sea posible. Ojalá sea posible; ojalá pueda haber borrado esa información de mi memoria. Si eso es posible, a lo mejor también es posible olvidar otras cosas, cosas dolorosas. 

Pero mientras tanto me acuerdo de ella a regañadientes y me regodeo en el dolor que me causa. Ella fue la última víctima de la guerra. 

Ojalá lo siga siendo. Ojalá no me fallen las fuerzas.