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sábado, 29 de marzo de 2014

Cosmos: A SpaceTime Odisey


El cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez
Carl Sagan, Cosmos: A Personal Voyage

Así habló el maestro de la divulgación científica en el primer episodio de una serie ya mítica para muchos. Con quinientos millones de espectadores estimados en todo el mundo, Cosmos fue un éxito rotundo en lo más básico: acercar la ciencia a la gente. Contar la historia del ser humano, de la vida y de nuestro planeta, la historia de nuestro universo y la historia de nuestros esfuerzos por conocerlo.

Hay algo brutalmente hermoso, vocacional, en la divulgación científica. Porque hay que tener una pasta especial para decidir: "el conocimiento no debería estar solo en las universidades, en los libros y en los laboratorios. Alguien debería llevar este conocimiento allí dónde no llega, y dar a todo el mundo la oportunidad de saber y crecer". Carl Sagan, que desde luego tenía esta pasta, no solo fue un divulgador; fue un gran científico que acumuló éxitos y descubrimientos a lo largo de su carrera y teorizó con éxito en varias ocasiones acerca de las atmósferas de varios cuerpos de nuestro sistema solar, pero probablemente no sea eso por lo que le recuerde la generación que vio Cosmos (allá por los ochenta o en cualquiera de sus reposiciones), ni por su enconada investigación sobre la vida extraterrestre. Los que en su día escuchamos esa frase con que comienza esta entrada le recordaremos por dar una dimensión diferente y nueva al mundo que nos rodea.

Ahora bien, de aquel momento hacen más de treinta años. Carl Sagan y su equipo nos hablaban entonces del futuro de la exploración espacial, de las maravillas que nos descubriría la sonda Voyager y de ciertas teorías innovadoras que comenzaban a asomar la cabeza en el mundo de la física. Se diría que ha llegado el momento de, desde el respeto (y casi la veneración), no mejorar pero sí continuar el trabajo de hace tres décadas. ¿El elegido para pilotar la nave de la imaginación? Neil deGrasse Tyson: una elección inmejorable, no solo por sus logros como científico y divulgador, que muchos conoceréis, sino por algo que descubriremos al final del primer capítulo de esta nueva Cosmos. Neil es el más adecuado para continuar con el legado de Sagan, no hay ninguna duda. 

izquierda: 1980. Derecha: 2014.

Cosmos: A SpaceTime Odisey
Preguntar si la ciencia que estudia la historia de la vida y el universo ha avanzado desde aquel mil novecientos ochenta sería caer en el absurdo. Por supuesto que sí. ¿Ha avanzado la capacidad de divulgación? Esto es más peliagudo. Carl Sagan no está entre nosotros, y esto es para tenerlo en cuenta. Pero tenemos a Neil Degrasse Tyson, que también es un divulgador como la copa de un pino, y las tecnologías permiten que Cosmos, hoy, sea todo un espectáculo para la vista, además de para la imaginación. Así que podemos decir que, sea ahora mejor o peor momento para una serie como esta, vaya a ser mejor, peor o igual que su antecesora, Cosmos va a realizar un servicio, un servicio positivo y universal. Va a saciar unas curiosidades y despertar otras, a criar una nueva generación de entusiastas del conocimiento, la razón y la lógica. 

Una nueva generación de escépticos.

A bordo de nuestra maravillosa nave partiremos de la pequeña blue marble...
...visitaremos lugares tan recónditos como estos mares de metano gélido en Titán...
...y hasta recorreremos una molécula de ADN.
Puedo deciros que los dos primeros capítulos me han entusiasmado. La plasticidad, la inteligencia representativa, pero también el guión y la estructuración de la información, todo se entrelaza en un tapiz genial que consigue situar esa hora de documental en la categoría de "entretenimiento", sin que por ello disminuya el rigor. Los episodios están siendo emitidos simultáneamente en castellano, así que ya están disponibles en el idioma que prefiráis. Si os interesan en lo más mínimo los grandes interrogantes de la vida, el universo, y todo lo demás, no dejéis de ver esta gran serie.

martes, 18 de marzo de 2014

Mercaderes del espacio, de Frederick Pohl y C. M. Kornbluth


Texto de contraportada (Minotauro):

«Mercaderes del espacio podría ser llamada la mejor novela de ciencia-ficción... Una utopía donde el sistema económico ha devorado al sistema político, donde las grandes compañías ejercen el poder, sin intermediarios, y hasta el fin... y la sociedad ha sido estratificada rígidamente en productores, ejecutivos y consumidores... No es meramente un mundo donde el hombre de la publicidad es el rey; combina además el lujo y la escasez, aparatos fantásticos junto a la falta de combustible, toda clase de bebidas y gomas de mascar, y una extrema escasez de proteínas. En este aspecto recuerda una observación de George Orwell sobre los lujos, en camino de convertirse en menos caros y fáciles de obtener que los artículos de primera necesidad.»
Kingsley Amis, New Maps of Hell, 1961

La cuarta pata del banco distópico
En la ciencia ficción son recurrentes las referencias al triunvirato de las distopías. Son las más afiladas, esas tres novelas que, al tiempo que criticaban las políticas contemporáneas a sus autores, alertan además de peligros vigentes aún hoy día. El Mcarthismo, la vigilancia constante desde Washington o la manipulación Goebbeliana de los medios neoliberales de información, contra los que nos prevenía George Orwell en su 1984. El amansamiento de la sociedad y su camino hacia el conformismo y la renuncia voluntaria a la búsqueda de la verdad que nos mostró otro grande de la narrativa anarquista, Aldous Huxley, en Un mundo feliz. Y, para cerrar el trío, la obra del gran (grandísimo) romántico que fue Ray Bradbury, menos interesado en política (al menos públicamente) y más en lo que él llamaba no especulaciones, sino «avisos», y que nos legó como rotundo alegato en defensa de la libertad de pensamiento y de amor a la palabra su Fahrenheit 451.

¿Y ya está? ¿Estas son las tres joyas de la corona?

Bueno, desde luego son las tres distopías más comunes y de las que más se habla. La novela que nos ocupa, sin embargo, se publicó en 1953 y nunca fue adaptada al cine. ¿Será por eso que se la conoce menos? Y de ser así, ¿no sería eso algo trágico? Pero podemos ir más allá: tal vez fuesen otras las razones por las que Mercaderes del espacio no apareció en cines ni alcanzó tanta fama como las mencionadas. Y de esas, la razón más probable también podría ser la más obvia. Antes de decidir si incluímos Mercaderes del espacio en la reducidísima lista de las mejores distopías del siglo XX, hagámonos la siguiente pregunta: ¿podría la industria noratlántica del entretenimiento encumbrar una obra que arremetía tan acertada y certeramente contra el capitalismo, y más en tiempos de cruda represión política y paranoia anticomunista?   

Take that, capitalism
Y es que el texto de cubierta que he reproducido al principio ya debería daros una idea de la poderosa crítica que encierran las páginas de la novela de Pohl (el autor de la saga de los Heechee, un antifascista convencido y miembro de las juventudes comunistas que se desligaría del partido a raíz del pacto de Molotov en el 39) y el excéntrico Kornbluth (quizá el miembro más anecdótico de los Futurians, un judío de segunda generación que sería expulsado de la universidad pública de Nueva York antes de graduarse por «liderar una huelga estudiantil»).
 ¡Que arda la hoguera de las vanidades!
Como si estuviésemos leyendo la polémica American Psycho (que, sospecho, bebe mucho de este mismo libro), la trama nos pone en la piel del alto ejecutivo Mitchel Courtenay, un publicista salvajemente eficaz de una gran corporación. Y nos pone en su piel literalmente, pues a través de los ojos del protagonista vemos un mundo que le favorece a él, miembro de la casta regente de los ejecutivos, y somos testigos mudos de sus opiniones y pensamientos privados más amorales y acríticos, como el siguiente enunciado neo-liberal: 
«Nuestro gobierno representativo no fue nunca tan representativo. No necesariamente representativo per capita, sino ad valorem. Si le gustan los problemas filosóficos, aquí tiene uno: ¿los votos de todos los ciudadanos tendrían que valer lo mismo, como opinan los tratados de derecho, y como deseaban, según dicen algunos, los fundadores de la nación? ¿O el valor del voto dependerá de la sabiduría, el poder y la influencia... es decir, el dinero... del votante? Este problema filosófico es suyo, no mío, ¿me entiende? Yo soy un hombre práctico que está enrolado en las fuerzas de Fowler Schocken».
El protagonista cae en desgracia, y esa visión supremacista e indolente del mundo se tambalea cuando se ve obligado a contemplar la pirámide desde abajo, y además con toda la experiencia que tiene de primera mano sobre cómo la publicidad y las estrategias de mercado explotan la sociedad de consumo. Mitchel Courtenay no deja de ser un felino de garras afiladas acostumbrado a la sangrienta sabana de los rascacielos de oficinas, así que las consecuencias de este trance no se harán esperar.

El consumidor como clase social
Los esclavos ya no solo debemos trabajar, como ocurría en la era industrial. Ahora el paradigma es otro, y con él cambian las prioridades. La población debe, ante todo, consumir, devorar el excedente que ella misma ha generado, mientras los corporativos se lucran como arancelarios de ese flujo de bienes y servicios totalmente innecesarios, cuya demanda controlan mediante la nueva religión: la publicidad.

El nivel al que llega la especulación en todas las áreas (sobre todo social, científica y técnica) lo descubriréis en el libro. Lo importante es que el asombroso nivel de acierto y el alcance y la profundidad del cambio que vive el protagonista bien valen en mi opinión una inclusión de esta obra entre los primeros títulos de las listas de distopías, por supuesto, pero también de toda la ciencia ficción. Si no la habéis leído, corred a hacerlo. Nunca ha estado tan vigente como lo está hoy en día...

martes, 4 de marzo de 2014

Varias noticias

Un título muy soso, ya lo sé, pero es que lo que os presento hoy es exactamente eso; se me acumulan las novedades, empezando por la antología que ha acaparado las últimas entradas, Hasta siempre, princesas, que aunque todavía no está disponible en la web de Libralia, ya podéis pedir en librerías y en Amazon. Así que ya está, dese por anunciado y hágase saber en cada punta del reino etcétera, etcétera:

También me enteré hace unos días de que me habían publicado un microrrelato... en diciembre, hace dos meses y pico, y yo sin saber nada, que me enteré por pura casualidad. El certamen era de 2012, dos años atrás, y ni me avisaron ni me consultaron para publicar mi relato (que no había sido seleccionado), pusieron mi nombre completo (que no es como yo firmo mis escritos) y en fin, varias cosas se han confabulado para que lo que a priori era una noticia agradable me haya dejado bastante frío. 

El libro de marras.
El relato que han publicado es Tercer día en el océano de color púrpura, que pudisteis leer aquí mismo y que, la verdad, no creo yo que reúna calidad literaria como para publicarlo en papel. Ni yo ni los jueces, que ni lo eligieron como ganador ni como parte del amplio número de finalistas. Aquello no me parece injusto para nada porque ya digo que ni el microrrelato es un género que considere mío ni este relato en concreto es ninguna maravilla, pero la organización ha optado por publicar todos los relatos, del primero al último y sin importar la calidad, y eso ya no me gusta tanto, porque (además de que repito, es un fallo muy grave en las formas no avisar siquiera la publicación al autor y no consultarle la identidad con que quiere figurar) yo defiendo una publicación literaria responsable, por criterios artísticos y de calidad. Según ellos, lo de publicar el mogollón de relatos lo harían para que el público pueda evaluar la decisión del jurado. Yo, que soy más desconfiado y sigo esa premisa del cui prodest, he pensado que oye, publicar a unos trescientos autores que probablemente no hayan publicado nunca a uno por página y que cada uno te compre por amor propio (comprensible) uno o dos libros a quince euros está bastante bien, si echamos cuentas. 

Malpensado que es uno... lo dicho, que si por mí fuese mi relato no aparecería en ese libro. Será la primera vez que una publicación mía no tenga copia del ejemplar en mi estantería, pero para mi propia sorpresa no me importa demasiado.

[Actualización 06/03/2014]
Aquí os dejo esta fotografía que nos enseñaba hoy una compañera, para que os hagáis una idea de la calidad general de la edición (por si el resto fuera poco):
La banda negra tapa el inicio del micro ganador.

Pero no vamos a terminar así la entrada... tengo una estupenda noticia, y es que esta mañana Marian Womack de Nevsky Prospects (y del proyecto editorial hermano Fábulas de Albión) se ponía en contacto conmigo para confirmarme que un relato mío que algunos ya conocéis pasará a formar parte de la antología digital en inglés The best of spanish steampunk. Viendo la devoción y el mimo evidentes con que trabajan en Nevsky, y si tenemos en cuenta mi lado anglófilo, no podía estar más contento.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Más sobre Hasta siempre, princesas

Nuestra antología alrededor de la figura de la mujer ya casi está aquí. Vamos, que falta nada y menos, tan poco... que (aunque aún hay que esperar un poco para que esté a la venta) yo ya he recibido mi ejemplar en casa.

Ahí lo tenéis, bien acompañado por parte de la sección de ciencia ficción:

Así que como lo prometido es deuda y ya se va comentando por Facebook, os presento a los dieciséis autores que hemos colaborado en este proyecto, con la inestimable presencia de L.G.Morgan como prologuista y haciendo un especial énfasis en el trabajo realizado por José Luis, que además de participar con su relato ha sido nuestro coordinador e ideólogo a lo largo de estos meses locos.

Estos son los relatos en orden de aparición en el libro:

1. La venganza eterna (Ángeles Mora)
2. La mujer con alma de cuervo (Rebeca Gonzalo)
3. El celo trastornado
(Gervasio López)
4. La portadora del mal (Manel Güell)
5. Las dos muertes de la espía (Cristóbal Sánchez Morales)
6. La señora de las manzanas (Ana Morán Infiesta)
7. Los fantasmas del pasado (Juan Ignacio Vidal)
8. La elegida de Amón (Beatriz Troitiño)
9. La dama carmesí (Tony Jiménez)
10. La vieja Pata de Hueso (Juan Angel Laguna Edroso)
11. La prueba de la serpiente (Elena Montagud)
12. El corazón solitario (David Gómez)
13. La voz del viejo Mississipi (Luisa Fernández)
14. La reina de la tierra (Anna Morgana Alabau)
15. Los ojos de piedra (José Luis Cantos)
16. La Francia de los cinco años (Pedro Moscatel)

Cada uno de nosotros hemos elegido a una mujer de la historia o la mitología para centrar nuestros relatos en torno a ellas. La Pandora enviada como castigo divino, la legendaria pirata Anne Bonny, la temible Isabel Báthory, o la no tan lejana en el tiempo Janis Joplin, la bruja blanca del rock. ¿Que a quién he elegido yo? Pues la pregunta tiene trampa, y el relato sorpresa. ¿Por qué creéis que está el último? No puedo contaros más, tenéis que leerlo. 

Pronto (os avisaré) podréis haceros con el libro en vuestra librería o en la web de Libralia. Mientras tanto y por si los títulos de los relatos no os dan bastantes pistas sobre la identidad de nuestras princesas, aquí tenéis el booktráiler creado para la ocasión:

viernes, 21 de febrero de 2014

Hasta siempre, princesas, próximamente a la venta

Me hace mucha ilusión poder presentaros por fin este libro. Cuando os hablaba de Ciencia y revolución, mi próxima novela (para la que todavía tendréis que esperar un poco más) ya os adelantaba que si había entrado en contacto con Libralia, la editorial que va a llevarla adelante, había sido gracias a otro proyecto grupal del que todavía no os podía decir nada. Pues fin del misterio, porque el proyecto era este, y esta misma mañana se hacía oficial con el anuncio en el Facebook de la editorial:
«Nuevo viernes, nueva propuesta. Esta semana os proponemos un nuevo libro para que el fin de semana sea aún mejor. De Juana la loca a Janis Joplin. De La Mona Lisa, a Elizabeth Bathory. De Medusa a Mata-Hari. De Eris a Morgana… "Hasta siempre, princesas" es una colección de relatos en los que la mujer —representada por una diversa gama de personajes cruciales tanto en la historia, como en el folclore— es la protagonista. Venganzas, suspense, terror, narraciones históricas, revisiones de mitos… Fantasía y realidad unidas de la mano para conformar un viaje a través del tiempo y la imaginación. Un viaje en el que la única premisa es la fuerza y la garra del equivocadamente conocido como “sexo débil”.»
¿Qué os parece? La antología, coordinada por José Luis Cantos, reúne las historias de un buen equipo de compañeros, entre ellas mi relato La Francia de los cinco años, que cierra la colección. Como siempre os avisaré cuando esté a la venta y os iré dando noticias... de momento, y para que vayáis abriendo boca, os dejo la portada que también ha desvelado hoy Libralia:
 

miércoles, 19 de febrero de 2014

12 cosas que todo escritor novel debería saber

Este blog, lo decía el otro día, comenzó al mismo tiempo que mi aventura como escritor novel. Mi yo de diecinueve años intentaba asomar la cabeza y abrirse paso en ese nuevo mundo de gente que no se conforma con escribir y enseñárselo a amigos y familia, sino que además tiene la temeridad de intentar publicar sus historias para que las lea todo el mundo. Bueno, tal vez no todo el mundo, claro, pero sí una fracción aceptable. Al menos más gente de la que cabe en nuestro salón, ¿es mucho pedir eso?

Ahora tengo veintitrés, que sigue sin ser demasiado pero ya es otra cosa. Va a salir a la calle mi segunda novela y tengo varios relatos publicados en papel, he evitado pisar las minas del camino (estafas, engaños, coediciones y autoediciones) y he conocido a mucha gente genial pero, ¿os cuento un secreto? Ahí va: sigo atravesando un montón de incertidumbres, tengo una tonelada de anhelos todavía por cumplir y mucho trabajo cuya recompensa es incierta. Sigo sintiendo que acabo de llegar y que mañana podría ocurrir cualquier cosa. Y me encanta. 

Así que, aunque sigo siendo un recién llegado y mi experiencia no es más válida que la de nadie, aunque internet está lleno de este tipo de artículos (algunos escritos por ese yo de diecinueve años del que hablábamos antes, el mismo que a veces hace que me entren ganas de comprar un Dlorean), ahí va el mío:

12 cosas que todo escritor novel debería saber

1. El mundo es una mierda. Sí, es un principio duro, lo sé, y lo siento. Pero es que es muy importante. Yo soy un tío positivo, uno de esos que siempre le ven el lado bueno a todo, uno de esos tan felices que a veces te apetece darles un puñetazo en la boca del estómago para que dejen de contarte lo bonito que es todo. Pero no soy idiota, y sé que el mundo está lleno de desgraciados. Como escritor novel eres una persona que quiere algo, publicar. Como persona que quiere algo, eres susceptible de ser engañado por un desgraciado. Así que mucho cuidado: ahí fuera hay estafadores y timadores que querrán sacar dinero de tu obra sin retribuirte, hacerte pagar por publicar, robar tu autoría... incluso hay gente que te hará la vida imposible o te desprestigiará profesionalmente por una discusión tonta en internet o por la razón más antigua: porque sí. Mucho cuidado...

2. El mundo, por otro lado, es genial. Contradicciones a mí... ja. Hay desgraciados, sí, pero pronto verás que no son tantos. También hay mucha gente genial, gente con la que merece la pena hablar, compartir, debatir, gente de la que aprender y junto con la que crecer. Así que escribe en foros, hazlo con humildad y exponte a críticas, debate, aprende. Muévete. Lee blogs, crea uno si no lo tienes (además es un ejercicio genial que te ayudará a ser mejor escritor y a tener constancia), mantente al día. Ve a convenciones, charla con editores y escritores. ¡Empápate de ese mundo, si tú también quieres ser una parte de él! Seguro que de regalo te llevas un buen puñado de amistades.

3. Nadie empieza bien. Y punto. Nadie. Nadie, nadie, nadie. Yo publiqué a los veinte la primera novela que escribí, El rebaño del lobo. Tuve muchísima suerte, ya había escrito muchos relatos y fragmentos de novelas antes de eso y a pesar de todo el libro no es ni mucho menos perfecto, es una novela de juventud con sus defectos inevitables. Hay gente que publica una primera novela genial, estupenda, maravillosa, revolucionaria. En los periódicos se lee: "la mejor ópera prima de la década", y otras cosas por el estilo. Pero no, no te engañes: antes de esa el autor ha pasado años escribiendo, mejorando su técnica y confeccionando novelas, aunque hasta ahora no ha conseguido publicar. No hay otro misterio. No hay apenas genios, y desde luego tú no eres uno. Si lo fueses, si fueses el tipo obsesivo de persona capaz de olvidarse de comer y dormir durante días enteros, capaz de escribir un novelón en una semana, te diré que aun así tienes que aprender primero y trabajar, trabajar muchísimo. De eso no se libra nadie.

4. Registra. No es broma. Merece la pena. Ahora hay opciones privadas, como safecreative, que no entraré a valorar. Lo importante es: consigue que haya constancia con peso legal de que reclamaste la autoría de tu obra antes que un posible plagiador. El Registro de la Propiedad Intelectual es la opción que hoy por hoy da más garantías.

5. Tu tiempo y tu trabajo son valiosos. No envíes tu obra al tuntún, porque estarás perdiendo un tiempo valiosísimo, exponiendo tu texto y tal vez destruyendo oportunidades de publicar otras obras en el futuro. En lugar de ello investiga. Envía tu manuscrito a aquellas editoriales que publiquen libros como el tuyo y no pierdas el tiempo con otras. Envía tu manuscrito a editoriales que en su web anuncien que reciben manuscritos, porque muchas veces las editoriales cierran la recepción cuando están saturadas. Envía tu obra correctamente: si te dan instrucciones en la web de la editorial, síguelas a pies juntillas. Si no, en general siempre es positivo redactar un e-mail educado pero en tono personal, sincero, sin darte aires, explicando claramente y en un par de líneas lo que ofrece tu novela. Puedes adjuntar en este e-mail una breve propuesta o esperar a que la soliciten; la propuesta deben ser un par de hojas como mucho, con un resumen muy breve de tu obra, las razones por la que crees que podría interesarles (personaliza, si envías a varias editoriales haz cada una diferente: a nadie le gusta que le envíen un texto frío y genérico, y a los editores tampoco) tus datos y alguna información de interés (si has publicado algo anteriormente, si tienes un blog...). Si en la web de la editorial no lo solicitan y si desde la editorial no te lo piden, no envíes tu manuscrito. Espera siempre a que te lo pidan.

6. Nunca jamás deberías pagar por publicar. Ya lo comentaba nuestro amigo Watson en su blog. Esto debería ser de sentido común. Oye, has trabajado, has sudado tinta, y tu novela está lista. Si es interesante, con esfuerzo y compromiso de tu parte puede que consigas que un editor quiera publicarla en su sello. Si no es así, sigue intentándolo, y mientras lo haces, sigue escribiendo. No hay otra fórmula, y finalmente lo lograrás. ¿Que te piden un dinero por publicar tu obra? Di: no. Insúltales si quieres, ignórales, haz lo que te plazca, pero siempre di: no. Si tu texto es bueno entonces tiene un valor artístico y económico, por lo que siempre deberías obtener algo (aunque sea un pago simbólico) a cambio de él. Lo normal es que cobres un porcentaje de entre el diez y el quince por ciento del P.V.P. de cada ejemplar. Ahora bien, ¿además de que cedes tu texto, te piden que pagues un dinero? Huye. Te están estafando, te quieren robar los muebles y aun encima enviarte la factura del camión de mudanzas. Ni se te ocurra. Muchos escritores que caen en esto se arrepienten con el tiempo, ven que sus obras no han sido bien publicadas o que tal vez su calidad no era la que debería haber sido, se avergüenzan de haber publicado mediante este sistema y son rechazados por otros escritores y muchos lectores. No merece la pena, y trabajando duro y con constancia puedes convertirte en un auténtico escritor profesional o semi profesional. Cuando consigas publicar tu obra por sus méritos literarios y no a cambio de dinero, entenderás lo que es sentir tu trabajo reconocido.

7. Escribir no es ir en bici. Esto se olvida. Te lo digo yo: pasa un par de meses sin escribir y habrás perdido forma hasta un punto que no creerías. Así que ya sabes, si todos los grandes lo dicen es por algo: escribe todos los días. ¿Eres vago o caótico? Pues si un día no puedes escribir, al siguiente el doble. Si no avanzas con tu novela escribe un relato, y si no una entrada para tu blog o cualquier cosa que se te ocurra, pero construye cada día párrafos y oraciones, estructuras narrativas, diálogos y personajes.

8. Tienes que amar las letras. No existe en todo el mundo un buen escritor que no disfrute leyendo. Seguro que si estás aquí y quieres convertirte en escritor no tengo que decirte esto, pero lee a diario, lee tanto como puedas. Lee a grandes autores, los mejores que encuentres, y siempre intenta aprender, pero sobre todo disfruta. Después, analiza por qué has disfrutado; si lo averiguas, incorpóralo en tus textos.

9. Tienes que pensar a lo grande. Vende tu coche por diez mil, y alguien te dará siete mil. Véndelo por siete mil... y no sacarás más de cinco mil. ¿Jodido, eh? En esto de las letras, como en todo lo que la vida puede ofrecerte, tienes que apuntar muy alto, todo lo que puedas. Si tu objetivo es ser un escritor conocido y exitoso, que publica en las mejores editoriales y es traducido a muchos idiomas, trazarás un camino que puede llevarte hasta allí o hasta algún punto entre ahora y esa meta, lo que también está genial. Porque piénsalo: si tu objetivo es publicar en Amazon, no trazarás un camino que pueda llevarte a ningún sitio más y es probable que nunca llegues a nada. Conseguir lo que quieres puede ser difícil si te esfuerzas, o imposible si no lo intentas. Visualiza siempre tu futuro y traza objetivos.    

10. No eres el mejor escritor del mundo ni lo serás nunca, pero a veces tienes que creer lo contrario. Aquí nos jugamos muchas cosas. Horas de trabajo, de sueño... ponemos en juego otras profesiones, familia, pareja... y durante años es probable que no recibas nada a cambio. En esa situación es fácil pensar que el sueño nunca va a llegar, que esto de escribir es una locura... en esos casos, es necesario tener autoestima. No beses el espejo, pero tampoco seas injusto contigo. Ten fé en tu obra y sigue siempre hacia delante. Vive a base de macarrones, olvida lo que era dormir siete horas seguidas, pero no te rindas. 

11. A pesar de todo puede que no valgas para esto. Otros no te lo dirán, porque hay quien prefiere mentir a dar malas noticias, pero podría ser. Puede que no le dediques tanto tiempo como debieras, puede ser que por lo que sea ese talento no esté en ti... oye, vete a saber por qué, pero a veces pasa. ¿Y qué? Yo dibujo fatal, horriblemente, pero a veces me gusta hacerlo. Hago un garabato porque me relaja hacerlo, lo guardo y me quedo muy satisfecho. Hey, si no vales para escribir, tal vez tú sí que seas buen dibujante, o músico, diseñador, ingeniero, monitor de deportes de riesgo...

12. Nunca se termina de aprender. Esto debería saberlo todo escritor, novel o no. ¿Stephen King? Él también la caga. ¿George R. R. Martin, Paolo Bacigalupi? La cagan, claro que sí. Todavía aprenden, y todavía son falibles, y todavía están experimentando. A un nivel mucho más mundano, muchos escritores que conozcas publicarán un par de libros y se creerán la nata, te mirarán por encima del hombro y fingirán que ya lo saben todo. No admitirán delante de ti que están, por lo menos, tan perdidos como tú, si no más. Ten siempre presente esto. Puede que tú también caigas en esta trampa, nunca se sabe, así que vigila tus propios pasos. Todos, absolutamente todos, aprendemos todavía, tan perdidos y confundidos como el primer día. Habrá quien te dé la mano, y habrá uno o dos despistados que te pongan la zancadilla. Porque vamos todos juntos en esto, para bien o para mal. 

Así que recuerda. Ahora que sabes esto (seguramente ya lo supieses de antes, ¿verdad?), cuando seas mejor escritor que yo y hayas publicado mucho más, cuando hayas alcanzado el éxito internacional y vendas camiones de libros a cada segundo, no me vayas a poner la zancadilla. Yo solo soy otro escritor con más o menos arte, pero que ama lo que hace.

domingo, 16 de febrero de 2014

Relato: La hiel en los labios
























José Mariá accionó la grabadora.

—¿Se encuentra bien? —dijo, sentándose con torpeza en una orilla de la cama de hospital—. Podemos hacerlo en otro momento.

—Eso dice… pero ya ha activado la grabadora —dijo el convaleciente, y Mariá tuvo la decencia de mostrarse avergonzado—. No, me encuentro bien, y usted ha venido de muy lejos. Hagámoslo.

El divulgador carraspeó antes de adquirir su habitual entonación radiofónica.

—Dígame su nombre, Fernando. Para que conste en la grabación.

—Soy Fernando Lasanta Marcial.

—Repito para que conste lo que conozco de los hechos, según me hizo usted llegar en su mensaje. Sufrió un accidente el pasado seis de junio, cuando el ascensor en que viajaba con otras tres personas tuvo una avería crítica.

—Así es.

—Con motivo de dicho accidente, le sobrevino a usted un fallo cardiorespiratorio que le ha mantenido en estado de coma durante más de dos semanas. Dos personas murieron tras la caída del ascensor. La otra superviviente, una niña de seis años de edad, entró también en estado de coma.  

Fernando inclinó la cabeza.

—¿No es así Fernando?

El hombre suspiró.

—Eso me han dicho —asintió.

—Y usted, me decía en su  mensaje, tuvo lo que se conoce habitualmente como una experiencia extracorporal.

Fernando Lasanta se incorporó levemente. Mariá colocó otra almohada bajo la nuca del anciano coronel.

—Iremos más rápido —dijo Fernando— si me deja hablar a mí.





Fernando da dos pasos hacia el espejo. Se acerca tanto que tiene que contener el aliento para que el vaho no empañe el cristal. Entorna los ojos. Las gafas combaten la miopía, sí, pero las cataratas no hay lente que las despeje. Su escaso pelo está ordenado. Se ha afeitado bien el rostro, y las patillas están igualadas. Tiene pelo en la nariz. ¿Cuántos años hace que comenzó a salir? Siempre le dio asco el pelo en la nariz. Pero el vello puede cortarse; para sus arrugas, profundas y cetrinas, no hay solución.

—¡Detenga el ascensor! —ruega una voz de mujer.

—¡Para, que subimos! —grita, mucho más alto, la voz de una niña, y ese grito parece fuera de lugar en este edificio gris. Fernando sonríe, pero lo hace para sí, de esa manera privada que no alcanza el rostro, en una costumbre que arrastra desde la instrucción. ¿O le viene de antes, quizá?

Mira angustiado hacia el cuadrante de botones borrosos, sin saber qué hacer.

—Gracias por nada —resopla la mujer, tras contener las dobles puertas con la mano. Ha llegado por muy poco. Fernando, como de costumbre, se siente inútil e incómodo. Por otro lado y también como de costumbre, su mirada es altiva y orgullosa.

—Buenos días —dice un joven con uniforme de repartidor, que se ha colado tras la madre y su hija. Pulsa un botón. La madre otro. Fernando empieza a transpirar.

—Disculpen —ordena más que pide, y cuando le ceden espacio se inclina ante los controles del ascensor. Si fuesen de cristal o espejo, se empañarían también. Pulsa el botón para la décima planta y casi siente el ceño fruncido desaparecer del rostro de la madre, tras él, sustituído por la lástima y la compasión. Pero Fernando prefiere los ceños fruncidos.

—El osito no dormía y su mamá le daba miel. Si el osito se dormía se la untaba por los pies.

Fernando mira a la niña. Esta deja de cantar y mira hacia arriba, a punto de descoyuntarse. Sonríe entornando los ojos, mostrando orgullosa sus escasos dientes de leche.

—Hola tú. ¡Yo soy una niña!

Fernando frunce el ceño. Ella sonrié más todavía. Y finalmente ocurre. Por primera vez en años, más de los que quiere admitir, el coronel sonríe. La madre trae a la niña hacia sí, y le lanza una mirada adusta a Fernando. El repartidor le mira con fijeza, lo que a Fernando le parece toda una impertinencia.

La luz se apaga.

Suena un golpe.

La luz vuelve.

Se va definitivamente.

Notan la aceleración.

Un sonido chirriante.

Dolor, un quedo llanto infantil, y después silencio en la oscuridad.

Mueren uno a uno.





—No es fácil de explicar —dijo el coronel Lasanta.

—No se contenga, Fernando. Habla con alguien deseoso de entender.

El coronel resopló, pero no había dureza en su mirada.

—No vi mi cuerpo, desde arriba, ni tampoco mi vida pasar ante mis ojos. No estaba a oscuras, porque para ser consciente de la oscuridad hay que recordar la ausencia de luz, ni tampoco en un túnel de luz, porque la luz no baña lo que hay más allá de la oscuridad. Estaba… más allá. Y «allá» no es una palabra que sirva. Tampoco «fuera», «entonces»… ni «yo», ni siquiera «ser». No se puede explicar lo que viví, al menos no completamente, pero el modo que mejor se me ocurre es este: me sentía como debería sentirse el recuerdo de algo que todavía no ha ocurrido.

José Mariá alzó las cejas. Fernando Lasanta no reparó en ello. Siguió hablando, con la mirada vidriosa y perdida en la lejanía del techo de la habitación de hospital.





Un retazo de conciencia, una levísima diferencia entre «yo» y «todo lo demás» que no recuerda el significado de la palabra alma, que no recuerda lo que es una palabra, ni un símbolo ni un significante, flota en el mar de frío absoluto que hay más alla del ubicuo campo de Higgs. «Aquí», a falta de una palabra mejor, todo ocurre al mismo tiempo, o eternamente en una divergencia en que los momentos no son consecutivos. Cada patético pensamiento de Ello ocurre en un instante que termina antes de comenzar, y que sin embargo podría medirse en infinitos cuantos de metrónomo, si tal cosa fuese posible en este mundo, por definición, inmaterial.

El conocimiento no es relevante para Ello. Tiene una vaga noción de todo lo que existe en su inmediatez, y esto es todo lo que puede decirse en palabras humanas sobre lo que siente y percibe de este lugar que llamaremos Aquí. Hay cosas. Cosas que no son Ello, y cosas que no son Aquí. Son otros Ellos, comprende Ello. Dos Ellos grandes y estáticos, y un Ellos más pequeño. El Ellos pequeño es inquieto y recorre el Aquí, aunque no se mueve en un sentido newtoneano de la palabra. De los otros Ellos, uno encoge, transmite confusión, indiferencia. Otro emite una sensación de anhelo, y esa sensación se estira y apunta al Ellos pequeño, que ha dejado de sentirse en el Aquí que Ello es capaz de percibir.

Hay otras cosas, Más Allá. No son Ello, ni Ellos, ni Aquí. Pero llenan el Aquí, de manera desordenada pero implacable. Y sienten, sienten en dirección a Ellos. El suyo es un sentimiento angustioso que le trae a Ello extraños sonidos: «violencia», «lujuria», «odio»… «hambre». Ello siente miedo, aunque no es capaz de entenderlo, cuando percibe la elongación de ese sentimiento que roza su posición en el Aquí. Ello es «yo», razona. «Soy». Y las Cosas de Más Allá se alimentarán de lo que Ello significa, y Ello dejará de ser. «Moriré».

Fernando cae en la cuenta de que los Ellos ya no están. Las Cosas de Más Allá estiran sus garras incorpóreas, abren sus fauces de la longitud de galaxias, y… un momento. ¿«Fernando»? ¿«Garras», «fauces», «longitud»?

Ello intuye esas nuevas Cosas con curiosidad. «Palabras», resuena en algún rincón de su conciencia, y esa vibración es en sí misma otra de estas Palabras.

«Soy» repite, y esta vez no se conforma con ello.

«Soy Fernando. Yo soy Fernando.» 

El conocimiento de algo que no está Aquí, que no proviene de Aquí, el conocimiento del concepto mismo de la existencia, abruma a Fernando como ocurre (ahora lo sabe) con la mente límbica del recién nacido. En breves instantes de eternidad al margen del tiempo, Fernando Lasanta es consciente de lo que es cognoscible más allá de los muros de la mente. Se gira una última vez y le sostiene una mirada a aquellos ojos sin pupilas, antes de regresar.





José Mirá apagó la grabadora.

—Está usted decepcionado —dijo el coronel Lasanta—. ¿No es lo que esperaba?

—No, no es eso —mintió José—. Es una historia increíble. Me pondré en contacto con usted si la emitimos.

Fernando Lasanta se encogió de hombros.

—Un momento —dijo, cuando José ya se dirigía hacia la puerta—. Esa niña, la que dicen que sobrevivió, ¿la ha visto usted?

José negó con la cabeza. No le mencione nada acerca de la mejoría de la niña, le había dicho el psiquiatra que llevaba el caso del coronel Lasanta. Es muy inestable a este respecto.

—No la he visto —dijo.

—Si la ve, ¿me hará un favor? —dijo Fernando Lasanta, con la voz firme pero un acusado temblor en las manos.

—Claro —volvió a mentir José.

Una lágrima rebasó el lacrimal del anciano.

—Dígale que ahora soy yo el hambriento.

José, airado, abrió la puerta.

—¡Entropía! —oía todavía la llamada de Fernando Lasanta, mientras recorría los pasillos del manicomio—. ¡ENTROPÍA! 





FIN