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martes, 4 de septiembre de 2018

A la venta Te prohíbo volver a dormir


Me hace mucha ilusión presentaros mi último libro, Te prohíbo volver a dormir, recién incorporado al catálogo de la editorial Cazador de ratas. Editorial que (además de hacerme sentir como en casa desde el minuto cero) me parece el mostrador perfecto para el monstruo que es esta historia gamberra, intensa, homenajeadora del cine de serie B y heredera del pulp más canónico, que puede contener trazas de noir, nueva carne y horror sobrenatural. 

En seguida os cuento un poco de qué va, pero antes, un poquito de contexto.

La primera versión nació hace ya algún tiempo: corría el año 2013 y yo quería escribir una novela corta para un certamen porque se me había metido entre ceja y ceja. El problema principal era que el plazo para participar terminaba en tres semanas, y yo no llegaría ni de casualidad. Sabiéndolo, el reto se convirtió en un ejercicio de autosuperación en que aprendí que sí, puedo escribir mucho más rápido de lo que lo hago habitualmente. Llegué a tiempo (dos semanas, al final), y hasta mandé la novela a concurso; pero descubrí que, definitivamente, si por lo general escribo más despacio y edito sobre la marcha es por una buena razón. El resultado dejaba un poco que desear y tuve que dedicarle muchas ediciones y reediciones, lecturas y relecturas para convertirla en lo que es hoy.

Así funcionan muchos escritores, algunos gurús del best seller hasta lo recomiendan: vomita un primer manuscrito que no puedas coger con pinzas, casi en automático, y después ya lo irás trabajando una vez, y otra, y otra. No digo que sean malos consejos: cualquier método, de un extremo al otro y con todos los matices del espectro, debería ser bueno mientras te funcione a ti. Te prohíbo volver a dormir me enseñó por qué yo no soy uno de esos escritores de primer borrador precario y remodelación infinita, pero también el tipo de cosas que solo entiendes cuando relees tu manuscrito no por tercera ni quinta sino por décima vez (o las que cayesen). Y así la oruga se convirtió en mariposa con terrorífica boca de lamprea (todavía no me creo el buen gusto con que Imanol Pérez ha montado esa portada tan chula).

Lo de la lamprea, sí. A ver por dónde empiezo... he dicho que contaría algo del argumento, pero no quiero desvelar demasiado. Luces de título y fundido a negro. Una furgoneta pule el asfalto de una comarcal al amparo de la noche. El conductor está solo. Completamente solo. Y entonces alguien le habla. Lo demás es un cúmulo de momentos extraños, surrealistas, horribles o sorprendentes, con mutantes, fantasmas, nazis, especulación inmobiliaria, conspiraciones, sectas, espionaje, asesinato, transhumanismo y poderosas fuerzas de otro mundo. Al menos una pincelada de todo ello, porque el libro es un bolsilibro, una novela corta que puedes llevar en el bolsillo y leer en cualquier parte. 

Como decía más arriba podéis haceros con ella en la web de la editorial (por tiempo limitado habrá un pack de oferta con Saber que vas a morir, el bosilibro de Israel Quevedo y una lámina de regalo) o pedirla en vuestra librería habitual. Os dejo con la contraportada y la ficha técnica, y me voy a otra parte con la alegría y el gustazo que me ha dado enseñaros la primera de las novedades que van a venir en los meses siguientes (nótese la desvergonzada generación de hype).


Contraportada y ficha:


Carlos es un asesino. Un sucio asesino. Pero lo que sea que ocurre aquí le va grande hasta a él.

En la villa de Terranova nada es lo que parece.

¿Cuáles son las intenciones de Henschell, el magnate que ha levantado esta ciudad de la noche a la mañana? ¿Tendrá algo que ver con la esotérica Orden del Ultra Sapiens? ¿Dónde se esconden los habitantes de la ciudad durante el día?

¿Qué son esos horrores que campan por la noche?


Páginas:   180
Precio:   6€
Editorial:   Cazador de ratas
ISBN: 978-84-9484948741-9-2
Formato: Rústica (Bolsilibro)
Dónde comprar: 


jueves, 5 de julio de 2018

El futuro de la escena literaria geek: ¿Y ahora, qué?

Sello de 6 kopecks emitido por el Ministerio de Comunicaciones de la URSS en 1967 y diseñado por el cosmonauta siberiano Alexey Leonov, el primer ser humano en realizar un paseo espacial o EVA en 1965.
Parece extraño, casi ingrato, escribir una entrada de este tipo cuando vivimos, especialmente en el último año o dos años, una suerte de renacimiento de la escena literaria, entendiendo por escena ese trío incestuoso que formamos los lectores, escritores y editores de fantasía, ciencia ficción y terror, y en el que pocos integrantes interpretamos uno solo de los papeles (muchos cumplen los tres: son héroes y heroínas que han olvidado el gusto que da tumbarse a la fresca y tomarse una birra bien fría, sabiendo que tienes la bandeja de correo vacía y nada urgente que hacer para ya. Si te encuentras con alguno de estos seres de luz, dale un abrazo, págale una caña y compra su material).

Hemos asistido a cosas que dos años atrás no creeríamos: el regreso del bolsilibro, la diversidad editorial (tanto las de tiradas cortas como las de distribución), el rejuvenecimiento y expansión del fandom, el aumento de la participación en los Ignotus, la normalización de las iniciativas inclusivas y de visibilización, la proliferación de nuevas revistas en papel, gracias al patronazgo; nuevos avances hacia la internacionalización de los nuestros (hace poco veíamos publicado un cuento de Eduardo Vaquerizo en la revista Analog, y pronto estará disponible Alphaland, la antología en inglés de la gran embajadora que es Cristina Jurado), la importación de las mejores obras actuales de catálogos de editoriales como Tor, Angry Robot o Rebellion Publishing, y por supuesto (perdonad mi parcialidad) el resurgir de la ciencia ficción, que vuelve a molarlo todo.

Y sin embargo, esta entrada es necesaria.

Por todas estas buenas cosas, de hecho. Es precisamente cuando todo va bien cuando sobrevienen las recaídas (o retropezones, en más de un caso). No hay que pensar que el trabajo ya está hecho, que hemos empujado la barca hasta la orilla y que toca dejarse llevar por la corriente. El fandom no es un río hacia el progreso: la inercia de la gente es velcro del caro y la resistencia del mercado es lija del doce. Vamos, que hay que seguir empujando. Para mantener lo conseguido... y por qué no, para lograr aún más.

Como por ejemplo:


Un sistema de bolsillo rentable para los pequeños editores

Por pedir, que no quede. Sé que nuestro mercado no es como el anglosajón, sé que buena parte del motivo por el que allí funciona esto y aquí no tiene que ver con ese monopolio amazónico del que usted me habla, y también con que la búsqueda «audiobooks» en spotify te lleva a El gran Gatsby, Un mundo feliz e Historia de dos ciudades, y sin embargo la búsqueda «audiolibros» te lleva a Guía para emprendedores y Descubre los secretos del Karma. También sé que, demasiado a menudo, las ventajas para el consumidor se consiguen mediante la precarización del trabajo del creador y del de varios intermediarios. 

En definitiva, sé que será difícil. 

Pero oye, también era difícil... no, imposible publicar novelas cortas sin morir en el intento. Así que esto es lo que quiero: literatura de consumo, en formato largo, que quepa en la mano, entre siete y diez euros. ¿Alguien se atreve? ¿Es factible, o implicaría cargarse la gallina de los huevos de oro?
En la foto, tres libros temporalmente rescatados de mi pila kilométrica para su minuto de fama.


Lanzaderas de traducción al inglés

Casi duele pedir esto cuando hay tanta gente trabajando tanto y tan duro en este mismo momento y desde hace tiempo. Eso es precisamente lo que me gustaría: que ese trabajo sea reconocido y que fructifique, que cristalice en una maquinaria funcional, aunque inevitablemente caótica. Me gustaría que hubiese un acercamiento de nuestros mejores autores (queda descartado pues el interés propio) y con la ayuda de nuestros políglotas y personalidades en el extranjero. Que hubiese plataformas dedicadas a la traducción de nuestras mejores obras y, por qué no, hasta publicaciones patrias en inglés. Seguir en la senda de The Best of Spanish Steampunk (Nevsky), Castles in Spain, de Mariano Villarreal (Sportula) y otros.

Continuidad y crecimiento de la AEFCFT

Hay voces críticas contra la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, y por supuesto son críticas legítimas. Sin embargo, leo a mucha gente decir cosas como que no van a participar en nada que tenga que ver con la asociación ni a acudir a eventos que organice, y eso aunque también es perfectamente lícito, me entristece. Claro que hay que generar todo tipo de eventos fuera de la asociación, claro que hay que explorar alternativas, pero eso debería ser compatible con el trabajo por mejorar la asociación, el apoyo o, si no, el disfrute de lo que ofrece de manera desinteresada y como fruto de un esfuerzo colectivo. A todos nos conviene que continúe y crezca la asociación que nos da visibilización, la Hispacon, los Ignotus, el Domingo Santos, los Visiones...

En cuanto a diferencias sobre su funcionamiento, mi sensación es que cualquiera con buenas ideas y tiempo para llevarlas a cabo puede tomar las riendas de la AEFCFT, lo cual no es ningún privilegio sino más bien un trabajo ingrato y que nunca habría que dejar de agradecer, con crítica o sin ella. Confieso que no soy socio; hace un tiempo mi excusa era que no me gusta formar parte de una asociación en la que no aporto algo más que la cuota, en la que no invierto tiempo y trabajo directo, y mi tiempo es escaso (lo era aún más entonces). Desde hace un tiempo, mi excusa es bastante más floja: soy un desastre y lo he ido dejando porque el proceso no es muy cómodo (algo a mejorar), pero lo haré antes de que pase este mes. Ya va tocando.

Presencia transmedia

Se nos juntan factores bastante halagüeños: en España hay bastantes creadores de éxito relacionados con el cine fantástico y la televisión. Pertenecemos a una de las generaciones más formadas de las últimas décadas. Ser friki de repente es la monda. Youtube y otros han democratizado la difusión de medios audiovisuales. Para proyectos de aspiraciones humildes, el patronazgo ha eliminado la barrera de la inversión y a los productores/patrocinadores. ¿Conseguiremos colocar alguna serie en Netflix internacional, como la alemana The Dark? ¿Habrá alguna webserie de ciencia ficción que se convierta en fenómeno? ¿Lo petará algún audio serial con guión de Emilio Bueso o Elia Barceló en iVoox?

Impacto social

Esta es, quizá, la petición al futuro más personal de las cinco que vuelco aquí. Una que muchos y muchas no compartiréis, y hacéis bien, oye. Pero a mí, personalmente, me gustaría hacer recuento dentro de unos años, como hacía al inicio de este post, y poder decir que hay una punta de lanza en el género fantástico español que trabaja los temas sociales, la igualdad, la abolición de los desequilibrios de poder, la construcción paciente y seria de la utopía que siempre ha caracterizado al género especulativo; que atrae miradas de otros medios y géneros de fuera del fantástico, que tiene un impacto real en esta sociedad que está naciendo a la sombra de la sombra, pero que tiene en sus manos la luz de la revolución sociotecnológica (toma frase intensita).

Se me ocurren muchos nombres ya hoy en día: Nieves Delgado, Eduardo Vaquerizo, David Jasso, Lola Robles... pero quiero más, quiero revistas, fanzines de grapa, asociaciones, conciliábulos y saraos. Y creo que debe nacer desde o de la mano de la misma gente que nos ha dado una gran lección de compromiso forjando historias tan locas como La nave invisible o el Ansible Fest, y muchas más que me dejo porque intentar nombrar todas sería omitir muchas. La idea de que el éxito en esto de escribir depende de la figura del autor, y no de su obra, es lo que  a muchos nos puede hacer pensarlo dos veces antes de meternos en jaleos; de debatir ideas; de defender abiertamente posturas. Y sin embargo, ¿qué sentido tiene evadirse en un juego en el que ni los de más éxito ganan para vivir de esto? ¿En el que igualmente volcamos nuestras ideas en nuestros escritos o líneas editoriales, porque callarnos sería renunciar a lo que nos hizo abrir la boca en un principio?

martes, 15 de mayo de 2018

Mis libros preferidos

De un tiempo a esta parte ya no hago reseñas, quitando el duelo con L.G. Morgan y una humilde colaboración en Sagacomic, y es algo que echo mucho en falta.

A veces cierro un libro genial y me entran ganas de gritarle al mundo todo lo bueno que tiene. Otras, me apetece publicar mis impresiones buenas o malas sobre una novela que acaba de salir al mercado o que ha publicado un conocido. Si ya no lo hago es por pura falta de tiempo. O eso me digo a mí mismo. Y sin embargo es algo tan sano como divertido, con casi tanta importancia como la propia escritura.

Empecé a escribir reseñas para alimentar el blog y hacer al mismo tiempo callo y contenido; la mayoría de veces no eran más que una forma de reflexionar por escrito, un diálogo con uno mismo que de paso terminaba aquí. Y en cualquier caso no eran gran cosa: admiro mucho a los reseñadores de primer nivel que tiene nuestro fandom, con blogs de la talla de Rescepto, Sense of Wonder, el citado Sagacomic o Autopsias literarias del Dr. Motosierra, por citar solo algunos de mis preferidos. 

El caso es que aunque cuando me siento ante el portátil priorizo otras cosas (escribir novelas y relatos, para empezar), las ganas están ahí y yo necesito quitarme esa espina. Para empezar en este sentido, voy a desquitarme con veinte microrreseñas. No están todos los que son, pero a lo largo del tiempo las lecturas siguen acumulándose, los libros se recolocan en mi lista de preferencias personales y toca echar un vistazo atrás para contaros, en pocas líneas, por qué los siguientes son algunos de mis libros preferidos.

Allá vamos:


La casa en el límite

William Hope Hodgson, 1908
Esta novela es un descubrimiento reciente que me habría encantado leer cuando conocí a Lovecraft en mis primeros años de instituto. Imágenes poderosas, oníricas, ajenas, atemporales, extrahumanas. Horror cósmico antes del horror cósmico, literatura weird antes del weird, fantástico cuando este estaba en pañales y mucho sentido de la maravilla. Un crescendo que se le habría desarmado en las manos a cualquier otro autor nos eleva a cotas imaginativas que deberían haberse superado en estos ciento diez años desde su publicación. La novela, sin embargo, sigue perfectamente vigente.


Un mundo feliz

Aldous Huxley, 1932
Esta distopía es una de las primeras culpables de mi afición a la prospectiva, y de que todavía se me pueda encontrar bajo el nick de Aldous en algún que otro foro. Menos polarizada que el 1984 de Orwell (la comparación por excelencia), en mi opinión tiene un halo de amargura más pesimista que la del autor de Homenaje a Cataluña; no en vano Orwell se antoja un luchador con causa y Huxley ese enfant terrible que recorre el mundo primero y la mística después en busca de algo siempre inconcreto. En Un mundo feliz el enemigo se muestra más ambiguo e indeterminado, las advertencias o preocupaciones del autor son un poco menos evidentes pero calan quizá más hondo. Y por qué no decirlo, son menos susceptibles de ser tergiversadas hasta lo absurdo por las hordas neocon.



The shadow out of time

Howard Phillips Lovecraft, 1936
Publicado en castellano bajo muchos nombres y dentro y fuera de diversas recopilaciones, puede leerse en la reciente edición de Sportula, en formato bolsilibro, bajo el título de  En las sombras del tiempo. Se trata de uno de mis relatos preferidos del frikazo (y genio) de Providence, del que me atrajo lo onírico y me engatusó lo especulativo, muy por encima del terror y el suspense que también trabaja en sus cuentos. Esta historia es una de mis preferidas y lo es, precisamente, por la sensación de enormidad, de maravilla y fantasía desatada que me despertó en la adolescencia. Habla de descubrimientos más allá de los descubrimientos, de lo que culebrea en esa zona remota en la que no hay nada cuando miramos atrás en el tiempo, o a las estrellas, o al futuro, o a lo que está fuera de cualquier coordenada humana.

 

 

La Fundación

Isaac Asimov, 1951
De vez en cuando me doy de cabezazos al pensar que nunca podré volver a leer la trilogía de la Fundación por primera vez (o la pentalogía, o ya puestos toda la obra de este pedazo de escritor, divulgador, fandomita, miembro fundador de los Futurians y varias cosas más). En estos libros nos encontramos una idea tan loca y atrayente como la de aplicar las predicciones de dinámica de gases a las grandes masas de población y así poder anticipar el futuro de un imperio galáctico abocado a su ocaso. Por si esto no bastase, la narración nos atrapa y nos lleva en vilo a lo largo de una trama de relojero con personajes más memorables (si bien no muy carismáticos) de lo que se le admite normalmente a Asimov y, sobre todo, haciendo gala de un amor confeso y sin ambajes a la ciencia y el conocimiento.

Y bueno, además está lo de las patillas.


El guardián entre el centeno

J. D. Sallinger, 1951
El libro asesino, como pasó aquí en España con el rol y la katana. Más allá de la consabida leyenda negra (que podéis buscar online, si os interesan esas cosas) este es uno de esos libros que calan. Una clase maestra de diálogo, interno y externo, y no siempre explícito. Imbuído de ese desprecio por el nudo y el desenlace que caracteriza por igual a los grandes literatos y a los pretenciosos, Sallinger nos embarca en un viaje en espiral al interior del sumidero. En El guardián entre el centeno nos metemos en la piel de un adolescente escupido por el sistema y hacemos nuestra su rebeldía.

 

 

Las estrellas mi destino

Alfred Bester, 1957
El autor viaja cinco siglos en el futuro para revisitar el tema de la venganza. En una sociedad en la que la teleportación (el jaunteo, llamado así en honor a su descubridor) es posible, un hombre se libra milagrosamente de la muerte y vuelca todos sus esfuerzos en devolver la papeleta al capitán y la tripulación de la Vorga, la nave que podría haberle recogido pero hizo caso omiso de su petición de socorro. Una novela atrayente y atrapante, cínica, desprovista de héroes, villanos o maniqueísmo.

 

 

Los cañones de agosto

Barbara Tuchman, 1962
Rompiendo la norma del resto de libros de esta entrada, que son todos novelas o relatos largos, aquí tenemos un ensayo bélico. Eso sí: uno como no he leído otro, y que sin duda merece un hueco en esta lista tan personal como arbitraria. A Barbara W. Tuschmann hay que alabarle no solo su enorme labor historiográfica (que le mereció entre otros reconocimientos el Pulitzer por este mismo The Guns of August), sino también un talento innegable como narradora y divulgadora, capaz de contagiar a cualquiera su pasión por el tema tratado. En este libro parte de una tesis concreta: la de que la mayor parte del desarrollo de la Primera Guerra Mundial es una consecuencia directa de los movimientos y decisiones de este primer mes de agosto de 1914, antes del estancamiento y la guerra de trincheras. A lo largo de todo el libro y como cimentación y aderezo de esta tesis, nos muestra de manera magistral los diferentes planes y contraplanes de las fuerzas en liza, los contextos nacionales e internacionales y las implicaciones políticas o personales para los representantes de gobiernos y estados mayores. Para quien disfrute con un buen ensayo histórico, un libro muy recomendable. Para cualquier interesado en este periodo, un imprescindible.

 

 

Dune

Frank Herbert, 1965
Por razones sentimentales y subjetivas me es muy difícil hablar de este novelón sin evocar las sensaciones de epicidad, de grandiosidad, de mundo completo e inmersivo que me despierta cada vez que lo releo y que me remiten a la confección de mundos de El señor de los anillos de Tolkien (que se ha quedado fuera de esta lista porque así son las listas). Creo que, aunque todos estos veinte libros lo han hecho en mayor o menor medida, y siempre es capcioso identificar en uno mismo este tipo de cosas, Dune me ha influido mucho, muchísimo a la hora de escribir; especialmente, a la hora de escribir novelas. Si no lo has leído tienes que hacerlo.   


Ubik

Philip K. Dick, 1969
Atribuirle a la lisergia el alcance y la magnitud de las realidades que teje y entreteje Dick en cada una de sus historias y a lo largo de su obra sería denostar una mente potente, aguda e imaginativa que nos ha dado alguno de los mejores momentos de paranoica caza de la verdad en la ciencia ficción y que ha inspirado a toda una legión de creadores. Ubik es solo un ejemplo más de esta caza, al que hay que acercarse a sabiendas de que el autor no va a darnos todas las respuestas a las grandes preguntas que plantea la novela. Me parece, de hecho, que a él le habría encantado que le resolviésemos algunas de ellas.

(Leedla y, después, echadle un vistazo al programa que le dedicaron en Spoiler Club, que merece mucho la pena).

 

 

Cita con Rama

Arthur C. Clarke, 1973
Si algo hace bien Clarke es maravillar. En Cita con Rama asistimos a la aparición en el espacio próximo a la Tierra de un objeto gigantescode factura artificial y, presumiblemente, no humana. Lo que sigue es como una gran obra pictórica que ir asimilando pedazo a pedazo, que puede abarcarse de un vistazo pero no aprehenderse hasta que se pormenoriza, se disecciona, se la bebe descubrimiento a descubrimiento y detalle a detalle. Un magnífico portal de entrada al lado hard de la ciencia ficción, con el que (de manera inevitable y  a veces ingrata) comparar obras posteriores del subgénero.    


Los desposeídos

Ursula K. Le Guin, 1974
En su propio subtítulo original, An Ambiguous Utopia, Ursula anuncia lo que encontramos al leer la que podría ser novela cumbre de la ciencia ficción social (y muy posiblemente de toda la ficción anarquista, de hecho). Una utopía, sí, pero no una utopía edulcorada y acrítica, ni mucho menos idílica, sino un estudio serio de los posibles e inevitables males que podrían aparecer en una sociedad postrevolucionaria, descentralizada, igualitaria y libre (a saber: la burocratización, la autocensura, la fragmentación del ideal, la personificación de la revolución o la inercia recentralizadora, por mencionar algunos). Desde el Tao de Lao-Tse al apoyo mutuo de Kropotkin, las influencias políticas, sociales y en definitiva filosóficas de Le Guin se entretejen con su propio pensamiento y su aguda mirada para darnos una novela, además de inspiradora y apasionante por lo político, poderosa en sí misma por sus personajes, su épica y su alcance.


Pórtico

Frederik Pohl, 1977
Pórtico es oscura. Es reminiscente de obras como el 2001: Odisea en el espacio de Kubrick y Clarke. Es menos optimista que la mayor parte de las obras clásicas del género, una de las piedras en el camino hacia la ciencia ficción derrotista, postmoderna, autofagocitaria de las décadas que vendrían a continuación. La tecnología de una raza alienígena desaparecida y muy avanzada sirve, en esta ocasión, para presentarnos a un personaje, el protagonista, atípicamente humano (es atípico en el género), inestable, poliédrico y en definitiva tangible, cuya forma de ganarse la vida consiste en una versión elaborada y fascinante de la vieja ruleta rusa.

 

 

Las puertas de Anubis

Tim Powers, 1983
Las puertas de Anubis es aventura. Fantasía. Viajes en el tiempo. Algo de historia, también, aunque con licencias. No diré que es steampunk, pero desde luego es steampunkish. Y sobre todo, es increíblemente divertido y absorbente. Lectura obligada: pura evasión en el mejor de los sentidos.


Libros de sangre

Clive Barker, 1984
Terror. Visceral a veces, sobrenatural casi siempre y, sin excepción, una experiencia intranquilizadora. En estos tomos de relatos Clive Barker reúne pesadillas con las que remueve miedos extraños, cotidianos, ajenos y propios mediante un imaginario de sexo, sangre, pecados y locura, que elude una y otra vez todo tipo de clichés para imprimir en el lector un profundo desasosiego, sí, pero también esa maravilla que a veces solo causa el horror. 

 

 

Hyperión

Dan Simmons, 1989
Me quedé atrapado en el inicio de esta novela. Me gustaría plasmar alguna vez algo tan evocador como esa melodía de piano suspendida en el aire, esa nave orbitando al ras sobre la selva virgen, bajo la tormenta, y las fieras rugiendo en la distancia. Y eso eran solo las primeras páginas. Esta no es solo una novela buena, entretenida o profunda. Además de todos esos parámetros que la hacen aparecer junto a las otras de esta lista, tiene la peculiaridad de ser un trabajo artesano, meticuloso, puro amor a la técnica y los secretos del oficio, la forma al nivel del fondo en una obra maestra en todo el sentido gremial de la expresión.


Marte rojo

Kim Stanley Robinson, 1992
En la contraportada de mi edición se la compara con Guerra y paz, y al menos en extensión, amplitud temporal y de elenco, podríamos darlo por bueno. La trilogía compuesta por Marte rojo, Marte verde y Marte azul es mucho más que una novela de ciencia ficción dura sobre la colonización y terraformación de Marte (con lo que sin embargo cumple perfectamente), siendo el aspecto político y social el que en seguida capitaliza las tesis especulativas, muy de la mano del factor ecologista. De nuevo en una suerte de utopía anticapitalista, asistimos a la antesala, el desarrollo y las consecuencias del proceso revolucionario. Algo menos libertario que Le Guin, por aprovechar el ejemplo, Robinson propone una sociedad bullente y en pugna de la que emergen ideas que van desde un cooperativismo semi capitalista, o una suerte de socialdemocracia participativa y constitucionalista, al municipalismo libertario, pasando por diversas formas de comunismo. Una lectura que puede resultar densa y que muchos abandonan, pero que tiene su recompensa.

 

 

El instante Aleph

Greg Egan, 1995
Escuchaba a compañeros más expertos y leídos que yo, verdaderos forofos de la ciencia ficción dura, hablar sobre el alcance especulativo de un tal Egan y me sentía automáticamente atraído por esos libros. Eran lo que había que leer. La mandanga buena. Lo difícil que es conseguir los libros en castellano (es un autor del que se ha traducido y editado poco y no siempre en condiciones) junto a la temible y perenne pila de lecturas pendientes confabularon para retrasarlo, pero finalmente me hice con esta novela en su versión original (Distress) y pude comprobar por mí mismo a qué venía aquel entusiasmo. De nuevo los científicos como protagonistas y motores del progreso, de nuevo una utopía anarquista (micro utopía, esta vez: una isla viva, un medio de producción capturado a la corporación y reconvertido por los bio-ingenieros en paraíso político) y además una especulación arrolladora, al más puro estilo de grandes como Clarke. Más que recomendable.


Mundos en la eternidad

Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, 2001 (publicación original de Mundos en el abismo: 1988)
Lectura reciente, de este último año, con la que sigo entusiasmado. Toda una constatación de que la literatura de aquí puede alcanzar las cotas más altas y mirar de frente a la internacional, aunque por desgracia pueda quedar enterrada entre otras obras y hasta el aficionado especializado tenga que escarbar para descubrirlas. Ciencia ficción dura, espacial, enorme, con muchísima maravilla y de una calidad pasmosa. Este tomo incluye una reescritura de las dos primera obras (en orden de publicación, no cronológico) del universo de Akasa Puspa creado por el tándem valenciano y que después fue expandido en otras novelas y antologías por los propios autores y otros nombres reconocibles del género.


Ronda de noche

Terry Pratchett, 2002
El siempre añorado Terry enhebra en su vigésimo novena historia del Mundodisco una estupenda trama de viajes en el tiempo, divertidísima e inteligente como siempre, que además sirve de homenaje (aunque no es la última novela de la guardia, ni la última en la que aparecerá) a uno de sus más carismáticos y queridos personajes: el cínico y contradictorio Sam Vimes, de la guardia de Ankh Morpork. Aquí Pratchett se recrea en la esencia del personaje, en su origen... y lo mismo hace con ese otro gran personaje que es la propia ciudad.


El problema de los tres cuerpos

Liu Cixin, 2006
Un ejemplo de lo que puede ser la ciencia ficción cuando se la dota de ritmo, drama, suspense y buenas ideas. Una lectura que me ha tenido pasando páginas como un loco, que me ha recordado a las piezas más grandes del género. Leer una novela casi contemporánea y descubrir que se está leyendo un clásico inmediato es uno de esos momentos para atesorar. (Sobre todo si te pasa como a mí, que las mejores novelas que he leído, como ejemplifica este post, se publicaron antes de que Verne, Tolkien, Orwell o Asimov cayeran en mis manos y empezara todo esto.) En esta novela de primer contacto a la manera china nos ahorramos la visión occidental del asunto y asistimos a una trama trepidante que arranca en la revolución cultural y se extiende mucho, mucho más allá.


...

Y con este, ya está. Estas son mis recomendaciones, seleccionadas con cuidado tras mucha indecisión y, al final, algo de gritar: «a la mierda» aleatoriedad.

Se me quedan fuera imprescindibles como Diez días que conmovieron al mundo, El señor de los anillos, Cartero, 1984, El juego de Ender, Planilandia, Ensayo sobre la ceguera... y muchos más títulos que me han influido, que me parecen grandes obras y que deberían estar aquí. Pero veinte ya son más de los que suelen meterse en una pequeña selección y esto no puede ser más que una muestra.

Eso sí, por ser precisamente eso, una muestra de los libros que he leído y que más huella me han dejado o que me han venido a la mente al redactar esta entrada, se pueden sacar algunas conclusiones. A saber:
  • Que mi género literario preferido es la ciencia ficción, y en un sentido más general, el fantástico. Aquí no puede sorprenderse demasiado nadie que me conozca.
  • Que la mayoría de las obras que he leído y desde luego mis preferidas pertenecen al siglo veinte. No ha sido hasta hace pocos años que he empezado a leer mucha más literatura contemporánea, y a estar al tanto de las novedades de autores como Ada Palmer, Paolo Bacigalupi,  Ann Leckie, China Miéville y tantos otros. Leer en inglés ayuda, aunque cada vez es más una elección y menos una necesidad, gracias a la valentía y esfuerzo de un buen puñado de editoriales, la popularización del fenómeno y, cómo no aprovechar para mencionarlo, el trabajazo desinteresado y nuca lo bastante reconocido de gente como Marchetto y sus Cuentos para Algernon.
  • Que a la hora de buscar grandes obras del fantástico universal sigo eligiendo extranjeros. Junto a la obra a cuatro manos de Aguilera y Redal, ha habido otro autor en castellano que no ha entrado en la lista por los pelos; pero por lo visto ahí termina la cosa para mí, de momento. Culpad a mi ignorancia. Seguro que hay muchas obras en castellano que compitan de tú a tú con los grandes del género, sea en el catálogo de las editoriales o, quién sabe, en algún cajón. Porque me temo que obviando la inevitabilidad de los números (unos cuarenta y cinco millones contra los casi ocho mil millones del resto del mundo), esto no es tanto un problema de calidad, que la hay, como de dificultad a la hora de encontrar grandes libros en un medio saturado y de elevarlos a la categoría de eso: clásicos universales de todos los tiempos. Nadie se desgarrará las vestiduras si digo que el género fue un reducto de unos pocos en la península durante muchos años y hasta hace poco tiempo. A eso, por supuesto, hay que sumar sesgos y prejuicios que siguen ahí.
  • Hablando de sesgo: que mi lista está totalmente inclinada y casi delimitada a autores masculinos. Sería fácil haberla maquillado a posteriori. También argüir que esto se debe a un siglo veinte con menor cantidad de mujeres escritoras (falso) o a un mundo editorial que ha dificultado a la mujer publicar primero y hacerse ver después (cierto, pero insuficiente). La verdad es que el hecho de que haya leído menos libros escritos por autoras y que solo dos hayan llegado a esta lista evidencia un problema. Hoy en día leo a un número mucho mayor de autoras, casi paritario. Pero a veces me pregunto si no tendré un gusto que ha sido condicionado, sesgado y limitado a lo largo de mucho tiempo y por diferentes mecanismos. En ese caso, toca desaprender algunas cosas y aprender otras por métodos activos, no pasivos.
Y eso es todo. Espero no haberos aburrido. ¡Prometo dosificarme la próxima vez, si la hay!

miércoles, 18 de abril de 2018

A la sombra del Pilar (VV.AA.): A la venta el 23 de abril


Siempre es un gustazo anunciar novedades, pero más cuando es de la mano de compañeros de letras y fatigas como lo son estos, y bajo el excepcional paraguas de Apache Libros, una de las editoriales de referencia en lo que a fantástico se refiere y a la que ya tardáis en echar un buen vistazo, si es que no conocéis su catálogo. 

La antología verá la luz justo a tiempo para el Día Internacional del Libro y el Día de Aragón. En ella, seis autores maños exploramos el terror utilizando la capital zaragozana como escenario. El elenco de escritores lo compone gente de la talla de Juan Ángel Laguna, David Rozas, José Antonio Rubio, Pepe Carabel y David Jasso. Ahí es nada. Bueno, y también me he colado yo.

Mi relato El suelo frío y tus ojos en la noche es una historia de terror paranormal en la que me he atrevido a experimentar y jugar un poco con la metafísica o algo que se le parece. Comienza en un tren regional, como mi vida en Zaragoza, y cambia tanto de rumbo como la susodicha. Ojalá os guste. 

En breve, ampliación con fecha, hora y lugar de la presentación del libro, y también con horario de firmas en la caseta de Apache Libros durante el Día del Libro. 
 
Y recordad, sea este u otro... ¡regalad libros!


Actualización 20/04/2018: 
Lo prometido es deuda: estaremos el domingo 22 presentando el libro en el Café Van Gogh (calle Espoz y Mina nº 12) de Zaragoza a las 19h los autores David Jasso, José Antonio Rubio, David Rozas y un servidor moderados por José Luis del Río (editor). Además, el lunes 23 nos tendréis firmando en el stand de Apache Libros por la tarde (aunque la mayoría estaremos por allí gran parte del día). ¡Nos vemos!


martes, 23 de enero de 2018

Duelo de reseñas: III

¡Anda! Si yo estaba enzarzado en un duelo de reseñas. Todo esto empezó hace mucho, mucho tiempo, por algún motivo que no recuerdo pero seguramente tendrá que ver con mi manía de no plantearme siquiera decir que no. De hecho hace tanto que, la verdad, yo ya pensaba que Morgan, mi oponente, se había olvidado del tema. Pero resulta que no todo el mundo es tan disperso como un servidor. Así que, ante su insistente acoso en redes sociales amable insinuación de que convendría retomar el tema, y sin saber si llevaremos algún día esto a término (la vez anterior costó casi un mes, esta casi un año...), ahí va.

Mi tercer lance. 

Pero antes...
"¡¡Ideaca!! ¡La loca historia de los zombies!"
Comentaba mi adversaria no uno sino dos relatos, ahí es nada (adjudicando de paso el homenaje en que consistía uno de ellos a Mel Brooks en lugar de a Max Brooks, lapsus que fue inmediatamente perdonado por el que suscribe y del que no voy a hacer más escarnio en esta bitácora pública, porque eso sería de muy mal gusto). También resaltaba el hecho de que Quién tiene miedo a morir no es una antología al uso, porque sin llegar a ello intenta acercarse a la novela. En efecto; al menos la primera vez que se lee es muy recomendable leerla de cabo a rabo, por los interludios que van haciendo de nexo, que nutren y canibalizan a los relatos en pretendida simbiosis y que, como dice Morgan, conviene deglutir de seguido, como un todo. Lo mismo pasaba, por ejemplo, en mi anterior Ciencia y revolución. Por si alguien comparte mi etiquetitis, yo a esto lo llamé en su día novela antológica, que no sé si es muy buen término ni si tiene demasiado sentido, ni tampoco si me lo saqué yo del gorro o lo robé por ahí (el término, no el formato, que este último no tiene nada de nuevo). El caso: que debido a esta linealidad no es un libro para leer salteando relatos o para empezar por el final, como sí lo puede ser, por ejemplo, Ahora intenta dormir de Emilio Bueso (que estoy leyendo estos días y que aprovecho para recomendar).

Pero vale ya; tras el apunte de forma, vamos con el relato de Morgan:

La tercera historia de Entremundos se titula Dulce trenes y nos sumerge de lleno en la España del último cuarto del siglo pasado, la misma España que pocos años antes al periodo del relato (como explica la autora en el prólogo) no solo no pena el maltrato, sino que en su Código Civil autoriza explícitamente la corrección de la conducta de una mujer por parte de su marido. Una España en que la violencia de género no es un problema porque la violencia de género no existe: un España en que hasta 1999 no hay un registro del número de muertes ocasionadas por malos tratos.
Se nos cuenta una historia de tercera generación, de recorrido sin prisas y rica en antecedentes, narrada como siempre con gusto, como si se tratase de un testimonio cercano, cotidiano, real, que hubiese sido galvanizado en literatura. Nuestra protagonista es una nieta de ferroviario y nuestro antagonista un hijo de puta que por cierto se llama Pedro. Nos encontramos, de nuevo, más ante una instantánea que ante una narración al uso. La actitud de la protagonista de esta historia, la salida que escoge finalmente entre guatemalas y guatepeores, es la única incógnita que podría incorporar la trama, y sin embargo se nos anticipa ya en el prólogo y en el ecuador del propio relato. En Dulce trenes Morgan no anuda un planteamiento, ni lo desenlaza, porque este no es un relato a là Poe, con sorpresas, cebos narrativos o manejo de la tensión. Este es un alegato crudo y ejemplificador que sin artificios exhorta a una vez al humillado y al humillador. Al acorralado, le repite eso de que la cobardía es el privilegio de quienes tienen opciones. Aquello de que siempre queda la lucha; a veces a menudo, de hecho nada más que la lucha. Al acorralador, al que se cree poderoso, le recuerda que hasta el gato más manso araña, puesto contra la pared.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Relato: Que nadie rece por mí


Trabajo en el Ministerio de Población y Sostenibilidad. Mi puesto es como el de los demás: una cinta mecánica sobre la que van pasando los cuerpos. Cuando llega uno, detengo la cinta. Leo el informe. Si el sujeto es, en palabras del ministro, «delincuente, nocivo o prescindible», pulso el botón. Entonces un brazo robótico suministra la inyección letal. Si el sujeto merece el indulto, vuelvo a accionar la cinta sin pulsar el botón, y al salir por el otro extremo esa persona es reanimada y puesta en libertad.

Así cada mañana.

Diga lo que diga el ministerio de cara a la galería, tengo libertad total para elegir quién vive y quién muere, siempre y cuando alcancemos la cuota. A veces me confundo, sobre todo cuando llevo muchas horas seguidas en mi puesto. A veces perdono la vida a un violador, o mato a una persona inocente, porque mi mente fatigada confunde la palanca con el botón. Esas noches tengo que doblar la dosis de somníferos para conciliar el sueño.

Cada uno tenemos nuestro sistema. Somos tres, en mi planta. Está María, que nunca habla con nadie. Cumple con el número justo para la cuota, ni uno más, ni uno menos. Me recuerda a mí, cuando llegué aquí. También está José. Él sobrepasa la cuota con creces y le pagan con grandes incentivos. Vinieron del ministerio a darle una placa y todo, por su trabajo tan eficiente. Pero no es que José trabaje mejor o más rápido que los demás. La única razón del éxito de José es que José no lee los informes. A menudo se le puede ver mirando a la nada, con el botón rojo pulsado, y su cinta nunca se detiene.

Esta mañana ha pasado Jacinto. Era un niño de mi colegio; parece otro, pero era él. Parece ser que ha hecho una cosa horrible. Demasiado horrible para garabatearla en esta nota. No quiero que nadie lo sepa. Pero la verdad es que no he podido pulsar el botón. He recordado todos aquellos juegos de infancia, aquellos recreos en la escuela, y no he podido hacerlo.

Creo que Jacinto ha sido el detonante. La señal que estaba esperando. Y por eso he ido a buscar un bolígrafo y este papel.

Esto no es una última voluntad, porque nadie va a echarme de menos. Es solo… es solo lo más parecido a un grito que me atrevo a proferir. La cinta está detenida, frente a mí, con Jacinto encima. No tenemos supervisores. María me lanza alguna mirada, pero sigue con su trabajo. José no mira a nada ni a nadie. Solo pulsa el botón y piensa en quién sabe qué, mientras espera a que suene la bocina del fin de turno.

Sé que ninguno de ellos me detendrá, cuando camine hasta el principio de la cinta de José, me desnude, me tumbe, cruce los brazos sobre el pecho y me haga el dormido.

Adiós, supongo. Y por favor: que nadie rece por mí.


martes, 21 de marzo de 2017

Duelo de reseñas: II

¡Dice Morgan que soy astuto! Pero también que ella es una blanda, y eso no puede ser en serio. Me parece a mí que aquí lo que se está dando es la tradicional bravata de la esgrima escénica: no soy Íñigo Montoya, así que si quiero salir entero de esta voy a tener que rumiar bien cada lance.



 

Pero primero, lo primero: responderé a mi colega escritora. 

Sobre si un relato es o no de tema supersticioso, Morgan aduce (y resumo, porque la explicación es algo larga), que no lo es si lo contado tiene un fundamento racional para sus protagonistas. 

Hay dos serios fallos que lastran este argumento: primero, no se aplica a mi relato, porque el protagonista tiene en todo momento un acercamiento racional, descartando lo sobrenatural, hasta la catarsis de la historia. Sería entonces, como decir que los relatos de Lovecraft no tratan el terror sobrenatural porque los personajes protagonistas acaban por comprobar que sus miedos son corpóreos y vivos. Y segundo: si el caso fuese distinto, y si en todo momento mis personajes tratasen la superstición que nos ocupa como si no lo fuese... ¿en qué cambia eso las cosas? Una cosa es, como bien apunta Morgan, que el autor esté obligado a mantener la coherencia interna del mundo, y otra muy distinta (y falsa) que el autor esté obligado a articular su mensaje desde el prisma de los personajes. Así, una novela en que un asesino en serie cree justificadas sus acciones no es una novela sobre un héroe, sino una novela sobre un criminal. O por decirlo de otro modo, un mundo de fantasía que no lo es para sus personajes, porque es natural para ellos, sí lo es para nosotros (nuestro prisma es el crucial para articular el mensaje). 

Y esto enhebra muy bien con lo que comenta Morgan sobre mi segundo relato en Quién tiene miedo a morir, que llamé Bajo el hielo de Vostok. Desde el punto de vista de nuestra amiga este relato está más imbricado en la historia central del libro, hasta el punto de que para ello influye el (supuesto) escritor del manuscrito y aparente antagonista. La respuesta... tendrá que esperar, porque interpretar o no esta y tantas otras cosas es una de las gracias del libro, y no quiero intervenir en la experiencia de Morgan.

Y ahora sí, continúo con la reseña del segundo relato de Entremundos, llamado Restitución.

Me parece una historia nacida de alguna convocatoria, por la relevancia que tiene en el relato el clásico de Wilde El retrato de Dorian Gray. Pero con una apasionada de los clásicos como es la autora resulta difícil asegurarlo. Se trata en cualquier caso de un relato breve, muy bien medido, con imágenes memorables y un ambiente logrado. Si la referencia al clásico hubiese sido solo eso, y no estuviese mencionada de manera tan obvia y quizá hasta algo invasiva, habría ganado muchos enteros para mí. Algo tienen los pintores, las drogas, el alcohol y la bohemia, que sirven para originar relatos de terror a las mil maravillas. La historia y el recurso me han recordado a otras de Lovecraft, Barker, Bueso, Tamparillas o Nacho Cid. Y yo, sin poder compararme con los de esa lista, hice algo parecido y también con reminiscencias de Gray, en mi Solo tú me satisfaces, en Calabazas en el trastero: Aparecidos. De momento, un relato que me ha gustado más que el primero, y que curiosamente no me había dejado ningún recuerdo, mientras que sí lo había hecho el anterior. Cosas de la memoria (escasa, en mi caso: seguro que Morgan me lo perdona y no me lo tiene en cuenta).

Ahora me tocará recibir mi merecido, en el blog de Morgan... Seguro que ella que es más aplicada no tarda más de un mes, como un contrito servidor. ¡Miserere mei!