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lunes, 14 de abril de 2014

For a fistful of tentacles: ¿Sigue vigente el horror cósmico?

Tengo que decirlo: mucho menos repulsiva, sectaria y abominable que la pintura original.
Los fans de Lovecraft no paramos de decir por ahí que Lovecraft está de moda lo cual no deja de ser sintomático, y el caso es que parece ser verdad. El mainstream ya no es tan main como solía ser. Alguien ve True Detective, lee en twitter que eso de "Yellow King" significa algo de hace como cien años, compra la selección de Llopis editada por Alianza que muchos conocemos y, voilá, el frikismo primigenio gana un adepto, y otro, y otro. Los aficionados ya teníamos música y videojuegos, películas de fans y hasta un serial a lo Diario de Patricia, ahí es nada. Novelas, relatos, ríos de tinta vertida alrededor de los mitos y una avalancha de lienzos decorados con auténticas maravillas, solo hay que darse un paseo por deviant-art para verlo.

Aquí en la piel de toro también habíamos tenido estas efusiones lovecraftianas, si bien en menor medida porque, en fin, el resto del mundo nos gana en población por miles de millones, tan fácil como eso. Math is a bitch. Pero ahora hay un resurgir en nuestro rincón local del mundillo. Un sello mayoritario como es Fantascy publica la novela de Jesús Cañadas, Los nombres muertos, que todavía no he podido leer porque no hay tiempo para todo pero a la que le tengo el ojo puesto y que tiene a la crítica dando palmas. Valdemar nos anuncia una novela de Emilio Bueso que apunta hacia las estrellas, Extraños eones, a la que todos los que hemos leído algo de Bueso o hemos tenido entre manos una edición de Valdemar también le tenemos ganas, también. Y con este resurgir no solo emergen novelas: entre las algas del obsceno fondo abisal también hay horrores tentaculares en antologías cósmico-horrorosas, revistas homenaje al genio de Providence, o artículos indepes de las webs como esta llenos de menciones a ese new-weird que, sinceramente, a veces parece same-old-weird y un burdo reclamo comercial, pero que no por ello nos disgusta, ojo. Porque nos gusta, nos gusta Lovecraft desde que conocimos los mitos y esa nueva forma pagana y misantrópica de asustar con la mirada puesta en el horizonte estelar, en el límite de la cordura.

Yo diría que lo hemos mamado. Yo lo he mamado, al menos; mis primeros relatos breves incluían mentes desquiciadas, horrores obscenos tan solo sugeridos y aquí Lovecraft me había pasado algo de Poe— terminaban con una frase en cursiva que debería hacerte decir: «coño», pero que no siempre funcionaba porque, por decirlo así, a la careta se le veía la gomilla (hey, cuidado en esta curva que es donde me maté yo...). Eso era solo a nivel formal y, por fortuna, es superable; pero lo que nos ocupa es más bien el fondo del horror cósmico, su naturaleza, y esto ya es algo que una vez que lo conoces deja su huella y nunca se supera del todo.

Hay que situarse: por un momento, viajemos hasta aquellas primeras décadas del XX. No es como en el cine mudo y la gente no viste de domingo los siete días de la semana. Más bien se parten el espinazo deseando que termine, de una maldita vez, la transición a la era contemporánea (no saben lo que se les viene encima). Nuestra cartografía del universo aumenta año tras año, y aquí en la vieja Tierra el hombre es cada vez más diminuto en comparación. La edad del mundo ya no es la de aquellos ridículos plazos bíblicos, y mientras la historia del planeta se extiende hasta lo absurdo y la nuestra encoge hasta lo aún más absurdo, el progreso científico y el que no lo es avanzan exponencialmente (sobre todo, quizá, desde el punto de vista de una mentalidad como la de H.P.L.) y el ser humano es cada vez más ajeno a su naturaleza anterior. Principios de siglo XX, ¿recordáis? Aunque si por un momento lo habéis olvidado y habéis asociado mis palabras a la actualidad, tampoco puedo culparos.

Si los relatos de fantasmas asustan mientras haya quien tema a la muerte y ahí están Poltergeist o la más reciente Insidious, por ejemplo— y el terror cristiano mientras haya fé ¿asustan tanto hoy en día películas como La semilla del diablo o El exorcista?—, el horror cósmico perdura mientras tengamos miedo a la vacuidad, a la nimiedad, a la absoluta falta de distinción. Mientras nos revuelva prejuicios atávicos recrearnos en la idea de que somos una mota de polvo a merced de fuerzas y energías que apenas comprendemos y ante las que nos descubrimos inermes, ya se manifiesten en forma de un dios primigenio que viaja como fuego entre las estrellas, o en forma de una eyección de rayos gamma de años luz de diámetro que nos impacte a velocidad cuasi lumínica y desintegre nuestro sistema solar entero (esta última no solo es una opción igual de terrorífica o más, sino que además es real y factible).

El horror cósmico, en definitiva, parte del terror existencial y seguirá estando vigente mientras temamos no dejar un poso material de nuestra experiencia, y ese miedo es un miedo que no solo le es propio al genoma humano, sino que es parte del código que tenemos en común con toda la vida en la Tierra. Es un terror colectivo y entelequio que ha llevado a los organismos extremófilos a vivir en las calderas submarinas sin luz ni oxígeno, en el hielo sellado de la Antártida y en el corazón de las rocas más profundas del subsuelo. Es un terror que lleva a la sonda Cassini más allá del sistema solar, que posa Curiosity sobre las arenas marcianas y varios módulos Apolo en el polvo lunar, que promueve la invención de la prensa de Gutenberg, la erección de las pirámides y la aparición de las primeras pinturas rupestres. ¿Sirve eso como prueba de vigencia?


Una cosa más...
Termino, pero no me quiero ir sin comentar de pasada el tema estrella: los tentáculos. Porque si el steampunk tiene esa locura del vapor, el horror cósmico tiene la plaga de los probóscides... y para esto no hay explicación sesuda: supongo que semos asín, necesitamos iconos reconocibles, y a menudo nos centramos en cosas que son solo la superficie, que no tienen que ver con la verdadera esencia del asunto. La verdad es que a nadie que haya profundizado en la obra de Lovecraft le gusta ir a leer horror cósmico y encontrarse con un plato de puntillas al ajillo y nada más, igual que si yo leo una historia de steampunk y no encuentro especulación, no lo considero steampunk por mucho vapor y mucho siglo diecinueve que encuentre. Ahora bien, si alguna vez sentimos rechazo hacia estas obras menores y (quizá) desvirtuantes, toca plantearse una pregunta: ¿habría llegado el horror cósmico a ser lo que es sin toda esa iconografía que rodea a los Mitos? ¿No existen esos sucedáneos en parte porque hay un sector de aficionados que los demanda? El debate fandomita está servido...

jueves, 3 de abril de 2014

Mirando al cielo


A veces, como todo hijo de vecino, alzo la mirada al cielo y me quedo embobado. No hace ni diez minutos que he enfocado la vista más allá de las azoteas de ocho alturas y de las cordilleras coronadas de antenas que se ven desde la ventana de mi habitación, y he recordado las palabras condescendientes de algún maestro y hasta algún sacerdote acerca de cómo, mirando al cielo, uno se da cuenta de lo pequeño que es el hombre en el gran orden de las cosas.

Y lo somos, claro que somos una mota de polvo en la nada, mucho más minúsculos de lo que a menudo estamos dispuestos a admitir. 

Mirando ahora al cielo, sin embargo, me ha golpeado una sensación incómoda; como el temblor de una cátedra mal asentada. Mirando a las nubes, o mejor dicho a la luz que sus jirones reflejan o no, en ese esfumato mal ejecutado en los bordes descosidos, he pensado en nuestro complejo universal de inferioridad. Ahí están los cirros, cúmulos y estratos, que cantaba Krahe a Brassans, toda esa masa de nitrógeno, hidrógeno, oxígeno y otros gases, meras configuraciones atómicas. Y creo que si no estuviésemos nosotros aquí para auditar esa disposición aleatoria de materia, tanto podríamos decir que no hay nubes, ni cielo, ni pequeñez o grandeza, ni blanco, cyan, gris, que por no haber ni siquiera habría un concepto de haber. Hace falta vida, a ser posible compleja; un cerebro para interpretar la complicada partitura que es esa serie de variaciones en el campo de Higgs y convertirla, con mayor o menor suerte, en un tapiz de cosas tan ajenas a la naturaleza primigenia de las cosas como son las sensaciones.

Pero si yo nunca he sido antropocéntrico...

Esta reflexión, ahora me doy cuenta, no es genuinamente mía. ¿Qué ando leyendo para cuestionarme así, a la primera de cambio, temas como la relevancia del ser humano y su papel agente en la naturaleza cambiante del cosmos? Os dejo con las palabras (muy fácilmente rebatibles, pero al mismo tiempo ciertas e igualmente inspiradas) de uno de los personajes de Kim Stanley Robinson en Marte Rojo, un libro que no puedo esperar a terminar: os lo recomiendo ya.

Este es el fragmento:
La belleza de Marte existe en el espíritu humano dijo con un tono de voz monótono y objetivo, y todo el mundo lo miró con asombro—. Sin la presencia humana es sólo una acumulación de átomos, en nada distinta a cualquier otra partícula fortuita de materia. Somos nosotros quienes lo entendemos, y nosotros quienes le damos sentido. Todos nuestros siglos de mirar el cielo nocturno y observarlo vagar entre las estrellas. Todas esas noches de observarlo por los telescopios, mirando un disco diminuto tratando de ver canales en los cambios de albedo. Todas esas estúpidas novelas de ciencia ficción con sus monstruos, doncellas y civilizaciones agonizantes. Y todos los científicos que estudiaron los datos o que nos hicieron llegar aquí. Eso es lo que hace que Marte sea hermoso. No el basalto o los óxidos.
Hizo una pausa y miró alrededor. Nadia tragó saliva; era demasiado extraño oír esas palabras saliendo de la boca de Sax Rusell, con el mismo tono de voz que emplearía para analizar un gráfico. ¡Demasiado extraño!
Ahora que estamos aquí —continuó—, no basta con ocultarnos bajo diez metros de tierra y estudiar la roca. Eso es ciencia, sí, y ciencia necesaria. Pero la ciencia es algo más. Es parte de una empresa humana más grande, y esa empresa incluye viajar a las estrellas, adaptarse a otros mundos, adaptarlos a nosotros. La ciencia es creación. La ausencia de vida aquí, y la ausencia de un solo hallazgo en cincuenta años del programa SETI indican que la vida es excepcional, y la vida inteligente aún más excepcional. Y, sin embargo, el significado completo del universo, su belleza, están contenidos en la conciencia de la vida inteligente. Nosotros somos la conciencia del universo, y nuestra tarea es extenderla, ir a mirar las cosas, vivir allá donde podamos. Es demasiado peligroso mantener la conciencia del universo en un solo planeta, podría ser aniquilada. Y ahora nos encontramos en dos, tres, si incluímos la Luna. Y podemos cambiar este planeta y transformarlo en un lugar más seguro. Cambiarlo no lo destruirá. Leer su pasado quizá resulte más difícil, pero su belleza no desaparecerá. Si hay lagos, o bosques, o glaciares, ¿cómo disminuye eso la belleza de Marte? Al contrario, pienso que la acrecienta. Añade vida, el sistema más hermoso de todos. Pero nada que haga la vida podrá echar abajo Tharsis o llenar Marineris. Marte siempre seguirá siendo Marte, distinto de la Tierra, más frío y agreste. Pero puede ser Marte y nuestro al mismo tiempo. Y lo será. Hay algo que caracteriza al espíritu humano: si puede hacerse, se hará. Podemos transformar Marte y construirlo como si levantáramos una catedral, un monumento tanto a la humanidad como al universo. Podemos hacerlo, así que lo haremos. De modo que... —alzó la palma de una mano, como si estuviera satisfecho de que el análisis hubiera sido apoyado por los datos del gráfico... como si hubiera examinado la tabla periódica y viera que continuaba siendo válida— ... bien podemos empezar.

sábado, 29 de marzo de 2014

Cosmos: A SpaceTime Odisey


El cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez
Carl Sagan, Cosmos: A Personal Voyage

Así habló el maestro de la divulgación científica en el primer episodio de una serie ya mítica para muchos. Con quinientos millones de espectadores estimados en todo el mundo, Cosmos fue un éxito rotundo en lo más básico: acercar la ciencia a la gente. Contar la historia del ser humano, de la vida y de nuestro planeta, la historia de nuestro universo y la historia de nuestros esfuerzos por conocerlo.

Hay algo brutalmente hermoso, vocacional, en la divulgación científica. Porque hay que tener una pasta especial para decidir: "el conocimiento no debería estar solo en las universidades, en los libros y en los laboratorios. Alguien debería llevar este conocimiento allí dónde no llega, y dar a todo el mundo la oportunidad de saber y crecer". Carl Sagan, que desde luego tenía esta pasta, no solo fue un divulgador; fue un gran científico que acumuló éxitos y descubrimientos a lo largo de su carrera y teorizó con éxito en varias ocasiones acerca de las atmósferas de varios cuerpos de nuestro sistema solar, pero probablemente no sea eso por lo que le recuerde la generación que vio Cosmos (allá por los ochenta o en cualquiera de sus reposiciones), ni por su enconada investigación sobre la vida extraterrestre. Los que en su día escuchamos esa frase con que comienza esta entrada le recordaremos por dar una dimensión diferente y nueva al mundo que nos rodea.

Ahora bien, de aquel momento hacen más de treinta años. Carl Sagan y su equipo nos hablaban entonces del futuro de la exploración espacial, de las maravillas que nos descubriría la sonda Voyager y de ciertas teorías innovadoras que comenzaban a asomar la cabeza en el mundo de la física. Se diría que ha llegado el momento de, desde el respeto (y casi la veneración), no mejorar pero sí continuar el trabajo de hace tres décadas. ¿El elegido para pilotar la nave de la imaginación? Neil deGrasse Tyson: una elección inmejorable, no solo por sus logros como científico y divulgador, que muchos conoceréis, sino por algo que descubriremos al final del primer capítulo de esta nueva Cosmos. Neil es el más adecuado para continuar con el legado de Sagan, no hay ninguna duda. 

izquierda: 1980. Derecha: 2014.

Cosmos: A SpaceTime Odisey
Preguntar si la ciencia que estudia la historia de la vida y el universo ha avanzado desde aquel mil novecientos ochenta sería caer en el absurdo. Por supuesto que sí. ¿Ha avanzado la capacidad de divulgación? Esto es más peliagudo. Carl Sagan no está entre nosotros, y esto es para tenerlo en cuenta. Pero tenemos a Neil Degrasse Tyson, que también es un divulgador como la copa de un pino, y las tecnologías permiten que Cosmos, hoy, sea todo un espectáculo para la vista, además de para la imaginación. Así que podemos decir que, sea ahora mejor o peor momento para una serie como esta, vaya a ser mejor, peor o igual que su antecesora, Cosmos va a realizar un servicio, un servicio positivo y universal. Va a saciar unas curiosidades y despertar otras, a criar una nueva generación de entusiastas del conocimiento, la razón y la lógica. 

Una nueva generación de escépticos.

A bordo de nuestra maravillosa nave partiremos de la pequeña blue marble...
...visitaremos lugares tan recónditos como estos mares de metano gélido en Titán...
...y hasta recorreremos una molécula de ADN.
Puedo deciros que los dos primeros capítulos me han entusiasmado. La plasticidad, la inteligencia representativa, pero también el guión y la estructuración de la información, todo se entrelaza en un tapiz genial que consigue situar esa hora de documental en la categoría de "entretenimiento", sin que por ello disminuya el rigor. Los episodios están siendo emitidos simultáneamente en castellano, así que ya están disponibles en el idioma que prefiráis. Si os interesan en lo más mínimo los grandes interrogantes de la vida, el universo, y todo lo demás, no dejéis de ver esta gran serie.

martes, 18 de marzo de 2014

Mercaderes del espacio, de Frederick Pohl y C. M. Kornbluth


Texto de contraportada (Minotauro):

«Mercaderes del espacio podría ser llamada la mejor novela de ciencia-ficción... Una utopía donde el sistema económico ha devorado al sistema político, donde las grandes compañías ejercen el poder, sin intermediarios, y hasta el fin... y la sociedad ha sido estratificada rígidamente en productores, ejecutivos y consumidores... No es meramente un mundo donde el hombre de la publicidad es el rey; combina además el lujo y la escasez, aparatos fantásticos junto a la falta de combustible, toda clase de bebidas y gomas de mascar, y una extrema escasez de proteínas. En este aspecto recuerda una observación de George Orwell sobre los lujos, en camino de convertirse en menos caros y fáciles de obtener que los artículos de primera necesidad.»
Kingsley Amis, New Maps of Hell, 1961

La cuarta pata del banco distópico
En la ciencia ficción son recurrentes las referencias al triunvirato de las distopías. Son las más afiladas, esas tres novelas que, al tiempo que criticaban las políticas contemporáneas a sus autores, alertan además de peligros vigentes aún hoy día. El Mcarthismo, la vigilancia constante desde Washington o la manipulación Goebbeliana de los medios neoliberales de información, contra los que nos prevenía George Orwell en su 1984. El amansamiento de la sociedad y su camino hacia el conformismo y la renuncia voluntaria a la búsqueda de la verdad que nos mostró otro grande de la narrativa anarquista, Aldous Huxley, en Un mundo feliz. Y, para cerrar el trío, la obra del gran (grandísimo) romántico que fue Ray Bradbury, menos interesado en política (al menos públicamente) y más en lo que él llamaba no especulaciones, sino «avisos», y que nos legó como rotundo alegato en defensa de la libertad de pensamiento y de amor a la palabra su Fahrenheit 451.

¿Y ya está? ¿Estas son las tres joyas de la corona?

Bueno, desde luego son las tres distopías más comunes y de las que más se habla. La novela que nos ocupa, sin embargo, se publicó en 1953 y nunca fue adaptada al cine. ¿Será por eso que se la conoce menos? Y de ser así, ¿no sería eso algo trágico? Pero podemos ir más allá: tal vez fuesen otras las razones por las que Mercaderes del espacio no apareció en cines ni alcanzó tanta fama como las mencionadas. Y de esas, la razón más probable también podría ser la más obvia. Antes de decidir si incluímos Mercaderes del espacio en la reducidísima lista de las mejores distopías del siglo XX, hagámonos la siguiente pregunta: ¿podría la industria noratlántica del entretenimiento encumbrar una obra que arremetía tan acertada y certeramente contra el capitalismo, y más en tiempos de cruda represión política y paranoia anticomunista?   

Take that, capitalism
Y es que el texto de cubierta que he reproducido al principio ya debería daros una idea de la poderosa crítica que encierran las páginas de la novela de Pohl (el autor de la saga de los Heechee, un antifascista convencido y miembro de las juventudes comunistas que se desligaría del partido a raíz del pacto de Molotov en el 39) y el excéntrico Kornbluth (quizá el miembro más anecdótico de los Futurians, un judío de segunda generación que sería expulsado de la universidad pública de Nueva York antes de graduarse por «liderar una huelga estudiantil»).
 ¡Que arda la hoguera de las vanidades!
Como si estuviésemos leyendo la polémica American Psycho (que, sospecho, bebe mucho de este mismo libro), la trama nos pone en la piel del alto ejecutivo Mitchel Courtenay, un publicista salvajemente eficaz de una gran corporación. Y nos pone en su piel literalmente, pues a través de los ojos del protagonista vemos un mundo que le favorece a él, miembro de la casta regente de los ejecutivos, y somos testigos mudos de sus opiniones y pensamientos privados más amorales y acríticos, como el siguiente enunciado neo-liberal: 
«Nuestro gobierno representativo no fue nunca tan representativo. No necesariamente representativo per capita, sino ad valorem. Si le gustan los problemas filosóficos, aquí tiene uno: ¿los votos de todos los ciudadanos tendrían que valer lo mismo, como opinan los tratados de derecho, y como deseaban, según dicen algunos, los fundadores de la nación? ¿O el valor del voto dependerá de la sabiduría, el poder y la influencia... es decir, el dinero... del votante? Este problema filosófico es suyo, no mío, ¿me entiende? Yo soy un hombre práctico que está enrolado en las fuerzas de Fowler Schocken».
El protagonista cae en desgracia, y esa visión supremacista e indolente del mundo se tambalea cuando se ve obligado a contemplar la pirámide desde abajo, y además con toda la experiencia que tiene de primera mano sobre cómo la publicidad y las estrategias de mercado explotan la sociedad de consumo. Mitchel Courtenay no deja de ser un felino de garras afiladas acostumbrado a la sangrienta sabana de los rascacielos de oficinas, así que las consecuencias de este trance no se harán esperar.

El consumidor como clase social
Los esclavos ya no solo debemos trabajar, como ocurría en la era industrial. Ahora el paradigma es otro, y con él cambian las prioridades. La población debe, ante todo, consumir, devorar el excedente que ella misma ha generado, mientras los corporativos se lucran como arancelarios de ese flujo de bienes y servicios totalmente innecesarios, cuya demanda controlan mediante la nueva religión: la publicidad.

El nivel al que llega la especulación en todas las áreas (sobre todo social, científica y técnica) lo descubriréis en el libro. Lo importante es que el asombroso nivel de acierto y el alcance y la profundidad del cambio que vive el protagonista bien valen en mi opinión una inclusión de esta obra entre los primeros títulos de las listas de distopías, por supuesto, pero también de toda la ciencia ficción. Si no la habéis leído, corred a hacerlo. Nunca ha estado tan vigente como lo está hoy en día...

martes, 4 de marzo de 2014

Varias noticias

Un título muy soso, ya lo sé, pero es que lo que os presento hoy es exactamente eso; se me acumulan las novedades, empezando por la antología que ha acaparado las últimas entradas, Hasta siempre, princesas, que aunque todavía no está disponible en la web de Libralia, ya podéis pedir en librerías y en Amazon. Así que ya está, dese por anunciado y hágase saber en cada punta del reino etcétera, etcétera:

También me enteré hace unos días de que me habían publicado un microrrelato... en diciembre, hace dos meses y pico, y yo sin saber nada, que me enteré por pura casualidad. El certamen era de 2012, dos años atrás, y ni me avisaron ni me consultaron para publicar mi relato (que no había sido seleccionado), pusieron mi nombre completo (que no es como yo firmo mis escritos) y en fin, varias cosas se han confabulado para que lo que a priori era una noticia agradable me haya dejado bastante frío. 

El libro de marras.
El relato que han publicado es Tercer día en el océano de color púrpura, que pudisteis leer aquí mismo y que, la verdad, no creo yo que reúna calidad literaria como para publicarlo en papel. Ni yo ni los jueces, que ni lo eligieron como ganador ni como parte del amplio número de finalistas. Aquello no me parece injusto para nada porque ya digo que ni el microrrelato es un género que considere mío ni este relato en concreto es ninguna maravilla, pero la organización ha optado por publicar todos los relatos, del primero al último y sin importar la calidad, y eso ya no me gusta tanto, porque (además de que repito, es un fallo muy grave en las formas no avisar siquiera la publicación al autor y no consultarle la identidad con que quiere figurar) yo defiendo una publicación literaria responsable, por criterios artísticos y de calidad. Según ellos, lo de publicar el mogollón de relatos lo harían para que el público pueda evaluar la decisión del jurado. Yo, que soy más desconfiado y sigo esa premisa del cui prodest, he pensado que oye, publicar a unos trescientos autores que probablemente no hayan publicado nunca a uno por página y que cada uno te compre por amor propio (comprensible) uno o dos libros a quince euros está bastante bien, si echamos cuentas. 

Malpensado que es uno... lo dicho, que si por mí fuese mi relato no aparecería en ese libro. Será la primera vez que una publicación mía no tenga copia del ejemplar en mi estantería, pero para mi propia sorpresa no me importa demasiado.

[Actualización 06/03/2014]
Aquí os dejo esta fotografía que nos enseñaba hoy una compañera, para que os hagáis una idea de la calidad general de la edición (por si el resto fuera poco):
La banda negra tapa el inicio del micro ganador.

Pero no vamos a terminar así la entrada... tengo una estupenda noticia, y es que esta mañana Marian Womack de Nevsky Prospects (y del proyecto editorial hermano Fábulas de Albión) se ponía en contacto conmigo para confirmarme que un relato mío que algunos ya conocéis pasará a formar parte de la antología digital en inglés The best of spanish steampunk. Viendo la devoción y el mimo evidentes con que trabajan en Nevsky, y si tenemos en cuenta mi lado anglófilo, no podía estar más contento.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Más sobre Hasta siempre, princesas

Nuestra antología alrededor de la figura de la mujer ya casi está aquí. Vamos, que falta nada y menos, tan poco... que (aunque aún hay que esperar un poco para que esté a la venta) yo ya he recibido mi ejemplar en casa.

Ahí lo tenéis, bien acompañado por parte de la sección de ciencia ficción:

Así que como lo prometido es deuda y ya se va comentando por Facebook, os presento a los dieciséis autores que hemos colaborado en este proyecto, con la inestimable presencia de L.G.Morgan como prologuista y haciendo un especial énfasis en el trabajo realizado por José Luis, que además de participar con su relato ha sido nuestro coordinador e ideólogo a lo largo de estos meses locos.

Estos son los relatos en orden de aparición en el libro:

1. La venganza eterna (Ángeles Mora)
2. La mujer con alma de cuervo (Rebeca Gonzalo)
3. El celo trastornado
(Gervasio López)
4. La portadora del mal (Manel Güell)
5. Las dos muertes de la espía (Cristóbal Sánchez Morales)
6. La señora de las manzanas (Ana Morán Infiesta)
7. Los fantasmas del pasado (Juan Ignacio Vidal)
8. La elegida de Amón (Beatriz Troitiño)
9. La dama carmesí (Tony Jiménez)
10. La vieja Pata de Hueso (Juan Angel Laguna Edroso)
11. La prueba de la serpiente (Elena Montagud)
12. El corazón solitario (David Gómez)
13. La voz del viejo Mississipi (Luisa Fernández)
14. La reina de la tierra (Anna Morgana Alabau)
15. Los ojos de piedra (José Luis Cantos)
16. La Francia de los cinco años (Pedro Moscatel)

Cada uno de nosotros hemos elegido a una mujer de la historia o la mitología para centrar nuestros relatos en torno a ellas. La Pandora enviada como castigo divino, la legendaria pirata Anne Bonny, la temible Isabel Báthory, o la no tan lejana en el tiempo Janis Joplin, la bruja blanca del rock. ¿Que a quién he elegido yo? Pues la pregunta tiene trampa, y el relato sorpresa. ¿Por qué creéis que está el último? No puedo contaros más, tenéis que leerlo. 

Pronto (os avisaré) podréis haceros con el libro en vuestra librería o en la web de Libralia. Mientras tanto y por si los títulos de los relatos no os dan bastantes pistas sobre la identidad de nuestras princesas, aquí tenéis el booktráiler creado para la ocasión:

viernes, 21 de febrero de 2014

Hasta siempre, princesas, próximamente a la venta

Me hace mucha ilusión poder presentaros por fin este libro. Cuando os hablaba de Ciencia y revolución, mi próxima novela (para la que todavía tendréis que esperar un poco más) ya os adelantaba que si había entrado en contacto con Libralia, la editorial que va a llevarla adelante, había sido gracias a otro proyecto grupal del que todavía no os podía decir nada. Pues fin del misterio, porque el proyecto era este, y esta misma mañana se hacía oficial con el anuncio en el Facebook de la editorial:
«Nuevo viernes, nueva propuesta. Esta semana os proponemos un nuevo libro para que el fin de semana sea aún mejor. De Juana la loca a Janis Joplin. De La Mona Lisa, a Elizabeth Bathory. De Medusa a Mata-Hari. De Eris a Morgana… "Hasta siempre, princesas" es una colección de relatos en los que la mujer —representada por una diversa gama de personajes cruciales tanto en la historia, como en el folclore— es la protagonista. Venganzas, suspense, terror, narraciones históricas, revisiones de mitos… Fantasía y realidad unidas de la mano para conformar un viaje a través del tiempo y la imaginación. Un viaje en el que la única premisa es la fuerza y la garra del equivocadamente conocido como “sexo débil”.»
¿Qué os parece? La antología, coordinada por José Luis Cantos, reúne las historias de un buen equipo de compañeros, entre ellas mi relato La Francia de los cinco años, que cierra la colección. Como siempre os avisaré cuando esté a la venta y os iré dando noticias... de momento, y para que vayáis abriendo boca, os dejo la portada que también ha desvelado hoy Libralia: