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domingo, 15 de septiembre de 2013

Descendencia extraterrestre



Una bandera, una pose heróica y un montón de té echado a perder: un inicio para este artículo que puede resultar extraño pero que no es casual. 

Estados Unidos: la colonia emancipada de la metrópolis, la nación que surgió fuera de lo que, hasta poco tiempo antes —en términos históricos—, era considerado el mundo civilizado. No fue la única colonia que vivió su revolución americana, bien lo sabe latinoamérica; pero fue esta la que hizo cundir el ejemplo liberal en tierras galas, la que domó el capitalismo, se convirtió en imperio, y en política acabó relegando a un segundo lugar (después tercero, y cuarto....) al que fuese primer hogar de los colonos: la vieja Europa. 

Nueva Orleans no es Francia, ni Boston es Irlanda. No había en Estados Unidos holandeses, belgas y noruegos, después polacos, húngaros y armenios, después gente de todo el globo. En Estados Unidos lo que hubo desde muy temprano fueron estadounidenses, o como ellos lo llaman, americanos (sin olvidar aquello del origen: ciudadano norteamericano de origen indú, ese resquicio de pertenencia a una cultura milenaria).

Fue leyendo a Asimov, hace unas semanas, en concreto Los robots del amanecer, cuando un párrafo me hizo pensar en algo en lo que por otro lado ya había pensado antes, pero esta vez de otra manera. El párrafo en cuestión no lo recuerdo, pero el pensamiento sí y era el siguiente: del mismo modo que los colonos británicos en norteamérica, así como cualquier otro grupo de colonos en America, África y Oceanía, desarrollaron ese sentimiento de independencia, ¿no sería lógico pensar que lo desarrollarían los colonos que enviemos al espacio?

Es un pensamiento que no solo puede parecer pueril sino además obvio, soy consciente, pero así empiezan la mayoría de ejercicios especulativos. Y sí, ya se ha escrito sobre colonias espaciales que se vuelven contra la Tierra, también lo sé. Pero no creo que fuese lo mismo hablar de esto entonces, en los años treinta, cincuenta y aun ochenta, que ahora, cuando la sonda Voyager ha abandonado la heliosfera, nuestros robots recorren suelo marciano, el gigante —¿obsoleto?— que es la estación espacial internacional aununcia su retirada y da paso a una nueva carrera espacial en el espacio inmediato y la Luna, las iniciativas privadas alcanzan a sus homólogas gubernamentales en proyectos increíbles como el cohete grasshoper de space-X o incluso proponen establecer una colonia humana en Marte a un cortísimo plazo.

La colonización del espacio está en boca de todos los grandes gobiernos. Para empezar, es obvio que esta colonización podría quedarse en poco más que una presencia robótica o de un mínimo de personal, llegado el caso. Pero, ¿y si...? —aquí es donde entra la especulación—, ¿y si hubiese una gran presencia humana fuera de la Tierra? En la Luna, en Marte, en Europa (el satélite de Júpiter), en una estación artificial, no importa donde pero fuera de la Tierra. En cincuenta, cien o ciento cincuenta años, tampoco importa cuando. 

Las colonizaciones suelen comenzar todas igual: lo haremos por el bien de la Tierra. Tanto como decir que lo hicimos por el bien de Europa. ¿Y qué ocurrió cuando los colonos dejaron de ser europeos y se convirtieron en otra cosa? ¿Y cuando los colonos dejen de ser terrícolas, y tomen conciencia de su nueva identidad, una identidad —y perdón por el efectismo pero es así— extraterrestre? 

En la historia el colonialismo tuvo consecuencias que todos conocemos para la población indígena, pero también para las generaciones posteriores de la propia fuerza colonial, que en la mayoría de casos desarrolló (bien en justicia, bien por ambición, no viene aquí al caso) sentimientos de independencia. ¿Qué podemos esperar del escenario tan diferente que se nos presenta, y al mismo tiempo tan plagado de paralelismos con el pasado? 

A cuestionar esos esquemas de colonización espacial en nombre de la Tierra y la humanidad va la siguiente pregunta: ¿qué obligación sentirá hacia la Tierra el nieto del nieto de un hombre nacido a millones de kilómetros de la Tierra? ¿Se seguirá sintiendo humana, originaria de la Tierra, nuestra futura descendencia extraterrestre?

lunes, 9 de septiembre de 2013

A la venta Calabazas en el Trastero XIV: Creaturas


Ya se puede comprar el número XIV de la publicación ganadora de dos premios Ignotus que, a este paso, ya empieza a ser longeva (y lo celebramos). Podéis comprar este número y cualquiera de los anteriores en la web de Saco de Huesos y, de paso, leer mi relato Recuerdos en la sangre.

martes, 27 de agosto de 2013

Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester





Texto de contraportada (Gigamesh):

En el siglo XXV, cuando las técnicas de teletransporte han cambiado de forma radical la sociedad, un hombre impulsado por pasiones incontenibles emprende una carrera desesperada por cambiarse. Gully Foyle fue abandonado a su suerte y logró sobrevivir milagrosamente a una situación desesperada: desde entonces acumula riquezas y poder con un único objetivo: la venganza.

Las estrellas, mi destino es uno de los textos de referencia de la ciencia ficción, una novela de cabecera perenne desde su publicación original en 1956. Un libro explosivo, rebosante de ideas e inevitablemente seductor al que se vuelve, una y otra vez, con placer renovado.


Tengo muchas cosas que decir acerca de Las estrellas, mi destino, publicado anteriormente como Tigre, tigre, y sin embargo voy a tener cuidado de decir cuantas menos, mejor. Esto se debe a que un par de personas, los mismos que me recomendaron la novela varios años atrás (y les estoy muy agradecido por ello), no pudieron evitar la tentación de contarme la trama y fastidiarme en parte la novela (y les deseo todo lo peor por ello). Menos mal que ha pasado un tiempo desde entonces hasta que he podido encontrar y leer por fin el libro, y que mi memoria para este tipo de cosas siempre ha sido bastante mala, porque así he podido disfrutar al completo de la obra de Bester. Sí, me quejo de vicio... pero es que este es un texto que hay que leer sabiendo poco. Muy poco. Cuanto menos mejor... pero no por eso dejéis de leer mi reseña, ¿eh?

El planteamiento de la trama es básicamente el que habéis leído en la contraportada, y parte de la siguiente premisa: en algún punto del futuro (cinco siglos desde el punto de vista de Bester, lo que le da bastante margen de especulación), el ser humano desarrolla la habilidad de teletransportarse o jauntear, verbo que honra al investigador, apellidado Jaunte, que realiza este fenómeno por primera vez en un medio controlado.

En este ambiente en el que cualquiera con la habilidad suficiente puede presentarse en la cámara acorazada de un banco suizo, escapar de los muros de una cárcel o irrumpir en, qué se yo, la ducha de Scarlett Johanson, no hace falta decir que la sociedad sufre una transformación total que abarca desde la política espacial a el protocolo más básico, pasando por el comercio, el transporte o, por qué no, el puritanismo.

Hasta aquí el contexto inicial. 

La trama en sí nos presenta al protagonista, Gully Foyle, un hombre que nunca ha destacado en nada y cuya máxima es la ley del mínimo esfuerzo. Gully es el único superviviente del naufragio espacial de la nave Nómada, y comienza a perder la cordura en la fría soledad del espacio, escatimando el poco aire respirable y la comida enlatada que quedan a bordo. Es entonces cuando una nave, la Vorga, pasa muy cerca de la Nómada. ¡Foyle está salvado! Lanza sus bengalas, se deja ver por la Vorga... y esta pasa de largo, condenándole a una muerte segura en el espacio.

Todos los desquiciados restos de mente consciente que le quedan a Gully Foyle se centran en un único objetivo: venganza. Destruir la Vorga, destruír al capitán de la Vorga, hacer que quien sea que dio esa orden pase por el mismo horror que ha tenido que pasar él.

Las aventuras y desventuras de esa venganza forman un relato trepidante, rápido, crudo y repleto de buenas ideas, algunas de ellas buenísimas. Se plantean cuestiones filosóficas y humanas, pero también especulación a muy distintos niveles, y Alfred Bester alardea de un hondo conocimiento de la psicología humana: solo así se explica que goce de un cinismo tan inteligente, que le permite reclutar un elenco de personajes en el que no hay buenos ni malos, héroes ni villanos. Solo hay personas enfrentadas a sus distintas situaciones.

Y el final... qué decir del final. Nada, supongo, salvo que tenéis que leerlo. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Nano-relato animado: Anochece


La noche cayó...

...al horizonte de abajo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Síndrome postvacacional

Pues sí, vuelvo con esta entrada después de un inmerecido descanso (inmerecido, sí, porque de todos modos tampoco es que actualice tan a menudo) y vuelvo con ganas renovadas. Una especie de síndrome post-vacacional, pero a la inversa. Tenía ganas de recuperar la dinámica de entradas en el blog, tras un par de meses de mucha, muchísima escritura y también de algunas copichuelas en las fiestas del pueblo, que agosto es lo que tiene.

Hace mucho que no hablo acerca de mis proyectos, y la verdad es que hay algo de esto. Una novela corta y dos novelas antológicas esperan apadrinamiento editorial, mientras continúo trabajando en la gran novela de ciencia ficción que a poquitos ya me ha robado dos años y, cómo no, continúo escribiendo relatos, relatos, relatos. Algo voy publicando; hace un tiempo rehuía los concursos, sin conocerlos, pensando que no eran más que un pozo de intereses que poco tenía que ver con la literatura. Evidentemente no los entendía demasiado bien, porque hay pocas cosas que contribuyan más a la literatura que un certamen realizado con entusiasmo y de forma desinteresada, de los cuales por cierto hay muchos. Así que aunque sigo escogiendo con cuidado (hay bases de certámenes que son para enmarcarlas y echarte unas risas... y otras directamente para denunciar) me presento a convocatorias y certámenes con la tranquilidad de acertar siempre gracias a un asimoviano tricálogo que he desarrollado:

1ª regla de la robótica relatística: Un certamen tendrá siempre como premio mínimo la publicación en papel del relato, en un trato justo para el autor.

2ª regla: Un relatista deberá preferir certámenes que propicien prestigio y reconocimiento en su campo, siempre y cuando al hacer esto cumpla todavía con la primera regla o el prestigio del certamen facilite de facto la publicación en papel por otros medios.

3ª regla: Se deberá huír de un certamen con premio en metálico, siempre y cuando esta regla no entre en conflicto con las dos anteriores.

La tercera regla tiene su razón de ser en que algo de razón tuve al desconfiar de los concursos: no todo lo que reluce es oro. Aunque limitador, mi sistema me evita presentarme a concursos de ayuntamiento cuya única razón de ser es aparentar que se hace algo con la asignación presupuestaria de cultura y en los que el premio se adjudica ab datilem. No digo que esta sea la norma, pero pasa, y no quiero tener nada que ver con ello. Dicho esto, de todo hay; premios como el Alberto Magno de la UPV o el premio UPC de ciencia ficción, por ejemplo, están muy bien dotados económicamente, lo que incumple la tercera regla, pero cumple las dos primeras.

Y bueno, cambiando de tercio, también he leído mucho, muchísimo más de lo que suelo leer, hasta un punto en que apenas reposan las lecturas. Pero dejan poso, vaya que sí, así que os debo un puñado de reseñas escogidas. Las estrellas mi destino, La vieja guardia, El cementerio de barcos... me gustaría reseñar y recomendaros como mínimo estas tres novelas, las tres de las que se leen en un par de días pero en las que se piensa durante semanas.

El verano es un parón para muchos entes muchísimo más importantes que este pequeño blog, como son las editoriales, librerías, asociaciones y portales literarios. Hay dos caras de esta moneda: con el otoño se retoma la actividad, reaparecen las novedades y se acumulan las noticias, certámenes, presentaciones... así que crucemos los dedos y a ver qué trae el curso 2013-2014.

jueves, 4 de julio de 2013

Relato lisérgico: La serpiente

—A la mierda. No necesito esto.
Me levanté de aquel sofá pulgoso, que apestaba a cerveza añeja y meados de perro, y busqué un cigarro en los bolsillos de mi chaqueta.
—Que te jodan, Claude. Estás borracho.
Claro que estaba borracho. Los dos lo estábamos.
—Que te jodan a ti. Me voy al desierto, como hicieron ellos.
—¿Ellos?
—Los Doors, los putos Doors. Voy a cabalgar la serpiente.
Helena me contemplaba con la mirada perdida desde el extremo del sofá, todavía sentada y abrazada a ese chucho.
—Todo este tiempo has estado un poco tarado. Tarde o temprano tenías que volverte loco del todo.
—No me importa lo que me digas. Solo déjame en paz.
—¿Adónde vas? ¿Al desierto?
—Eso he dicho.
—No hay ningún desierto en todo el país, majadero.
—Eso no importa.
—Claro que no.
Sus grandes ojos negros voltearon en el interior de sus cuencas. Me giró premeditadamente la cara para acariciar a su galgo desnutrido.
—El tabaco —dije.
—¿Qué?
—¡El tabaco, joder! A mí no me queda, dame tu paquete.
Me lanzó el cartón directo a la cara, aunque conseguí atraparlo en el aire. Eché a andar sin volver la vista atrás, luchando por no torcerme un tobillo entre las rocas y los ladrillos dejados a lo largo del descampado.
—¡No puedes irte así! —gritó cuando apenas había andado un puñado de metros—. Has tomado mucho ácido.
—Nadie lo llama así, joder. Deja de ver tanta televisión.
—Más te vale beber agua —dijo, y añadió algo por lo bajo. No pude oír lo que gruñía, pero supongo que fue lo mejor.
Faltaba por lo menos media hora para que comenzase el viaje, pero ya empezaba a notar cómo el alcohol me daba una pequeña tregua. Tal vez fuese el viento enfriando el sudor de mi frente, o el olor del arroyo, pero me dió la sensación de que la sangre dejaba de acumularse alrededor de mi cráneo, oprimiendo y latiendo hasta hacerme sentir enfermo.
Caminé sin mirar por dónde iba, y tampoco me importaba una mierda. Chocaba contra las cercas de los sembrados, me magullaba la cara contra las ramas de los árboles y las espigas de hierba alta. Supongo que no me importaba saber hacia dónde me dirigía porque no había ningún sitio en el que quisiese estar. Cada paso era el estúpido intento de alejarme de mis propios pies. Por algún motivo pensé que no era más feliz de lo que había sido una semana antes, antes de conocer a Helena, pero tampoco más desgraciado. Y eso me hizo sonreír durante unos metros.
Me descoyuntaba para contemplar las estrellas mientras caminaba, con la sensación de que mi nuez saldría por mi nuca. Me parecía divertido el modo en que se mantenían quietas, en la distancia. Imaginé a todas aquellas personas mirando al firmamento, pidiendo favores, pidiendo deseos cada vez que veían una estrella fugaz, y aquellos puntos de luz, aparentemente inmóviles, el rostro del universo diciendo sin palabras que todo le importaba una mierda. Esas luces estaban ahí para los buenos y para los malos, para los generosos y para los egoístas, para las beatas y los yonkis, para los santurrones y para los asesinos. Esas luces estaban ahí también para mí.
—A mí tampoco me importáis una mierda.
El retumbar de la serpiente de acero chirriando a su paso sobre las vías me hizo gritar de alegría, saludar con ambos brazos al maquinista del antiguo y oxidado mercancías. «¿De dónde viene?», le habría preguntado al funcionario del ferrocarril. «Llevo maderas a…», puede que contestase (¿maderas?¿en serio?), pero yo le habría interrumpido para entonces. «Le he preguntado que de dónde viene, no adónde va», le diría a aquel triste hombre, el brillo de su juventud oculto muy al fondo, más allá de la base de las cuencas. Él me dedicaría una mirada de lástima. «¿De dónde vengo yo?», le habría preguntado después, ante su silencio, y él, con cierto desprecio educado, me abría empujado lejos de la ventanilla mientras la locomotora se alejaba.
Enjugué mis lágrimas, sorprendido, y reí de nuevo.
No hay derecho a que a un hombre se le imponga la consciencia de sí mismo, pensé, y las palabras perdieron su significado, si alguna vez lo habían tenido, a medida que se iban acurrucando en mi mente.
Oí un ruido de pasos, alguien caminaba en aquel lugar abandonado en que solo estaba yo.
—¡No hay derecho! —grité para asustar a quien fuese que caminase entre las sombras, en la noche, y al mismo tiempo me dí cuenta de dos cosas. La primera: que si intentaba asustarle era porque yo mismo sentía auténtico terror al pensar en el tipo de persona que vagaría por los eriales de madrugada. Y la segunda: que, naturalmente, eran mis propios pasos los que habían aguijoneado al caballo de mi paranoia.
—No me encuentro bien —le dije a la oscuridad.
Y me derrumbé. Tropecé con un arbusto, o con una piedra, o con mis propios pies, y el suelo vino a mi encuentro con una enorme sonrisa sardónica. La mía, mi sonrisa, supo a hierro y sangre cuando me estrellé contra una piedra. Seguro que eso sí era una piedra.
—¿Estás bien? —me dijo la oscuridad.
—No me encuentro bien —le repetí.
—Ven conmigo.
Un par de brazos me alzaron de las axilas, y le miré a los ojos.
—Eres tú, Jim.
—No, no lo soy —dijo Jim Morrison.
—Pero eres tú. Sé que eres tú.
—No, no lo sabes. No sabes quién soy, del mismo modo en que no sabes quién eres.
«No me encuentro bien», pensé.
«Lo sé», pensó él para mí, y echamos a andar cogidos del hombro.

lunes, 1 de julio de 2013

Seleccionado para el XIV Calabazas en el Trastero: Creaturas

Este fin de semana se publicó la lista de seleccionados para el catorceavo número de la publicación de terror patrio por antonomasia, promovida por La Biblioteca Fosca y editada por Saco de huesos, y como veréis toca celebración:
Andy (Tomás Blanco Claraco)
Dampfmann, Frankenstein revelado (Francesc Barrio)
Gargantúa (Javier Fernández Bilbao)
Garras para Algernon (Pedro López Manzano)
Hombres de papel (Leonardo Yarri Bengoetxea)
Involución evolutiva (Andrés Díaz Hidalgo)
Las 23 Llaves del Armagedon (Magnus Dagon)
Lógica (José Manuel Fernández Aguilera)
Recuerdos en la sangre (Pedro Moscatel)
Tan solo recortes de prensa (Juan Ángel Laguna Edroso)
Una lejana torre de marfil (Óscar Muñoz Caneiro)
Vestida de azul (Santiago Eximeno)
Victoria, o la moderna prometida (Miguel Martín Cruz)

En el marco temático elegido para esta entrega, Creaturas, mi Recuerdos en la sangre es un relato de terror, ciencia ficción y nanobots en el que la terapia nanocítica, consistente en la incorporación de células artificiales nanométricas al corriente sanguineo, arroja un siniestro resultado imprevisto.

En cuestión de unos meses podréis leerlo junto al resto de relatos y el prólogo de Ángel Luis Sucasas, cortesía de Nocte; mientras tanto, aquí tenéis un adelanto de la portada obra de Tiboo: