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jueves, 5 de julio de 2018

El futuro de la escena literaria geek: ¿Y ahora, qué?

Sello de 6 kopecks emitido por el Ministerio de Comunicaciones de la URSS en 1967 y diseñado por el cosmonauta siberiano Alexey Leonov, el primer ser humano en realizar un paseo espacial o EVA en 1965.
Parece extraño, casi ingrato, escribir una entrada de este tipo cuando vivimos, especialmente en el último año o dos años, una suerte de renacimiento de la escena literaria, entendiendo por escena ese trío incestuoso que formamos los lectores, escritores y editores de fantasía, ciencia ficción y terror, y en el que pocos integrantes interpretamos uno solo de los papeles (muchos cumplen los tres: son héroes y heroínas que han olvidado el gusto que da tumbarse a la fresca y tomarse una birra bien fría, sabiendo que tienes la bandeja de correo vacía y nada urgente que hacer para ya. Si te encuentras con alguno de estos seres de luz, dale un abrazo, págale una caña y compra su material).

Hemos asistido a cosas que dos años atrás no creeríamos: el regreso del bolsilibro, la diversidad editorial (tanto las de tiradas cortas como las de distribución), el rejuvenecimiento y expansión del fandom, el aumento de la participación en los Ignotus, la normalización de las iniciativas inclusivas y de visibilización, la proliferación de nuevas revistas en papel, gracias al patronazgo; nuevos avances hacia la internacionalización de los nuestros (hace poco veíamos publicado un cuento de Eduardo Vaquerizo en la revista Analog, y pronto estará disponible Alphaland, la antología en inglés de la gran embajadora que es Cristina Jurado), la importación de las mejores obras actuales de catálogos de editoriales como Tor, Angry Robot o Rebellion Publishing, y por supuesto (perdonad mi parcialidad) el resurgir de la ciencia ficción, que vuelve a molarlo todo.

Y sin embargo, esta entrada es necesaria.

Por todas estas buenas cosas, de hecho. Es precisamente cuando todo va bien cuando sobrevienen las recaídas (o retropezones, en más de un caso). No hay que pensar que el trabajo ya está hecho, que hemos empujado la barca hasta la orilla y que toca dejarse llevar por la corriente. El fandom no es un río hacia el progreso: la inercia de la gente es velcro del caro y la resistencia del mercado es lija del doce. Vamos, que hay que seguir empujando. Para mantener lo conseguido... y por qué no, para lograr aún más.

Como por ejemplo:


Un sistema de bolsillo rentable para los pequeños editores

Por pedir, que no quede. Sé que nuestro mercado no es como el anglosajón, sé que buena parte del motivo por el que allí funciona esto y aquí no tiene que ver con ese monopolio amazónico del que usted me habla, y también con que la búsqueda «audiobooks» en spotify te lleva a El gran Gatsby, Un mundo feliz e Historia de dos ciudades, y sin embargo la búsqueda «audiolibros» te lleva a Guía para emprendedores y Descubre los secretos del Karma. También sé que, demasiado a menudo, las ventajas para el consumidor se consiguen mediante la precarización del trabajo del creador y del de varios intermediarios. 

En definitiva, sé que será difícil. 

Pero oye, también era difícil... no, imposible publicar novelas cortas sin morir en el intento. Así que esto es lo que quiero: literatura de consumo, en formato largo, que quepa en la mano, entre siete y diez euros. ¿Alguien se atreve? ¿Es factible, o implicaría cargarse la gallina de los huevos de oro?
En la foto, tres libros temporalmente rescatados de mi pila kilométrica para su minuto de fama.


Lanzaderas de traducción al inglés

Casi duele pedir esto cuando hay tanta gente trabajando tanto y tan duro en este mismo momento y desde hace tiempo. Eso es precisamente lo que me gustaría: que ese trabajo sea reconocido y que fructifique, que cristalice en una maquinaria funcional, aunque inevitablemente caótica. Me gustaría que hubiese un acercamiento de nuestros mejores autores (queda descartado pues el interés propio) y con la ayuda de nuestros políglotas y personalidades en el extranjero. Que hubiese plataformas dedicadas a la traducción de nuestras mejores obras y, por qué no, hasta publicaciones patrias en inglés. Seguir en la senda de The Best of Spanish Steampunk (Nevsky), Castles in Spain, de Mariano Villarreal (Sportula) y otros.

Continuidad y crecimiento de la AEFCFT

Hay voces críticas contra la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, y por supuesto son críticas legítimas. Sin embargo, leo a mucha gente decir cosas como que no van a participar en nada que tenga que ver con la asociación ni a acudir a eventos que organice, y eso aunque también es perfectamente lícito, me entristece. Claro que hay que generar todo tipo de eventos fuera de la asociación, claro que hay que explorar alternativas, pero eso debería ser compatible con el trabajo por mejorar la asociación, el apoyo o, si no, el disfrute de lo que ofrece de manera desinteresada y como fruto de un esfuerzo colectivo. A todos nos conviene que continúe y crezca la asociación que nos da visibilización, la Hispacon, los Ignotus, el Domingo Santos, los Visiones...

En cuanto a diferencias sobre su funcionamiento, mi sensación es que cualquiera con buenas ideas y tiempo para llevarlas a cabo puede tomar las riendas de la AEFCFT, lo cual no es ningún privilegio sino más bien un trabajo ingrato y que nunca habría que dejar de agradecer, con crítica o sin ella. Confieso que no soy socio; hace un tiempo mi excusa era que no me gusta formar parte de una asociación en la que no aporto algo más que la cuota, en la que no invierto tiempo y trabajo directo, y mi tiempo es escaso (lo era aún más entonces). Desde hace un tiempo, mi excusa es bastante más floja: soy un desastre y lo he ido dejando porque el proceso no es muy cómodo (algo a mejorar), pero lo haré antes de que pase este mes. Ya va tocando.

Presencia transmedia

Se nos juntan factores bastante halagüeños: en España hay bastantes creadores de éxito relacionados con el cine fantástico y la televisión. Pertenecemos a una de las generaciones más formadas de las últimas décadas. Ser friki de repente es la monda. Youtube y otros han democratizado la difusión de medios audiovisuales. Para proyectos de aspiraciones humildes, el patronazgo ha eliminado la barrera de la inversión y a los productores/patrocinadores. ¿Conseguiremos colocar alguna serie en Netflix internacional, como la alemana The Dark? ¿Habrá alguna webserie de ciencia ficción que se convierta en fenómeno? ¿Lo petará algún audio serial con guión de Emilio Bueso o Elia Barceló en iVoox?

Impacto social

Esta es, quizá, la petición al futuro más personal de las cinco que vuelco aquí. Una que muchos y muchas no compartiréis, y hacéis bien, oye. Pero a mí, personalmente, me gustaría hacer recuento dentro de unos años, como hacía al inicio de este post, y poder decir que hay una punta de lanza en el género fantástico español que trabaja los temas sociales, la igualdad, la abolición de los desequilibrios de poder, la construcción paciente y seria de la utopía que siempre ha caracterizado al género especulativo; que atrae miradas de otros medios y géneros de fuera del fantástico, que tiene un impacto real en esta sociedad que está naciendo a la sombra de la sombra, pero que tiene en sus manos la luz de la revolución sociotecnológica (toma frase intensita).

Se me ocurren muchos nombres ya hoy en día: Nieves Delgado, Eduardo Vaquerizo, David Jasso, Lola Robles... pero quiero más, quiero revistas, fanzines de grapa, asociaciones, conciliábulos y saraos. Y creo que debe nacer desde o de la mano de la misma gente que nos ha dado una gran lección de compromiso forjando historias tan locas como La nave invisible o el Ansible Fest, y muchas más que me dejo porque intentar nombrar todas sería omitir muchas. La idea de que el éxito en esto de escribir depende de la figura del autor, y no de su obra, es lo que  a muchos nos puede hacer pensarlo dos veces antes de meternos en jaleos; de debatir ideas; de defender abiertamente posturas. Y sin embargo, ¿qué sentido tiene evadirse en un juego en el que ni los de más éxito ganan para vivir de esto? ¿En el que igualmente volcamos nuestras ideas en nuestros escritos o líneas editoriales, porque callarnos sería renunciar a lo que nos hizo abrir la boca en un principio?

lunes, 14 de abril de 2014

For a fistful of tentacles: ¿Sigue vigente el horror cósmico?

Tengo que decirlo: mucho menos repulsiva, sectaria y abominable que la pintura original.
Los fans de Lovecraft no paramos de decir por ahí que Lovecraft está de moda lo cual no deja de ser sintomático, y el caso es que parece ser verdad. El mainstream ya no es tan main como solía ser. Alguien ve True Detective, lee en twitter que eso de "Yellow King" significa algo de hace como cien años, compra la selección de Llopis editada por Alianza que muchos conocemos y, voilá, el frikismo primigenio gana un adepto, y otro, y otro. Los aficionados ya teníamos música y videojuegos, películas de fans y hasta un serial a lo Diario de Patricia, ahí es nada. Novelas, relatos, ríos de tinta vertida alrededor de los mitos y una avalancha de lienzos decorados con auténticas maravillas, solo hay que darse un paseo por deviant-art para verlo.

Aquí en la piel de toro también habíamos tenido estas efusiones lovecraftianas, si bien en menor medida porque, en fin, el resto del mundo nos gana en población por miles de millones, tan fácil como eso. Math is a bitch. Pero ahora hay un resurgir en nuestro rincón local del mundillo. Un sello mayoritario como es Fantascy publica la novela de Jesús Cañadas, Los nombres muertos, que todavía no he podido leer porque no hay tiempo para todo pero a la que le tengo el ojo puesto y que tiene a la crítica dando palmas. Valdemar nos anuncia una novela de Emilio Bueso que apunta hacia las estrellas, Extraños eones, a la que todos los que hemos leído algo de Bueso o hemos tenido entre manos una edición de Valdemar también le tenemos ganas, también. Y con este resurgir no solo emergen novelas: entre las algas del obsceno fondo abisal también hay horrores tentaculares en antologías cósmico-horrorosas, revistas homenaje al genio de Providence, o artículos indepes de las webs como esta llenos de menciones a ese new-weird que, sinceramente, a veces parece same-old-weird y un burdo reclamo comercial, pero que no por ello nos disgusta, ojo. Porque nos gusta, nos gusta Lovecraft desde que conocimos los mitos y esa nueva forma pagana y misantrópica de asustar con la mirada puesta en el horizonte estelar, en el límite de la cordura.

Yo diría que lo hemos mamado. Yo lo he mamado, al menos; mis primeros relatos breves incluían mentes desquiciadas, horrores obscenos tan solo sugeridos y aquí Lovecraft me había pasado algo de Poe— terminaban con una frase en cursiva que debería hacerte decir: «coño», pero que no siempre funcionaba porque, por decirlo así, a la careta se le veía la gomilla (hey, cuidado en esta curva que es donde me maté yo...). Eso era solo a nivel formal y, por fortuna, es superable; pero lo que nos ocupa es más bien el fondo del horror cósmico, su naturaleza, y esto ya es algo que una vez que lo conoces deja su huella y nunca se supera del todo.

Hay que situarse: por un momento, viajemos hasta aquellas primeras décadas del XX. No es como en el cine mudo y la gente no viste de domingo los siete días de la semana. Más bien se parten el espinazo deseando que termine, de una maldita vez, la transición a la era contemporánea (no saben lo que se les viene encima). Nuestra cartografía del universo aumenta año tras año, y aquí en la vieja Tierra el hombre es cada vez más diminuto en comparación. La edad del mundo ya no es la de aquellos ridículos plazos bíblicos, y mientras la historia del planeta se extiende hasta lo absurdo y la nuestra encoge hasta lo aún más absurdo, el progreso científico y el que no lo es avanzan exponencialmente (sobre todo, quizá, desde el punto de vista de una mentalidad como la de H.P.L.) y el ser humano es cada vez más ajeno a su naturaleza anterior. Principios de siglo XX, ¿recordáis? Aunque si por un momento lo habéis olvidado y habéis asociado mis palabras a la actualidad, tampoco puedo culparos.

Si los relatos de fantasmas asustan mientras haya quien tema a la muerte y ahí están Poltergeist o la más reciente Insidious, por ejemplo— y el terror cristiano mientras haya fé ¿asustan tanto hoy en día películas como La semilla del diablo o El exorcista?—, el horror cósmico perdura mientras tengamos miedo a la vacuidad, a la nimiedad, a la absoluta falta de distinción. Mientras nos revuelva prejuicios atávicos recrearnos en la idea de que somos una mota de polvo a merced de fuerzas y energías que apenas comprendemos y ante las que nos descubrimos inermes, ya se manifiesten en forma de un dios primigenio que viaja como fuego entre las estrellas, o en forma de una eyección de rayos gamma de años luz de diámetro que nos impacte a velocidad cuasi lumínica y desintegre nuestro sistema solar entero (esta última no solo es una opción igual de terrorífica o más, sino que además es real y factible).

El horror cósmico, en definitiva, parte del terror existencial y seguirá estando vigente mientras temamos no dejar un poso material de nuestra experiencia, y ese miedo es un miedo que no solo le es propio al genoma humano, sino que es parte del código que tenemos en común con toda la vida en la Tierra. Es un terror colectivo y entelequio que ha llevado a los organismos extremófilos a vivir en las calderas submarinas sin luz ni oxígeno, en el hielo sellado de la Antártida y en el corazón de las rocas más profundas del subsuelo. Es un terror que lleva a la sonda Cassini más allá del sistema solar, que posa Curiosity sobre las arenas marcianas y varios módulos Apolo en el polvo lunar, que promueve la invención de la prensa de Gutenberg, la erección de las pirámides y la aparición de las primeras pinturas rupestres. ¿Sirve eso como prueba de vigencia?


Una cosa más...
Termino, pero no me quiero ir sin comentar de pasada el tema estrella: los tentáculos. Porque si el steampunk tiene esa locura del vapor, el horror cósmico tiene la plaga de los probóscides... y para esto no hay explicación sesuda: supongo que semos asín, necesitamos iconos reconocibles, y a menudo nos centramos en cosas que son solo la superficie, que no tienen que ver con la verdadera esencia del asunto. La verdad es que a nadie que haya profundizado en la obra de Lovecraft le gusta ir a leer horror cósmico y encontrarse con un plato de puntillas al ajillo y nada más, igual que si yo leo una historia de steampunk y no encuentro especulación, no lo considero steampunk por mucho vapor y mucho siglo diecinueve que encuentre. Ahora bien, si alguna vez sentimos rechazo hacia estas obras menores y (quizá) desvirtuantes, toca plantearse una pregunta: ¿habría llegado el horror cósmico a ser lo que es sin toda esa iconografía que rodea a los Mitos? ¿No existen esos sucedáneos en parte porque hay un sector de aficionados que los demanda? El debate fandomita está servido...

jueves, 3 de abril de 2014

Mirando al cielo


A veces, como todo hijo de vecino, alzo la mirada al cielo y me quedo embobado. No hace ni diez minutos que he enfocado la vista más allá de las azoteas de ocho alturas y de las cordilleras coronadas de antenas que se ven desde la ventana de mi habitación, y he recordado las palabras condescendientes de algún maestro y hasta algún sacerdote acerca de cómo, mirando al cielo, uno se da cuenta de lo pequeño que es el hombre en el gran orden de las cosas.

Y lo somos, claro que somos una mota de polvo en la nada, mucho más minúsculos de lo que a menudo estamos dispuestos a admitir. 

Mirando ahora al cielo, sin embargo, me ha golpeado una sensación incómoda; como el temblor de una cátedra mal asentada. Mirando a las nubes, o mejor dicho a la luz que sus jirones reflejan o no, en ese esfumato mal ejecutado en los bordes descosidos, he pensado en nuestro complejo universal de inferioridad. Ahí están los cirros, cúmulos y estratos, que cantaba Krahe a Brassans, toda esa masa de nitrógeno, hidrógeno, oxígeno y otros gases, meras configuraciones atómicas. Y creo que si no estuviésemos nosotros aquí para auditar esa disposición aleatoria de materia, tanto podríamos decir que no hay nubes, ni cielo, ni pequeñez o grandeza, ni blanco, cyan, gris, que por no haber ni siquiera habría un concepto de haber. Hace falta vida, a ser posible compleja; un cerebro para interpretar la complicada partitura que es esa serie de variaciones en el campo de Higgs y convertirla, con mayor o menor suerte, en un tapiz de cosas tan ajenas a la naturaleza primigenia de las cosas como son las sensaciones.

Pero si yo nunca he sido antropocéntrico...

Esta reflexión, ahora me doy cuenta, no es genuinamente mía. ¿Qué ando leyendo para cuestionarme así, a la primera de cambio, temas como la relevancia del ser humano y su papel agente en la naturaleza cambiante del cosmos? Os dejo con las palabras (muy fácilmente rebatibles, pero al mismo tiempo ciertas e igualmente inspiradas) de uno de los personajes de Kim Stanley Robinson en Marte Rojo, un libro que no puedo esperar a terminar: os lo recomiendo ya.

Este es el fragmento:
La belleza de Marte existe en el espíritu humano dijo con un tono de voz monótono y objetivo, y todo el mundo lo miró con asombro—. Sin la presencia humana es sólo una acumulación de átomos, en nada distinta a cualquier otra partícula fortuita de materia. Somos nosotros quienes lo entendemos, y nosotros quienes le damos sentido. Todos nuestros siglos de mirar el cielo nocturno y observarlo vagar entre las estrellas. Todas esas noches de observarlo por los telescopios, mirando un disco diminuto tratando de ver canales en los cambios de albedo. Todas esas estúpidas novelas de ciencia ficción con sus monstruos, doncellas y civilizaciones agonizantes. Y todos los científicos que estudiaron los datos o que nos hicieron llegar aquí. Eso es lo que hace que Marte sea hermoso. No el basalto o los óxidos.
Hizo una pausa y miró alrededor. Nadia tragó saliva; era demasiado extraño oír esas palabras saliendo de la boca de Sax Rusell, con el mismo tono de voz que emplearía para analizar un gráfico. ¡Demasiado extraño!
Ahora que estamos aquí —continuó—, no basta con ocultarnos bajo diez metros de tierra y estudiar la roca. Eso es ciencia, sí, y ciencia necesaria. Pero la ciencia es algo más. Es parte de una empresa humana más grande, y esa empresa incluye viajar a las estrellas, adaptarse a otros mundos, adaptarlos a nosotros. La ciencia es creación. La ausencia de vida aquí, y la ausencia de un solo hallazgo en cincuenta años del programa SETI indican que la vida es excepcional, y la vida inteligente aún más excepcional. Y, sin embargo, el significado completo del universo, su belleza, están contenidos en la conciencia de la vida inteligente. Nosotros somos la conciencia del universo, y nuestra tarea es extenderla, ir a mirar las cosas, vivir allá donde podamos. Es demasiado peligroso mantener la conciencia del universo en un solo planeta, podría ser aniquilada. Y ahora nos encontramos en dos, tres, si incluímos la Luna. Y podemos cambiar este planeta y transformarlo en un lugar más seguro. Cambiarlo no lo destruirá. Leer su pasado quizá resulte más difícil, pero su belleza no desaparecerá. Si hay lagos, o bosques, o glaciares, ¿cómo disminuye eso la belleza de Marte? Al contrario, pienso que la acrecienta. Añade vida, el sistema más hermoso de todos. Pero nada que haga la vida podrá echar abajo Tharsis o llenar Marineris. Marte siempre seguirá siendo Marte, distinto de la Tierra, más frío y agreste. Pero puede ser Marte y nuestro al mismo tiempo. Y lo será. Hay algo que caracteriza al espíritu humano: si puede hacerse, se hará. Podemos transformar Marte y construirlo como si levantáramos una catedral, un monumento tanto a la humanidad como al universo. Podemos hacerlo, así que lo haremos. De modo que... —alzó la palma de una mano, como si estuviera satisfecho de que el análisis hubiera sido apoyado por los datos del gráfico... como si hubiera examinado la tabla periódica y viera que continuaba siendo válida— ... bien podemos empezar.

sábado, 29 de marzo de 2014

Cosmos: A SpaceTime Odisey


El cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez
Carl Sagan, Cosmos: A Personal Voyage

Así habló el maestro de la divulgación científica en el primer episodio de una serie ya mítica para muchos. Con quinientos millones de espectadores estimados en todo el mundo, Cosmos fue un éxito rotundo en lo más básico: acercar la ciencia a la gente. Contar la historia del ser humano, de la vida y de nuestro planeta, la historia de nuestro universo y la historia de nuestros esfuerzos por conocerlo.

Hay algo brutalmente hermoso, vocacional, en la divulgación científica. Porque hay que tener una pasta especial para decidir: "el conocimiento no debería estar solo en las universidades, en los libros y en los laboratorios. Alguien debería llevar este conocimiento allí dónde no llega, y dar a todo el mundo la oportunidad de saber y crecer". Carl Sagan, que desde luego tenía esta pasta, no solo fue un divulgador; fue un gran científico que acumuló éxitos y descubrimientos a lo largo de su carrera y teorizó con éxito en varias ocasiones acerca de las atmósferas de varios cuerpos de nuestro sistema solar, pero probablemente no sea eso por lo que le recuerde la generación que vio Cosmos (allá por los ochenta o en cualquiera de sus reposiciones), ni por su enconada investigación sobre la vida extraterrestre. Los que en su día escuchamos esa frase con que comienza esta entrada le recordaremos por dar una dimensión diferente y nueva al mundo que nos rodea.

Ahora bien, de aquel momento hacen más de treinta años. Carl Sagan y su equipo nos hablaban entonces del futuro de la exploración espacial, de las maravillas que nos descubriría la sonda Voyager y de ciertas teorías innovadoras que comenzaban a asomar la cabeza en el mundo de la física. Se diría que ha llegado el momento de, desde el respeto (y casi la veneración), no mejorar pero sí continuar el trabajo de hace tres décadas. ¿El elegido para pilotar la nave de la imaginación? Neil deGrasse Tyson: una elección inmejorable, no solo por sus logros como científico y divulgador, que muchos conoceréis, sino por algo que descubriremos al final del primer capítulo de esta nueva Cosmos. Neil es el más adecuado para continuar con el legado de Sagan, no hay ninguna duda. 

izquierda: 1980. Derecha: 2014.

Cosmos: A SpaceTime Odisey
Preguntar si la ciencia que estudia la historia de la vida y el universo ha avanzado desde aquel mil novecientos ochenta sería caer en el absurdo. Por supuesto que sí. ¿Ha avanzado la capacidad de divulgación? Esto es más peliagudo. Carl Sagan no está entre nosotros, y esto es para tenerlo en cuenta. Pero tenemos a Neil Degrasse Tyson, que también es un divulgador como la copa de un pino, y las tecnologías permiten que Cosmos, hoy, sea todo un espectáculo para la vista, además de para la imaginación. Así que podemos decir que, sea ahora mejor o peor momento para una serie como esta, vaya a ser mejor, peor o igual que su antecesora, Cosmos va a realizar un servicio, un servicio positivo y universal. Va a saciar unas curiosidades y despertar otras, a criar una nueva generación de entusiastas del conocimiento, la razón y la lógica. 

Una nueva generación de escépticos.

A bordo de nuestra maravillosa nave partiremos de la pequeña blue marble...
...visitaremos lugares tan recónditos como estos mares de metano gélido en Titán...
...y hasta recorreremos una molécula de ADN.
Puedo deciros que los dos primeros capítulos me han entusiasmado. La plasticidad, la inteligencia representativa, pero también el guión y la estructuración de la información, todo se entrelaza en un tapiz genial que consigue situar esa hora de documental en la categoría de "entretenimiento", sin que por ello disminuya el rigor. Los episodios están siendo emitidos simultáneamente en castellano, así que ya están disponibles en el idioma que prefiráis. Si os interesan en lo más mínimo los grandes interrogantes de la vida, el universo, y todo lo demás, no dejéis de ver esta gran serie.

miércoles, 19 de febrero de 2014

12 cosas que todo escritor novel debería saber

Este blog, lo decía el otro día, comenzó al mismo tiempo que mi aventura como escritor novel. Mi yo de diecinueve años intentaba asomar la cabeza y abrirse paso en ese nuevo mundo de gente que no se conforma con escribir y enseñárselo a amigos y familia, sino que además tiene la temeridad de intentar publicar sus historias para que las lea todo el mundo. Bueno, tal vez no todo el mundo, claro, pero sí una fracción aceptable. Al menos más gente de la que cabe en nuestro salón, ¿es mucho pedir eso?

Ahora tengo veintitrés, que sigue sin ser demasiado pero ya es otra cosa. Va a salir a la calle mi segunda novela y tengo varios relatos publicados en papel, he evitado pisar las minas del camino (estafas, engaños, coediciones y autoediciones) y he conocido a mucha gente genial pero, ¿os cuento un secreto? Ahí va: sigo atravesando un montón de incertidumbres, tengo una tonelada de anhelos todavía por cumplir y mucho trabajo cuya recompensa es incierta. Sigo sintiendo que acabo de llegar y que mañana podría ocurrir cualquier cosa. Y me encanta. 

Así que, aunque sigo siendo un recién llegado y mi experiencia no es más válida que la de nadie, aunque internet está lleno de este tipo de artículos (algunos escritos por ese yo de diecinueve años del que hablábamos antes, el mismo que a veces hace que me entren ganas de comprar un Dlorean), ahí va el mío:

12 cosas que todo escritor novel debería saber

1. El mundo es una mierda. Sí, es un principio duro, lo sé, y lo siento. Pero es que es muy importante. Yo soy un tío positivo, uno de esos que siempre le ven el lado bueno a todo, uno de esos tan felices que a veces te apetece darles un puñetazo en la boca del estómago para que dejen de contarte lo bonito que es todo. Pero no soy idiota, y sé que el mundo está lleno de desgraciados. Como escritor novel eres una persona que quiere algo, publicar. Como persona que quiere algo, eres susceptible de ser engañado por un desgraciado. Así que mucho cuidado: ahí fuera hay estafadores y timadores que querrán sacar dinero de tu obra sin retribuirte, hacerte pagar por publicar, robar tu autoría... incluso hay gente que te hará la vida imposible o te desprestigiará profesionalmente por una discusión tonta en internet o por la razón más antigua: porque sí. Mucho cuidado...

2. El mundo, por otro lado, es genial. Contradicciones a mí... ja. Hay desgraciados, sí, pero pronto verás que no son tantos. También hay mucha gente genial, gente con la que merece la pena hablar, compartir, debatir, gente de la que aprender y junto con la que crecer. Así que escribe en foros, hazlo con humildad y exponte a críticas, debate, aprende. Muévete. Lee blogs, crea uno si no lo tienes (además es un ejercicio genial que te ayudará a ser mejor escritor y a tener constancia), mantente al día. Ve a convenciones, charla con editores y escritores. ¡Empápate de ese mundo, si tú también quieres ser una parte de él! Seguro que de regalo te llevas un buen puñado de amistades.

3. Nadie empieza bien. Y punto. Nadie. Nadie, nadie, nadie. Yo publiqué a los veinte la primera novela que escribí, El rebaño del lobo. Tuve muchísima suerte, ya había escrito muchos relatos y fragmentos de novelas antes de eso y a pesar de todo el libro no es ni mucho menos perfecto, es una novela de juventud con sus defectos inevitables. Hay gente que publica una primera novela genial, estupenda, maravillosa, revolucionaria. En los periódicos se lee: "la mejor ópera prima de la década", y otras cosas por el estilo. Pero no, no te engañes: antes de esa el autor ha pasado años escribiendo, mejorando su técnica y confeccionando novelas, aunque hasta ahora no ha conseguido publicar. No hay otro misterio. No hay apenas genios, y desde luego tú no eres uno. Si lo fueses, si fueses el tipo obsesivo de persona capaz de olvidarse de comer y dormir durante días enteros, capaz de escribir un novelón en una semana, te diré que aun así tienes que aprender primero y trabajar, trabajar muchísimo. De eso no se libra nadie.

4. Registra. No es broma. Merece la pena. Ahora hay opciones privadas, como safecreative, que no entraré a valorar. Lo importante es: consigue que haya constancia con peso legal de que reclamaste la autoría de tu obra antes que un posible plagiador. El Registro de la Propiedad Intelectual es la opción que hoy por hoy da más garantías.

5. Tu tiempo y tu trabajo son valiosos. No envíes tu obra al tuntún, porque estarás perdiendo un tiempo valiosísimo, exponiendo tu texto y tal vez destruyendo oportunidades de publicar otras obras en el futuro. En lugar de ello investiga. Envía tu manuscrito a aquellas editoriales que publiquen libros como el tuyo y no pierdas el tiempo con otras. Envía tu manuscrito a editoriales que en su web anuncien que reciben manuscritos, porque muchas veces las editoriales cierran la recepción cuando están saturadas. Envía tu obra correctamente: si te dan instrucciones en la web de la editorial, síguelas a pies juntillas. Si no, en general siempre es positivo redactar un e-mail educado pero en tono personal, sincero, sin darte aires, explicando claramente y en un par de líneas lo que ofrece tu novela. Puedes adjuntar en este e-mail una breve propuesta o esperar a que la soliciten; la propuesta deben ser un par de hojas como mucho, con un resumen muy breve de tu obra, las razones por la que crees que podría interesarles (personaliza, si envías a varias editoriales haz cada una diferente: a nadie le gusta que le envíen un texto frío y genérico, y a los editores tampoco) tus datos y alguna información de interés (si has publicado algo anteriormente, si tienes un blog...). Si en la web de la editorial no lo solicitan y si desde la editorial no te lo piden, no envíes tu manuscrito. Espera siempre a que te lo pidan.

6. Nunca jamás deberías pagar por publicar. Ya lo comentaba nuestro amigo Watson en su blog. Esto debería ser de sentido común. Oye, has trabajado, has sudado tinta, y tu novela está lista. Si es interesante, con esfuerzo y compromiso de tu parte puede que consigas que un editor quiera publicarla en su sello. Si no es así, sigue intentándolo, y mientras lo haces, sigue escribiendo. No hay otra fórmula, y finalmente lo lograrás. ¿Que te piden un dinero por publicar tu obra? Di: no. Insúltales si quieres, ignórales, haz lo que te plazca, pero siempre di: no. Si tu texto es bueno entonces tiene un valor artístico y económico, por lo que siempre deberías obtener algo (aunque sea un pago simbólico) a cambio de él. Lo normal es que cobres un porcentaje de entre el diez y el quince por ciento del P.V.P. de cada ejemplar. Ahora bien, ¿además de que cedes tu texto, te piden que pagues un dinero? Huye. Te están estafando, te quieren robar los muebles y aun encima enviarte la factura del camión de mudanzas. Ni se te ocurra. Muchos escritores que caen en esto se arrepienten con el tiempo, ven que sus obras no han sido bien publicadas o que tal vez su calidad no era la que debería haber sido, se avergüenzan de haber publicado mediante este sistema y son rechazados por otros escritores y muchos lectores. No merece la pena, y trabajando duro y con constancia puedes convertirte en un auténtico escritor profesional o semi profesional. Cuando consigas publicar tu obra por sus méritos literarios y no a cambio de dinero, entenderás lo que es sentir tu trabajo reconocido.

7. Escribir no es ir en bici. Esto se olvida. Te lo digo yo: pasa un par de meses sin escribir y habrás perdido forma hasta un punto que no creerías. Así que ya sabes, si todos los grandes lo dicen es por algo: escribe todos los días. ¿Eres vago o caótico? Pues si un día no puedes escribir, al siguiente el doble. Si no avanzas con tu novela escribe un relato, y si no una entrada para tu blog o cualquier cosa que se te ocurra, pero construye cada día párrafos y oraciones, estructuras narrativas, diálogos y personajes.

8. Tienes que amar las letras. No existe en todo el mundo un buen escritor que no disfrute leyendo. Seguro que si estás aquí y quieres convertirte en escritor no tengo que decirte esto, pero lee a diario, lee tanto como puedas. Lee a grandes autores, los mejores que encuentres, y siempre intenta aprender, pero sobre todo disfruta. Después, analiza por qué has disfrutado; si lo averiguas, incorpóralo en tus textos.

9. Tienes que pensar a lo grande. Vende tu coche por diez mil, y alguien te dará siete mil. Véndelo por siete mil... y no sacarás más de cinco mil. ¿Jodido, eh? En esto de las letras, como en todo lo que la vida puede ofrecerte, tienes que apuntar muy alto, todo lo que puedas. Si tu objetivo es ser un escritor conocido y exitoso, que publica en las mejores editoriales y es traducido a muchos idiomas, trazarás un camino que puede llevarte hasta allí o hasta algún punto entre ahora y esa meta, lo que también está genial. Porque piénsalo: si tu objetivo es publicar en Amazon, no trazarás un camino que pueda llevarte a ningún sitio más y es probable que nunca llegues a nada. Conseguir lo que quieres puede ser difícil si te esfuerzas, o imposible si no lo intentas. Visualiza siempre tu futuro y traza objetivos.    

10. No eres el mejor escritor del mundo ni lo serás nunca, pero a veces tienes que creer lo contrario. Aquí nos jugamos muchas cosas. Horas de trabajo, de sueño... ponemos en juego otras profesiones, familia, pareja... y durante años es probable que no recibas nada a cambio. En esa situación es fácil pensar que el sueño nunca va a llegar, que esto de escribir es una locura... en esos casos, es necesario tener autoestima. No beses el espejo, pero tampoco seas injusto contigo. Ten fé en tu obra y sigue siempre hacia delante. Vive a base de macarrones, olvida lo que era dormir siete horas seguidas, pero no te rindas. 

11. A pesar de todo puede que no valgas para esto. Otros no te lo dirán, porque hay quien prefiere mentir a dar malas noticias, pero podría ser. Puede que no le dediques tanto tiempo como debieras, puede ser que por lo que sea ese talento no esté en ti... oye, vete a saber por qué, pero a veces pasa. ¿Y qué? Yo dibujo fatal, horriblemente, pero a veces me gusta hacerlo. Hago un garabato porque me relaja hacerlo, lo guardo y me quedo muy satisfecho. Hey, si no vales para escribir, tal vez tú sí que seas buen dibujante, o músico, diseñador, ingeniero, monitor de deportes de riesgo...

12. Nunca se termina de aprender. Esto debería saberlo todo escritor, novel o no. ¿Stephen King? Él también la caga. ¿George R. R. Martin, Paolo Bacigalupi? La cagan, claro que sí. Todavía aprenden, y todavía son falibles, y todavía están experimentando. A un nivel mucho más mundano, muchos escritores que conozcas publicarán un par de libros y se creerán la nata, te mirarán por encima del hombro y fingirán que ya lo saben todo. No admitirán delante de ti que están, por lo menos, tan perdidos como tú, si no más. Ten siempre presente esto. Puede que tú también caigas en esta trampa, nunca se sabe, así que vigila tus propios pasos. Todos, absolutamente todos, aprendemos todavía, tan perdidos y confundidos como el primer día. Habrá quien te dé la mano, y habrá uno o dos despistados que te pongan la zancadilla. Porque vamos todos juntos en esto, para bien o para mal. 

Así que recuerda. Ahora que sabes esto (seguramente ya lo supieses de antes, ¿verdad?), cuando seas mejor escritor que yo y hayas publicado mucho más, cuando hayas alcanzado el éxito internacional y vendas camiones de libros a cada segundo, no me vayas a poner la zancadilla. Yo solo soy otro escritor con más o menos arte, pero que ama lo que hace.

martes, 28 de enero de 2014

Ciencia no-ficción: un vistazo veraz a nuestro futuro inmediato

Decía Mariano Villarreal en su decálogo para escribir ciencia ficción que «la ciencia ficción NO es prospectiva: no trata de adivinar el futuro sino de especular con racionalidad acerca de posibilidades futuras y sus consecuencias». Y bueno, es cierto que en pro del mensaje el exitoso antólogo de Terra Nova (habrá un número 3, así que ya estáis enviando algo para la convocatoria) ha omitido la acepcion adjetivada y más general de la palabra «prospectiva» (que es la que por lo general utilizamos en este contexto), pero no por ello le falta razón en el fondo de la cuestión: los escritores de ciencia ficción no somos adivinos, somos especuladores. No adelantamos un futuro probable, sino que especulamos con factibles casi siempre remotos, y todos ellos tienen como reflejo la realidad de nuestro entorno. 

Otra cosa es que los aficionados a la ciencia ficción, y aquí se usa la acepción sustantivada con la que jugaba Villarreal en su decálogo, sintamos la tentación de practicar esa prospectiva que según mi recelada y muy poco amada r.A.E viene a ser el «conjunto de análisis y estudios realizados con el fin de explorar o de predecir el futuro, en una determinada materia». Vamos, que de vez en cuando nos apetece pensar en lo que va a pasar y no en lo que podría pasar; miramos al cielo, a la televisión o a nuestro entorno y decimos... ¿y ahora?

No podemos atisbar muy lejos en el porvenir, pero sí que podemos enfocar algunos retazos si miramos a nuestro futuro más inmediato. La ciencia ficción de nuestros padres y abuelos nos alcanza, y podemos hablar de proyectos tal vez menos sorprendentes por lo cercano pero que no dejan de ser maravillosos. La robótica humanoide o que imite anatomías animales ha llegado a ser práctica; la exploración del sistema solar se ha reanudado y a buen ritmo, en un escenario en el que compiten, colaboran y hasta se solapan las financiaciones y agencias públicas y privadas. La revolución de la información sigue desarrollándose y ya hay departamentos militares encargados de tareas puramente informáticas, en un escenario con presencia corporativa por un lado y de lucha directa (tristemente llamada terrorista) por otro, en tramas de espionaje que han manchado a la propia DARPA y que son dignas del mejor cyberpunk. 

Por si os interesan, estos son unos pocos de esos retazos:


Boston Dynamics se lleva el gato robótico al agua
Una desarrolladora privada a la que llevo siguiendo la pista varios años. Con proyectos de alto calado, el principal de ellos su robot cuadrúpedo Big Dog, la empresa de robótica afincada en Massachusetts recibió el apoyo financiero del departamento de armamento estadounidense, DARPA. Siguiendo la tónica general de la financiación gubernamental norteamericana, las inversiones son cuando menos poco claras, y la necesidad real de lo contratado más que cuestionable, pero hey, esto es libre mercado, baby. Nuestro afán infantil por los cacharritos nos hace alegrarnos porque una empresa de robótica reciba financiación. Nuestro miedo más o menos lógico a unas fuerzas armadas con robots asesinos nos hace preocuparnos porque la entidad inversora sea el programa armamentístico yanki. 

Uno de estos aparatitos con los que ya se está instruyendo a militares es el LS3 (al que sigue apodándose Big Dog en honor a una versión anterior), en principio un portador de equipo y munición autónomo diseñado para seguir a los soldados por terreno difícil.


Es curioso cómo ha evolucionado para tener un aspecto más artificial y en mi opinión menos escalofriante. ¿Relacionado tal vez con la famosa hipótesis del valle inquietante?

Aquí unas imágenes de aquel primer Big Dog:


Y aquí la inevitable parodia:


Otros proyectos incluyen el Cheetah, el robot que ostenta el record actual de velocidad con 28.3 millas por hora, y su versión más práctica, el Wildcat, que alcanza unas nada despreciables 16 millas por hora y se mueve por todo tipo de terreno.



En cuanto a robots antropomorfos, los ingenieros de Boston Dynamics han desarrollado el robot Petman, para la prueba fiable de equipo y camuflaje, pero sobre todo como primer ensayo y prueba para algo mucho más ambicioso: ATLAS, un robot humanoide todoterreno para usos militares.




Boston Dynamics fue comprada recientemente por la omnipresente Google, difícil todavía saber si lo hizo con el fin de eliminar competencia para sus otros proyectos en el sector o si hay un interés real en aprovechar las vías de investigación abiertas por el pionero equipo de Massachussets. Por el momento, Google ha asegurado que cumplirá con los contratos que Boston Dynamics tenía pendientes con el ejército de los Estados Unidos.


La Estación Espacial Internacional se jubila y el ambiente orbital se caldea
El proyecto internacional de la estación espacial se desmiembra. Hacia 2020 se espera el fin definitivo de la misión de la ISS, y más allá de ese momento la órbita terrestre podría ser un lugar muy diferente al actual.

No es ningún secreto que EEUU no ha sabido dar la talla en este apartado concreto de la carrera espacial. Solo hay que comparar el despilfarro inmenso que significó Skylab, un proyecto inviable y chapucero, con la funcionalidad y economía de recursos que llevó a la Mir a funcionar durante 12 años y por un coste mucho menor que el de los proyectos americanos que ni siquiera se llegaron a realizar. Los módulos diseñados y lanzados por la Unión Soviética siguen operativos en la sección rusa de la ISS. Sus sistemas de soporte vital funcionan todavía para toda la estación, y hoy en día, más de un cuarto de siglo más tarde, la NASA sigue demostrándose incapaz de emular esta tecnología. Estos mismos módulos rusos, que fueron diseñados para ser reutilizados, forman parte de un plan del Roscosmos (la agencia espacial rusa) para ensamblar una estación espacial rusa tras la desactivación de la ISS. ¿Qué harán entonces los Estados Unidos, hasta la fecha incapaces de mantener hombres en el espacio de manera permanente?

Pero la dualidad de la guerra fría quedó atrás, y estas dos potencias no son ni mucho menos las únicas. De entre las muchas agencias y bloques de agencias espaciales gubernamentales, avanza con más fuerza que el resto la china. El módulo Tiangong 1  fue lanzado ya en 2011, y los planes avanzan sin contratiempo para acoplar una Shenzhou en 2015 (fase de laboratorio orbital) y finalmente un módulo habitable para el establecimiento de una estación espacial de larga estancia (más similar a la Tiangong que vimos en Gravity) a partir de 2020. Teniendo en cuenta que China posó este diciembre la sonda Chang'e 3 en la superficie lunar, y que planean varias misiones automatizadas en el futuro próximo y una misión tripulada en la década de 2020, no es difícil ver por qué la estación espacial es un apartado crucial en los planes del programa espacial Chino.

Pero hasta ahora estamos hablando de iniciativas gubernamentales... ¿qué pasa con la industria privada? Por que sí, grandes empresas están viendo un filón en el sector aeroespacial, y no solo reciben contratos de agencias sino que empiezan a elaborar sus propios proyectos. Una de las más punteras del momento es la revolucionaria spacex, la creadora del Falcon-9, un cohete de próxima generación del que se hablan auténticas maravillas, o del impresionante cohete Grasshopper o «saltamontes». En los siguiente videos veréis por que lo llaman así. El primero está grabado desde un dron giroscópico y el segundo (de un vuelo distinto) desde el suelo:





¡Normal que las vacas se pongan nerviosas! Un cohete capaz de ser reutilizado significaría un descenso enorme en la inversión necesaria para las misiones espaciales, abaratando la puesta en órbita de módulos y satélites y haciendo más realizables sueños como el asentamiento en suelo lunar o la exploración humana del planeta rojo.


Y también...
Hay más futuros de los que hablar, avances maravillosos y anuncios de cosas increíbles por venir, nuevos materiales, revolucionarios medios de transporte... Pero el post corre el peligro de estirarse indefinidamente y mi única intención era la de despertar esa sensación de asombro que también habita fuera de la ficción. Así que os animo a investigar por vosotros mismos, a bucear en esas noticias que casi nunca se abren un hueco en la prensa generalista y descubrir maravillas que no son especulaciones propias de la ciencia ficción, sino adelantos de un futuro que ya casi está aquí.

sábado, 16 de noviembre de 2013

¿Por qué escribo literatura de género?


La blogosfera está llena de artículos prácticamente idénticos en los que los escritores explicamos por qué nos gusta escribir. Por qué le dedicamos a ello las más de nuestras horas. Por qué trabajamos tanto por algo que en la inmensa mayoría de casos no nos dará bastante ni para pagar el consumo eléctrico de nuestro portátil. Y las respuestas tienden a ser las mismas. 

Nadie dice que lo haga por el dinero, claro, y no porque no haya escritores avariciosos, ni porque falten escritores sinceros, sino por la simple razón de que esta, como ya hemos establecido más arriba, no es la mejor carrera profesional si queremos mantener lujos como la manutención básica o un alquiler.

No, en realidad las razones por las que escribimos suelen ser variaciones elaboradas de un mismo tema: "porque sí", "porque me da la gana", "porque disfruto con ello", "porque me hace sentir una persona mejor y más completa", "porque me obsesiona", "porque no se me ocurriría no hacerlo". Hasta aquí genial, pero hay una pregunta que no se ve tanto (por razones obvias), y que me parece mucho más interesante que el típico "¿Por qué escribo?". Esta pregunta es la que titula esta entrada, claro.

Y bueno, ¿por qué escribo esa literatura y no otra?

Pues porque —sin que sea nada malo, ni mucho menos— yo no escribo literatura costumbrista. No escribo literatura romántica. No escribo sobre la guerra civil. No escribo thrillers de espías. Hay personas en mis historias (personas con sufijo: personajes). Tienen sus propias rutinas a veces, son personas que se enamoran, que se matan entre sí, que se acuestan con ardor o con un sentido práctico del sexo, que traicionan sus ideales, mueren por una causa o que carecen por igual de esta y de aquellos. Pero salvo contadas excepciones (sirva un ejemplo), siempre tengo la sensación de estar escribiendo un relato fantástico. Fantástico (no puedo aguantarme, lo siento) no por lo bueno (ba-dum-pss), no, sino por lo fantaseoso. 

Porque cuando me siento a escribir una historia hago un ejercicio de imaginación, de libertad de pensamiento si se quiere quedar bien o de desbarre incontrolado si nos queremos acercar más a la verdad. Esa libertad, como todas, empieza en una reescritura o al menos una reinterpretación de las reglas del juego. En este mundo nuestro o en otro creado para la ocasión, no importa, puede que algo sea diferente a lo que espera el lector y hasta uno mismo por ajustes como la fecha (vayamos al siglo veintidós y echemos un vistazo), la realidad o no de algunas creencias místicas (supongamos, por un momento, que esa pesadilla podría ocurrir, que ocurre, ahora mismo) o (pero eso se lo dejamos a Tolkien, que servidor hasta la fecha no cultiva esa fantasía) la existencia de un pasado remoto en que la magia era real. Y por un momento casi creeremos que lo era, y que una palabra olvidada podía abrir las puertas de Khazad Dûm.

Hace poco planteaban en su blog Manuel Mije, er Caniho y Dr Perring (toma trinidad. Eso sí, esta tiene una explicación mucho más sencilla que esa otra que enseñan en catequesis), que sí, que las ovejas merinas son, mayormente, ovejas merinas, y las churras son, por lo general, tirando a churras, y entre pastores podemos hablar de unas y otras... pero que la mayoría de la gente cuando va al campo solo tiene una noción dispersa de que ese bicho blandito y apestoso se convierte en chuletas, queso y jerseys. Así que, al menos para algunas cosas —dice Manuel—, quizá va siendo hora de arrancarnos la etiqueta, de dejarnos de minucias y tirar p'alante bajo esa única bandera que de verdad nos engloba a todos: literatura de género. 

Pero aunque tiene más razon que un santo (y aun encima nos lo dice con los Jethro Tull de fondo, toma grupazo), al final uno no puede evitar volver amargamente a lo mismo. Literatura de género... pero joder, ¿de qué genero?

Dejad que lo ilustre con una parábola que me acabo de inventar:
Parábola del colega negro:
—Oye, ayer vi a ese amigo tuyo.
—¿A cuál?
—A ese, hombre.
—No tengo ni idea, suéltalo ya.
—¡Al de color!
—¿Al de qué color? Porque la mayoría son entre blanco lechoso y rosa tirando a marrón clarito, un colega mío es lo que se suele llamar negro y hay otro que cuando le da el sol se pone naranja zanahoria. Yo estoy algo amarillento, pero es que llevo una semana que no me siento muy católico...
Que sí, que yo como el que más digo "literatura de género" a sabiendas de que el otro me va a entender (jamás digo "de color", eso sí). Pero eso no quita para que suene fatal, leches. Porque ese "género" es un apócope de "género fantástico", esas siglas liosas e impronunciables a las tantas: efecefeté, fantasía, ciencia ficción y terror, y sin embargo también son géneros la romántica, la negra, la bélica y la de espías, por decir unos cuantos.

¿Yo? Yo por el momento, aunque de vez en cuando escribo churra (terror) y muy a menudo merina (ciencia ficción), también escribo historias con ingredientes de ambas y de ese algo más que es la tercera pata del banco del género.

Pero me voy del tema, como de costumbre. La literatura de género (fantástico), esa tan molona que engloba desde zombis a hipernovas, de Conan a Cthulhu, de toda la historia del Imperio Galáctico y las Fundaciones a Pennywise, el payaso de It —y por cierto, en todo esto ya hay aliciente más que de sobras para convertirse en escritor del fantástico, ¿no?—, la literatura de género, digo, es la de la imaginación, la maravilla y la fantasía.  Sí, porque en el terror hay maravilla también, ¿acaso hace falta explicarlo, o basta con citar al maestro de Providence? 

Por la vertiginosa perspectiva de un tiempo medido en eras geológicas, a la que me arrojó en su día La sombra fuera del tiempo (incomprensiblemente traducida en el pasado como En la noche de los tiempos). Por esa catarsis que todavía no olvido, y esa sensación tras leer por primera vez el final de 2001: Odisea en el espacio. Por, como decía el otro día Igor en su blog, esa trilogía tan desmejorada por sus imitadores, que, en palabras de Igor, "me [nos] transporta. Me lleva despierto al mundo de los sueños, sin los cuales seríamos poco más que marsupiales".

Por eso escribo literatura de género.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Descendencia extraterrestre



Una bandera, una pose heróica y un montón de té echado a perder: un inicio para este artículo que puede resultar extraño pero que no es casual. 

Estados Unidos: la colonia emancipada de la metrópolis, la nación que surgió fuera de lo que, hasta poco tiempo antes —en términos históricos—, era considerado el mundo civilizado. No fue la única colonia que vivió su revolución americana, bien lo sabe latinoamérica; pero fue esta la que hizo cundir el ejemplo liberal en tierras galas, la que domó el capitalismo, se convirtió en imperio, y en política acabó relegando a un segundo lugar (después tercero, y cuarto....) al que fuese primer hogar de los colonos: la vieja Europa. 

Nueva Orleans no es Francia, ni Boston es Irlanda. No había en Estados Unidos holandeses, belgas y noruegos, después polacos, húngaros y armenios, después gente de todo el globo. En Estados Unidos lo que hubo desde muy temprano fueron estadounidenses, o como ellos lo llaman, americanos (sin olvidar aquello del origen: ciudadano norteamericano de origen indú, ese resquicio de pertenencia a una cultura milenaria).

Fue leyendo a Asimov, hace unas semanas, en concreto Los robots del amanecer, cuando un párrafo me hizo pensar en algo en lo que por otro lado ya había pensado antes, pero esta vez de otra manera. El párrafo en cuestión no lo recuerdo, pero el pensamiento sí y era el siguiente: del mismo modo que los colonos británicos en norteamérica, así como cualquier otro grupo de colonos en America, África y Oceanía, desarrollaron ese sentimiento de independencia, ¿no sería lógico pensar que lo desarrollarían los colonos que enviemos al espacio?

Es un pensamiento que no solo puede parecer pueril sino además obvio, soy consciente, pero así empiezan la mayoría de ejercicios especulativos. Y sí, ya se ha escrito sobre colonias espaciales que se vuelven contra la Tierra, también lo sé. Pero no creo que fuese lo mismo hablar de esto entonces, en los años treinta, cincuenta y aun ochenta, que ahora, cuando la sonda Voyager ha abandonado la heliosfera, nuestros robots recorren suelo marciano, el gigante —¿obsoleto?— que es la estación espacial internacional aununcia su retirada y da paso a una nueva carrera espacial en el espacio inmediato y la Luna, las iniciativas privadas alcanzan a sus homólogas gubernamentales en proyectos increíbles como el cohete grasshoper de space-X o incluso proponen establecer una colonia humana en Marte a un cortísimo plazo.

La colonización del espacio está en boca de todos los grandes gobiernos. Para empezar, es obvio que esta colonización podría quedarse en poco más que una presencia robótica o de un mínimo de personal, llegado el caso. Pero, ¿y si...? —aquí es donde entra la especulación—, ¿y si hubiese una gran presencia humana fuera de la Tierra? En la Luna, en Marte, en Europa (el satélite de Júpiter), en una estación artificial, no importa donde pero fuera de la Tierra. En cincuenta, cien o ciento cincuenta años, tampoco importa cuando. 

Las colonizaciones suelen comenzar todas igual: lo haremos por el bien de la Tierra. Tanto como decir que lo hicimos por el bien de Europa. ¿Y qué ocurrió cuando los colonos dejaron de ser europeos y se convirtieron en otra cosa? ¿Y cuando los colonos dejen de ser terrícolas, y tomen conciencia de su nueva identidad, una identidad —y perdón por el efectismo pero es así— extraterrestre? 

En la historia el colonialismo tuvo consecuencias que todos conocemos para la población indígena, pero también para las generaciones posteriores de la propia fuerza colonial, que en la mayoría de casos desarrolló (bien en justicia, bien por ambición, no viene aquí al caso) sentimientos de independencia. ¿Qué podemos esperar del escenario tan diferente que se nos presenta, y al mismo tiempo tan plagado de paralelismos con el pasado? 

A cuestionar esos esquemas de colonización espacial en nombre de la Tierra y la humanidad va la siguiente pregunta: ¿qué obligación sentirá hacia la Tierra el nieto del nieto de un hombre nacido a millones de kilómetros de la Tierra? ¿Se seguirá sintiendo humana, originaria de la Tierra, nuestra futura descendencia extraterrestre?

jueves, 18 de abril de 2013

Mars One: ¿Quieres formar parte de la primera colonia permanente en Marte?


¿La mayor estafa del siglo? ¿O la alternativa a una colonización politizada del planeta rojo? Mars One es una organización sin ánimo de lucro, el gran proyecto del investigador holandés Bas Lansdorp, tras cuyos esfuerzos cuatro astronautas se establecerían en una colonia permanente en el planeta vecino en el año 2023. La iniciativa se sostendría en una financiación mezcla del crowd-founding (70.000$ llevan recaudados, antes incluso de que el proyecto se conozca ampliamente) y, lo que más revuelo ha levantado: un reality show que seguirá la preselección, formación, selección, viaje y estancia de los colonos, y de cuyos ingresos se espera obtener la millonaria cifra necesaria para financiar esta locura con visos de genialidad.

Una viaje de ida sin billete de vuelta
Cualquiera puede formar parte de la primera colonia marciana, incluídos tú y yo. Tan solo es necesario grabar un vídeo en el que expliques por qué quieres abandonar la Tierra y pasar el resto de tu vida en Marte. Entregar este vídeo, a partir del próximo mes de Julio, tendrá un precio de 25$. Esperan (una estimación un poco prematura, en mi opinión) un millón de solicitantes, es decir, 25 jugosos millones de dólares, y esto apenas es el principio. El problema evidente es que los colonos no volverán a la Tierra, si no que deberán estar dispuestos a vivir en Marte el resto de sus días de vida, o lo que es igual, morir fuera de casa. A esto se añaden los peligros evidentes de la colonización. Y, sin embargo, es de preveer que una avalancha de gente se lance al que dejará de ser el sueño de la ciencia ficción y pasará a ser una realidad: la conquista del planeta rojo.

Gran Marciano
La comparación parte de la misma organización: Big brother, el reality por excelencia, dos palabras que ayudan y ayudarán a meter a golpe de martillo el interés por la exploración espacial en las cabezas de la población. Mars One puede convertirse en el acontecimiento televisado más importante de la historia, a la grupa de un aparato publicitario y de mass-media que cubra todo el proceso y tenga en vilo a... bueno, a todo el mundo. Veremos a los preseleccionados, viviremos con ellos el duro entrenamiento de siete años, la convivencia de los aspirantes en un medio simulado al detalle (incluyendo el desfase temporal de las comunicaciones, como en los famosos experimentos rusos), seremos testigos de la elección de los cuatro afortunados, ganadores del billete al exilio. Mars One, contando ya con el interés de una avalancha de compañías deseosas de venderles sus tecnologías (millones de dolares invertidos por estos emprendedores pueden empezar a dar frutos),  espera lanzar una red de satélites orbitales efectiva a partir de 2016. En el ostracismo más flagrante de la historia de la humanidad, a partir de 2023 los colonos repararán placas solares, discutirán por los cereales y patearán el polvo marciano ante la atenta mirada de una audiencia que se cuenta en millardos, igual que la edad de nuestro planeta. Tal vez, con toda probabilidad, veamos situaciones tensas, de peligro, desórdenes de la convivencia, o la clásica locura del colono típica de la ciencia ficción. Se espera una afluencia frecuente de colonos, a partir del primer grupo enviado, en grupos también de cuatro astronautas. ¿Será realmente este el modo más adecuado de establecer la esperada colonia? 

¡Eh tú, Obama, aparta esa sucia bandera de mi jardín!
En palabras de la organización: Mars One cree que la exploración humana del sistema solar debería consistir en un esfuerzo global, por encima de la ambición de una nación individual. La exploración marciana ofrece una oportunidad para celebrar el poder de una humanidad unida.

Y servidor no puede más que desear que esto sea así, casi tanto como dudarlo. En tiempos de la guerra fría esperábamos una colonización llevada a cabo por los gobiernos; con la llegada de la globalización, una exploración del sistema solar monopolizada por grandes corporaciones, atraídas por la minería de recursos. Y ahora que una propuesta comunitaria, global y apolítica entra en escena, ¿deberíamos tomarlo como síntoma de un cambio en el ambiente global? Wikimedia, los cables de Wikileaks, Mega, PirateBay, Anonymous, las revoluciones que hemos vivido y vivimos en estas dos primeras décadas del milenio, la enésima crisis del capitalismo como doctrina económica, pero que arrastra en su caída a los sistemas seudodemocráticos del liberalismo bestial, deshumanizado e involutivo... ¿Qué ocurre con el poder económico cuando la gente no compra sus periódicos, no ve sus programas televisados ni sus noticiarios de títeres porque accede a la información y el ocio por vías alternativas y demostradas como mejores? ¿Qué le ocurre cuando el pueblo financia el ocio que desea (¿crowdfunding amenaza a las grandes productoras?) y lucha activamente contra la obsolescencia programada?  ¿Qué ocurrirá con el sistema de producción cuando bien una política equilibrada de consumo, bien una revolución alimentaria (transgénicos) o energética, o quizá incluso avances en la tecnología de deconstrucción y reconstrucción de estructuras moleculares complejas (¡Descarga el esquema molecular, introduce un kilo de patatas e imprime tus propias google glasses!) hagan tambalear sus cimientos?

Pensemos en ello, con los ojos puestos en un cielo que cada vez se antoja menos místico y más inmediato.

sábado, 2 de marzo de 2013

Ciencia blanda, ficción dura



Un buen amigo, de esos a los que se les perdonan los arranques de filosofía a partir de la tercera cerveza, me dijo que la sociedad es, en su mayoría, minoritaria. No sé si la acuñaría él o si sería una cita que no capté, pero en cualquier caso qué rabia que una frase así no se me ocurriera a mí. Salvo para un par de grupúsculos que nunca cambiarán, y tras superar ese instinto organizador que tan incrustado está en la biología de nuestras mentes, resulta reconfortante pensar en el conjunto humano como un grupo de minorías en convivencia, un... me morderé la lengua y evitaré usar la palabra crisol; mejor repito lo mismo: las minorías son mayoría.

Si esto puede parecer cierto en campos como la política, la sociedad o la cultura, no lo es menos cuando se trata de los géneros, en este caso literarios. Y es que la minoría, después de todo y como invento humano que es, resulta estar subordinada a esa mente organizadora tan nuestra, y el esquema en que se organiza tiene forma fractal.

Si lo analizamos, podemos partir por ejemplo del mecanismo del lenguaje, el medio de la escritura, y si seguimos aumentando la escala y escogiendo entre las distintas ramas nos encontramos con la literatura, de la cual la narrativa, y así la ficción, el género (pan)fantástico, y el de ciencia ficción. Y cuantos más aumentos aplicamos, más minorías hay, y con más ahínco se trazan unas fronteras ya difusas por la óptica de la lente: ciencia ficción blanda o social, biopunk, space western... La paradoja reside en que, para que las minorías existan, la lógica organizativa debe mandar. Y uno de los principios más básicos de la agrupación es el siguiente: para pertenecer a un grupo, debes compartir sus atributos característicos.

Podemos coger cualquier western y trasladar a nuestro llanero solitario a Marte; podemos cambiar a los pieles rojas por pieles verdes,  al séptimo de caballería por la legión espacial, y llamarlo space western. Si consideramos que esto es ciencia ficción, sin embargo, estaremos diciendo que por transcurrir en el espacio, esta novela pertenece a la ciencia ficción. Es decir, que las novelas de ciencia ficción son aquellas que transcurren en el espacio. Un poco limitado, ¿no? Y más ahora que la colonización espacial lleva décadas siendo una realidad. ¿Es Apolo 13 un film de ciencia ficción, o un thriller histórico? Decir que una novela de vaqueros espaciales es de ciencia ficción es como decir, con perdón, que nos estamos meando en todo un género con siglos (si me preguntan a mí, diré que faltan cinco años para que se cumplan los doscientos años) de trayectoria.

¡Al loro, que no estamos tan mal!: que nadie se confunda; hay mucho space western (y muy bueno), que entra perfectamente en el género de la ciencia ficción, como es el caso de la serie Firefly o del manga Trigun. Pero también hay mucha ficción considerada como ciencia ficción que, sencillamente, no cumple los requisitos. 

Pero es normal que se dé este desconocimiento. Después de todo, ¿cuáles son los requisitos? O, por decirlo de otro modo:


¿A qué podemos llamar ciencia ficción? 
Hagamos un pequeño ejercicio de contextualización.

Mary había oído a su marido y al doctor Polidori hablar acerca de las investigaciones de Luigi Galvani y Erasmus Darwin, quienes teorizaban sobre el uso de la electricidad como catalizador en la reanimación de la carne muerta, y habían conseguido inducir movimientos en cadáveres mediante la correcta aplicación de impulsos eléctricos. 

Isaac había crecido rodeado de las revistas de la tienda de su padre, las cuales tenía que leer con cuidado para que después pudiesen ser vendidas. En ellas los robots eran seres despiadados, y el futuro era un lugar desolado y apocalíptico. Él, por otro lado, pensaba que la ciencia estaba abocada a traer un nuevo mundo lleno de maravillas para la sociedad.

Philip se encontraba en constante estado de alerta. Su tratamiento con pentotal sódico no justificaba aquellas visiones, y el colgante en el cuello de aquella mensajera, mostrando el símbolo del pez cristiano y la mística vestica piscis, se le antojaba como el catalizador de su nuevo estado de percepción. Dudaba de su salud mental, es cierto, pero al mismo tiempo debía creer como cierta su doble vida como cristiano perseguido durante el siglo primero, así como las comunicaciones con V.A.L.I.S., el ente extraterrestre super inteligente.

Mary Shelley trasladó su curiosidad y sobrecogimiento a su novela Frankenstein, elucubrando sobre ese avance tecnológico y adelantándose a conclusiones que todavía no se habían asentado: ¿funciona el cuerpo en base a estímulos eléctricos? Además, incorporó un importante fondo moral: ¿Puede el hombre crear vida sin atentar contra la propia naturaleza de esta? 

Isaac Asimov dotó a la mayoría de sus obras de un intenso positivismo. ¿Por qué debería ser un robot una criatura diabólica, un enemigo? ¿Acaso no podrían ser ayudantes funcionales y amigables? Y, dado el caso, ¿qué les diferenciaría de los humanos? También vio con buenos ojos la polémica energía nuclear, y más tarde se interesaría (entre infinidad de otros temas) por un futuro en el que la energía pudiese ser un bien inagotable. 
   
Philip K. Dick pobló sus escritos con personajes paranoicos, tramas de destinos inciertos y una realidad con fronteras, cuando menos, difusas. ¿Hasta qué punto hay semejanza entre el mundo que nos rodea y la imagen que nosotros percibimos de él?
 
Como ellos tres, cualquier escritor de ciencia ficción se caracteriza por llevar sus inquietudes a la ficción. Puede ser una inquietud nacida de un gran avance científico (la nanotecnología, nanocitos, el apocalipsis teorizado en forma de grey goo), o la exposición de una teoría propia del autor (Asimov en La Fundación propone utilizar la física de gases para estudiar la conducta de la superpoblada sociedad del imperio galáctico), lo que podríamos llamar ciencia ficción dura. También puede ser que esa inquietud la origine un sentimiento político o de malestar social (1984, de George Orwell, o Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley), en cuyo caso hablaríamos de la ciencia ficción blanda o social, que nace de las ciencias humanísticas como la filosofía, la psicología, la antropología, la historia, etc. etc. Y no hay que olvidar el componente distópico, que también caracteriza a estas dos últimas, en que se teoriza con un futuro disfuncional para asentar una tesis. O la ucronía, que utiliza la disociación de tiempo como medio para mostrar situaciones propias de nuestro tiempo en contextos ajenos, como ocurre en el steampunk, en el que encontramos fuertes críticas a la industrialización, o en el cyberpunk, que descubre el velo de la lacra corporativista, y a menudo defiende la identidad individual. El transhumanismo de los pilotos de la Cofradía en Dune, de Frank Herbert, novela en la que la inteligencia artificial ha sido prohibida tras una horrible guerra entre humanos y máquinas pensantes, es uno solo de los ingredientes que forman esa genial receta con sabor a terraformación que tantas novelas (unas ecológicas y otras mesiánicas) ha inspirado. 

Y todo esto nos lleva al mismo punto: la ciencia ficción es el género de la especulación, el género del ¿y sí...? el género de las ideas. Si la fantasía en un sentido general es el género de la maravilla y la imaginación (me viene a la mente Michael Ende), dentro de este encontramos la épica o espada y brujería como el género del heroísmo, los valores y las grandes aventuras (Ursula K. Leguin, Michael Moorcok). El terror fantástico, como el género del estremecimiento sobrenatural e irracional (Clive Barker, Stephen King). Y la ciencia ficción como un batido de imaginación y razón, en el que principios plausibles nos causan esa maravilla de la fantasía o ese estremecimiento del terror.   

Rod Serling dijo: la fantasía es lo imposible hecho probable. La ciencia ficción es lo improbable hecho posible.


Para terminar, os dejo con esta reflexión de Philip K. Dick, que en unas frases condensa mucho mejor que yo el propósito de este artículo: En primer lugar, definiré lo que es la ciencia ficción diciendo lo que no es. No puede ser definida como "un relato, novela o drama ambientado en el futuro", desde el momento en que existe algo como la aventura espacial, que está ambientada en el futuro pero no es ciencia ficción; se trata simplemente de aventuras, combates y guerras espaciales que se desarrollan en un futuro de tecnología superavanzada. ¿Y por qué no es ciencia ficción? Lo es en apariencia... Sin embargo, la aventura espacial carece de la nueva idea diferenciadora que es el ingrediente esencial. Por otra parte, también puede haber ciencia ficción ambientada en el presente: los relatos o novelas de mundos alternos. De modo que si separamos la ciencia ficción del futuro y de la tecnología altamente avanzada, ¿a qué podemos llamar ciencia ficción?