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viernes, 28 de enero de 2011

Teatro callejero: Más allá del sofá

Lo que se encuentra uno por ahí cuando revisa sus escritos...

Y es que quién me lo iba a decir a mí cinco minutos antes de que trazara cuatro garabatos casuales sobre aquél folio por puro aburrimiento... pero el dibujo me inspiró un pareado.  Y el pareado una rimilla de aquellas de baratillo. Y esta a su vez una incompleta obra de teatro que representar en la calle con uno o dos amigos, un sofá y un televisor de cartón.

Quién me lo iba a decir a mí. Nadie, porque el teatro no es lo mío; y por eso mismo, y porque seguirá incompleta, y porque no se representará en ninguna callejuela peatonal, y porque no vale ni el peso del pdf que la contiene, la cuelgo aquí como está, sin terminar y sin apenas empezar.

¡Pero me reservo el copyright, ojo, que no por mala reniego de ella!




Más allá del sofá
P. Moscatel

Reparto de Personajes

NARRADOR: Vestido/a estrambóticamente,
          como un feriante, un juglar,
         un arlequín...
DURMIENTE: Aspecto desaliñado, de estar
           por casa.
CONCIENCIA: Completamente vestido/a de
           blanco.




ACTO I

Escena 1: El sofá


En escena tan sólo un sofá. El DURMIENTE se encuentra sentado en el mismo viendo el televisor, cuando su CONCIENCIA le exhorta a ver el mundo que hay fuera de su salón.

NARRADOR
Se encontraba sentado, como tantas otras veces,
deglutiendo abotargado sus catódicas memeces.

DURMIENTE
¿Por ventura no podría -por terminar bien el día-
reventar el televisor y extinguirse ésta porfía?

NARRADOR
Mas el mando no alcanzaba desde hacía ya diez meses,
que sentóse en su sofá y durmiósele la mente.

DURMIENTE
¿Por ventura no podría -por tocarme una alegría-
derrumbarse éste sofá y no sorberme más la vida?

NARRADOR
Mas su cuerpo no se alzaba de aquél trono que
enloquece, cuan perturba una pecera la cordura de los
peces.

DURMIENTE
¡Acabóse mi pereza, conluyó ya mi tormento, que ahora
mismo y sin dudarlo me levanto de mi asiento!

NARRADOR
Mas aquellas voluntades se perdieron en el tiempo:
continuaba allí sentado un minuto, tres y ciento.

CONCIENCIA
¡Incorpórate, holgazán, recupera ya tu esencia!

DURMIENTE
¿Qué es eso que oigo?

CONCIENCIA
Soy la voz de tu conciencia.

DURMIENTE
¿Y por qué habría de obedecer, cuando de mí soy el
dueño? No rindo cuentas al poder... [Bosteza] ...y
ahora mismo me entra el sueño.

CONCIENCIA
Obedece al menos si valoras en algo lo que es nuevo.
Contempla algo distinto que en la pantalla tu
reflejo.

DURMIENTE
En verdad he de decir que, aunque por bello me tengo,
al final algo aburre verme enfrente cual espejo.

CONCIENCIA
Pues alza la vista y mira al frente, ¡vislumbra un
mundo nuevo!

DURMIENTE
Alzo la vista y miro al frente... veo la tele, tengo
sueño.

CONCIENCIA
Pero alzas la vista de los ojos, no la de la mente.
Tuerces el cuello sobre los hombros y no
imaginariamente.

NARRADOR
Por aburrimiento hizo caso, y por poco no se levantó
tras ver que había todo un mundo y ya no más
televisor.

DURMIENTE
¿Pero qué es este sueño, esta maravilla? ¡Ojalá
pudiese partir acia esa senda de gravilla! Lástima
que me encuentre en pijama y zapatillas...

CONCIENCIA
¡Basta de excusas, cese ésta comedia! Yo te muestro
un mundo nuevo y tú me viertes frases necias. Si has
de vivir te levantarás, y si has de morir, sentarás.

NARRADOR
Y no dijo nada más; calló la conciencia.

* * * * * * * *

martes, 25 de enero de 2011

Reseña: El guerrero elfo


Me ha llevado bastante tiempo desde su publicación, pero finalmente ha llegado a mis manos El guerrero elfo, ópera prima de uno de los primeros en dejarse ver por los comentarios de éste blog, el escritor Francisco de Paula Pérez de la Parte, quien mantiene el blog Crónicas de Dracontrand.

Dado que se trata de un compañero, tanto bloggero como escritor, confieso que deberé hacer un esfuerzo extra para ser neutral en ésta reseña; aunque desde luego dudo que lo que le alabe a El guerrero elfo sea desmedido si tenemos en cuenta que con esta novela Francisco ha ganado el premio Jaén de literatura juvenil de 2010.

La novela, sin salir de los cánones del género fantástico, evidencia sin complejos las influencias del autor, cuya prosa bebe claramente de aquella ola de fantasía que siguió a Tolkien. Me refiero a aquellos autores que rodeaban el mundo editorial rodero, los encargados de crear trasfondos ambientales de proporciones épicas como la mítica Dragonlance o los Forgotten Realms del popular juego Dungeons & Drangons, dotando al género de ese aire de juventud que lo acercaba a todos.

Debo aclarar antes de nada que desde el principio el libro jugaba con desventaja;
y es que mi juicio suele ser exigente con los clichés, con las fórmulas ya usadas. Y al mismo tiempo, hay un gran público que desconfía de los cambios, de los moldes rotos, un público (juvenil en este caso) que quiere sus historias de elfos y magos, de espadas y dragones.

El aparente escollo de este dilema lo salva el autor con elegancia; nos encontramos con los acostumbrados tópicos de la fantasía juvenil, sí, pero también hallamos entre las páginas de éste primer (¿el primero de muchos?) título de las Crónicas de Dracontrand el punto justo de originalidad que hace al libro meritorio del premio.


La trama se centra en Élan, un joven miembro de la corte élfica, y en el viaje que, tras su rapto durante una aparentemente inocente competición de arco, le llevará no solo a recorrer los más insospechados rincones del continente de Transiand, sino lo que es más importante: le llevará a convertirse en Garth, el guerrero elfo.

En su camino vivirá la clase de aventuras que se esperan del género, pero especialmente la aventura de salir vencedor del conflicto interno entre su naturaleza élfica, etérea y vegetal, y su Yo animal, su parte más brutal y humana.

Entre las novedades que Pérez de la Parte incorpora en su novela, destaca la dualidad de las distintas razas de Dracontrand. En este mundo conviven elfos, humanos, halflings, enanos y gnomos, aunque unificados y en relativa paz tras la conformación del G.U.M., el Gobierno Unificado Interracial. Pero lo que les hace diferentes a los creados por Tolkien, o a los más tarde replicados una y otra vez tanto por Weiss y Hickman como por infinidad de otros autores acérrimos del género, es la composición elemental de dichos seres, que se relacionan simbióticamente con su medio. Los elfos, por ejemplo, deben "dormir" en contacto con la tierra, obteniendo de ella las energías durante su reposo. Los halflings, a su vez, son anfibios capaces de respirar bajo el agua, y así sucesivamente.

También aparece en esta primera novela un interesante tratamiento de la mitología del mundo de Dracontrand, de sus deidades y criaturas, un sine qua non del arquetipo épico-fantástico que sin duda traerá a la memoria aquellas evocadoras teogonías de los grandes del género, a pesar de que en el presente título este aspecto se trate casi al vuelo, dejando a un servidor con ganas de más.

¿una segunda edición?
Y aunque pueda parecer trivial, no me gustaría dejar sin comentar el gran tratamiento que ha tenido la edición de la novela a cargo de Montena (la linea juvenil de Random House Mondadori), con una bella portada y una estupenda presentación. He visto por ahí lo que parece una segunda edición con un lavado de cara a la portada que es sencillamente genial. 

Tras comentarle a Francisco mi intención de escribir esta reseña, él mismo me pedía una opinión sincera, o como él ha dicho, el azúcar y los palos.

Y es que no se puede hacer una verdadera crítica sin mostrar los puntos flacos. Del mismo modo que hasta el palo dulce tiene astillas, puede que la novela hubiese agradecido una mayor profusión y profundidad de diálogos, y quizá algún que otro aderezo a la trama, a veces demasiado simplista. Lo que por otro lado es perdonable, siendo una obra dedicada a un público juvenil.

Pero lo que es innegable es el gran esfuerzo que se colige del texto: un vocabulario amplio y elegante, un estilo cuidado, y en definitiva un uso conciso del lenguaje.

Pérez de la Parte pega fuerte con su primera novela; espero impaciente por ver a dónde le llevará su carrera. ¿Leeremos pronto más aventuras en la tierra de Dracontrand?

lunes, 24 de enero de 2011

Escribir un libro III: La mejor parte


Después de un parón de más de una semana, seguimos con esta humilde guía sobre el proceso de creación de una novela.

Si a alguien le pilla por sorpresa y no sabe de qué va todo esto, más información en la primera entrega de Escribir un libro.

Pero a lo que vamos... recapitulemos: tras lo visto en las anteriores entradas ya tenemos la idea, es decir, sabemos lo que queremos escribir; y hemos diseñado a grandes rasgos un elenco de personajes y una trama, por lo que tenemos todos los ingredientes necesarios para nuestra novela.

Solo falta mezclarlos...


Últimas consideraciones

Por fin ha llegado el momento de meternos en harina, de remangarnos y sentarnos a escribir. Pero antes de volcar en el papel todo ese cúmulo de escenas que hierven en nuestra cabeza, hay un par de consideraciones que debemos tener en cuenta (la última vez, lo prometo).

A sabiendas de que pueden parecer obvios e incluso innecesarios, incluyo estos consejos porque es un error más habitual de lo que podría parecer empezar a escribir sin tener estos aspectos en cuenta, lo cual a la larga solo se traducirá en más trabajo para obtener un resultado probablemente inferior. Así que para escribir nuestro primer manuscrito deberemos tener en cuenta lo siguiente:   

El tono

Debemos tener cuidado con el tono de nuestro relato, el cual cobrará forma a raíz de nuestras descripciones y diálogos. El vocabulario, las expresiones... merece la pena que nos detengamos a considerar cuales serán los más adecuados para lo que queremos narrar.

Una novela distendida, en tono de humor, probablemente usará expresiones coloquiales, frases cortas y simples, y un vocabulario no muy especializado. Por otro lado, un thriller dramático sobre abogados usará un lenguaje formal, frases largas y subordinadas, y un vocabulario lleno de cultismos y tecnicismos.

En mi novela utilizo un tono ligero, evitando los largos párrafos de frases subordinadas y dotando a los diálogos de un vocabulario simple y coloquial, principalmente debido a la corta edad de los protagonistas. Sin embargo intento contrarrestarlo con una narración más cuidada y reflexiva, a fin de crear una atmósfera que contraste con la aparente trivialidad del discurso de los jóvenes.

El narrador

¿Primera o tercera persona? ¿Conviene que sea omnisciente? Hay que tener muy claro esto si queremos evitar incoherencias de estilo. No hay nada peor que un narrador omnisciente que oculte algo al lector, o un narrador en primera persona que nos cuente cosas que no debería conocer.

Experimentar con distintos tipos de narrador puede ser muy enriquecedor, y puede dar muchísimo color a un texto, pero también puede arruinar nuestra novela si no sabemos escoger con cuidado. Para empezar, mucha gente recomienda el uso de narradores omniscientes en tercera persona.

Yo en El rebaño del lobo he mezclado el narrador omnisciente en tercera persona con pensamientos y reflexiones de la protagonista, centrando así la narración en ella en una primera-tercera persona, aunque a decir verdad no estoy muy seguro de la terminología que se emplea aquí...   

La extensión

En principio este es un apartado al que no se debería prestar mucha atención. Evidentemente, no nos plantearemos igual la redacción de un relato breve que la de una novela corta, ni del mismo modo la de una novela corta que la de una novela al uso. Pero a parte de esto, no deberíamos preocuparnos mucho por la longitud que adquiera la novela hasta que no hayamos finalizado el manuscrito.

Lo mejor es dejar que nuestro relato crezca cuanto precise; en última instancia tendremos oportunidad de eliminar unas escenas y profundizar en otras más adelante, cuando lleguemos a la fase de corrección y reescritura. Aun así, y ya que es una duda frecuente una vez que tenemos nuestra obra empezada, estas son aproximadamente las longitudes que se estilan:

-Novela: obra de más de 40.000 palabras
-Novela corta: obra de entre 17.500 y 40.000 palabras
-Relato: obra de entre 7.500 y 17.500 palabras
-Relato corto: obra de menos de 7.500 palabras

Por si alguien siente curiosidad, El rebaño del lobo ronda las 40.000 palabras, lo que la convierte o en una novela larga corta o en una novela corta larga (vaya tontería), aunque en el momento de escribirla yo no me planteé este tema en absoluto.  

El lector

El darle o no importancia a este asunto es una elección más bien personal; hay quien entiende que la obra debe ser lo que debe ser, sin pensar en un posible lector, y hay quien prefiere tener presente el efecto que lo escrito puede tener más adelante en el público. Si este es el caso, debemos plantearnos cuál es nuestro lector tipo, es decir, la persona ideal que esperamos que lea nuestro libro. Edad, extracto social o cultural, aficiones o incluso, por qué no, inclinaciones políticas.

Me gustaría decir que no pensé en ningún posible lector mientras escribía El rebaño del lobo, pero estaría faltando a la verdad. En un principio, mucho tiempo antes de plantearme la publicación, imaginaba la reacción de mis amigos, y más adelante, sobre todo en las fases finales, trataba de ponerme en el lugar del lector porque me parecía el único modo de causar las sensaciones que buscaba, aunque este último lector imaginario no estaba muy bien definido.
  

El manuscrito 

Bueno, me he extendido más de lo que pensaba... pero después de mucho planificar, pensar y repensar, ha llegado el momento: estamos en condiciones de comenzar nuestro primer borrador, (el primero de los muchos que vendrán... pero ese es otro tema).

Una página primero, después un capítulo, y antes de que nos demos cuenta el nudo y el desenlace de nuestro relato. Sin prisa... pero sin pausa. Revisando lo que escribimos, pero sin exagerar innecesariamente, ya que la verdadera revisión, la que realmente será útil, llegará más tarde.

Cuidando a nuestros personajes, para que no descalabren toda la historia; cuidando la trama, para que no se nos vaya de las manos o reprima a nuestros personajes; pero al mismo tiempo sin miedo alguno a improvisar, a cambiar un giro de la trama a última hora, o incluso crear de la nada un personaje que en un principio no creíamos necesario; al fin y al cabo es una fase de creación, y todavía puede pasar de todo.

Poco más puedo añadir sobre esta fase, al menos en un sentido creativo. Pero en cuanto a la forma... en fin, lo más importante a tener en cuenta es que los aspectos prácticos son los menos importantes. Y sin embargo... les damos importancia, aunque no termino de explicarme por qué.

Me refiero a cuestiones como el software, la maquetación, la longitud de los capítulos, etc. Son cosas de una importancia mínima, pero al mismo tiempo representan una buena excusa para haraganear un poco sin sentirnos tan culpables durante algún bloqueo o parón. Esto no es malo si no abusamos de ello, pero es una de las distracciones más peligrosas, porque a veces ni siquiera nos damos cuenta de que es un tiempo durante el que no estamos trabajando. Así que mucho cuidado.


Mi experiencia

Mi experiencia con El rebaño del lobo... la verdad es que no sé si es muy frecuente o quizá un poco excéntrica. Descubrí que me distraía si escribía en mi ordenador; que cuando no abría el explorador para "comprobar alguna cosa" (hacer el vago) cambiaba la maquetación o el tipo de letra de mi procesador de textos durante el tiempo que debería dedicar a escribir.

Así que me pasé al método tradicional. Escribía a mano en los típicos folios A4, los mismos que pronto terminaron convirtiendo mi habitación en un caos de deforestación literaria. Después releía y corregía sobre el papel cada capítulo, llenando de apretadas notas y garabatos el manuscrito original (la verdad es que es para verlo, todavía lo conservo en su mayoría). Una vez escrito, releído y corregido, lo mecanografiaba en el ordenador, lo que me daba la oportunidad de repasarlo de nuevo. Ya no suelo hacer esto, aunque de vez en cuando vuelvo a los folios; todavía tienen algo de encanto...

Y la redacción del texto en sí... cambié, cambié, cambié, improvisé, me equivoqué, acerté, volví a equivocarme... lo normal, supongo. Aunque ya había escrito mucho antes, fue la primera vez que terminé un texto largo, de modo que no estaba familiarizado con la organización, la composición de algo tan grande. Pero tuve suerte y conseguí que no se me fuese mucho de las manos.

No obstante, incluso tras teclear ese FIN que tanto había deseado escribir, todavía me quedaba mucho trabajo por delante...

viernes, 14 de enero de 2011

Off topic: Fotos y noticias varias

Entre otras muchas, hay dos cosas que detesto particularmente. Una es posar para una fotografía.

Y la segunda es el resultado.

Pero como después de todo parece que estas cosas son necesarias, pues qué remedio, ha habido que hacerse las malditas fotos. Y después de que una amiga me comentase que quería estrenar su nueva cámara reflex y no sabía cómo... en fin, que no he podido decir que no.

Y como dirían en Westminster, "from lost to the river", ya puestos me he decidido a colgarlas en el blog, que nunca sobran ideas para postear cuando al escritor le falta el tiempo.

En fin, gracias a Laura González por las imágenes, a ver si la próxima vez encuentra un modelo menos quejica (y yo una excusa mejor para postear).

En otro orden de cosas, he estado tratando de darle otro aspecto al blog, pero después de probar todas las plantillas y editarlas hasta la saciedad, llegué a la terrible conclusión de que el resultado me gustaba menos que el aspecto actual de la página. Si alguien ha entrado al blog y lo ha encontrado irreconocible, quizá ahora entienda por qué. Pero no, no se me ha ocurrido nada que cambiar, así que mientras no me dé un nuevo arrebato y lo intente de nuevo, se quedará como está. Si a alguien le apetece diseñarme una nueva plantilla, yo encantado.

Pero ha habido algo que sí ha cambiado; he añadido dos páginas al blog, sobre el autor y sobre la novela, cuyo contenido no voy a explicar (me parecen dos títulos bastante autodescriptivos).

Y por último, las visitas han llegado a superar el tercer millar en poco más de tres meses, lo cual me hace sentir muy contento y agradecido.

Así que, ¡gracias a todos/as!, y sobre todo ¡perdón por esta entrada de relleno!

martes, 11 de enero de 2011

Escribir un libro II: ¿El huevo o la gallina?

Continuamos con esta serie de posts sobre el proceso de planteamiento, redacción, publicación y distribución de una novela. En la entrada anterior, establecíamos como primer paso imprescindible la determinación de una idea o concepto, es decir, qué queremos contar. Una vez tengamos esto claro, la pregunta sería: ¿Cómo lo contamos?

Y aquí es donde las cosas se complican. Hay quien asegura que lo mejor es establecer en primer lugar la trama, y hay quien asegura que lo mejor es identificar antes a los personajes. Hay quien dice que estos bosquejos en los que definamos tanto trama como personajes (siempre antes de comenzar a escribir) deben ser exhaustivos y hay quien dice que no deben ser más que un leve boceto.  Cómo siempre, el mejor modo es el que mejor funcione para cada uno.

Este es el mío...


Primero la gallina

¿Quién pone el huevo? O lo que es igual: ¿qué le lleva a la gallina a poner el huevo? ¿Pondría un huevo similar en caso de ser otra gallina, quizá una parda o de corral?

No es un ejemplo muy afortunado...

Lo que intento decir es sencillamente lo siguiente: una trama determinada no nos dará a un tipo u otro de personaje, más allá de estereotipos y obviedades. Imaginemos la escena del robo de un banco. La trama por sí misma nos daría como personaje a un ladrón que roba un banco, y lo definiría como un criminal. Pero ¿y si queremos mostrar a un personaje entrañable dentro de su condenabilidad? Un personaje impulsado a robar el banco, quizá un joven empleado de una gran multinacional que presenció la violación y posterior intimidación (despido incluido) de una joven secretaria. Quizá un joven que no ha venido al banco pistola en mano por que buscase dinero; alguien que sabe exactamente en qué lugar de la caja fuerte se encuentra la única copia de la cinta de vídeo de las cámaras de seguridad de la oficina del presidente del consejo empresarial... Aún así seguimos sin saber nada sobre nuestro protagonista.

Ahora cambiemos de planteamiento. Olvidemos por un momento toda la historia (la trama) y volvamos al personaje, un joven comprometido, que fue un idealista pero que empieza a dudar, que empieza a cuestionarse la utilidad de luchar por lo que cree. Al principio interesado en el teatro, terminó estudiando económicas al deber afrontar la necesidad de dinero en su hogar tras la muerte de su padre. Ha terminado trabajando en una importante multinacional, y aunque a los suyos no les falta de nada, tiene la sensación no solo de haber sacrificado sus mejores años sino de haberse traicionado a sí mismo y a sus ideas. Si a continuación colocamos a este personaje como testigo de la vejación de la inocente secretaria, es probable que la trama brote por sí sola, ¿no os parece?

Puede haber gente para la que esto no funcione así, pero para mí esto es casi una máxima: primero los personajes.

Ahora bien, crear unos personajes creíbles y bien definidos no solo es una de las partes más complicadas de la redacción de una novela, sino también uno de los factores más determinantes para medir su calidad.

Me gustaría decir que tengo un sistema concreto para crear personajes, pero estaría mintiendo. Es verdad que a veces tomo notas sobre el carácter o las motivaciones, pero en otros casos me limito a establecer la edad y poco más, ya que el resto lo tengo más o menos claro en mi cabeza... No digo que sea una buena práctica, entre otras cosas porque no creo que lo sea, pero a menudo sencillamente escribo un párrafo como el de más arriba, el del joven que roba el banco, y lo demás (detalles y trama) parece desarrollarse por sí mismo.

Sin embargo hay gente que hace verdaderas burradas, llegando a escribir extensos textos sobre el pasado de sus personajes, diálogos que muestran sus formas de expresarse, etc., y eso sabiendo que dichos textos no verán la luz jamás: solo serán un trasfondo sobre el que edificar unos personajes más creíbles. Me parece un poco exagerado, pero imagino que funciona bastante bien.


Y después el huevo

De modo que tenemos la idea, lo que queremos contar. Y tenemos un protagonista o un elenco de personajes con distintos aspectos de personalidad que les hacen idóneos para ese desenlace que tenemos en mente. Pero ¿cómo llenamos el espacio que queda entre el momento en que presentamos a los personajes y el momento en que éstos ejecutan el gran final?

No quiero decepcionar a nadie, pero soy de la opinión de que no existe un modo concreto.

Dicen que Hemingway era uno de los más acérrimos defensores del uso de tarjetas para diseñar sus tramas. Esto es usar pequeñas tarjetas en las que apuntar escenas o momentos de la trama para después poder ordenarlas una y otra vez a voluntad, dando lugar al orden adecuado. Es una técnica que he usado pero que no me ha dado buenos resultados. Prefiero hacer mis cábalas de un modo más interno. Es más, me gusta dejar la mayor cantidad posible de huecos y lagunas. Y es que una excesiva planificación puede ser muy peligrosa: podemos tener la sensación de haber terminado con todo el trabajo creativo, -que al fin y al cabo es el más atractivo- incluso antes de escribir el primer párrafo. Puede que haya gente cuya dedicación y voluntad le permita escribir una novela a pesar de esto, pero yo, que me considero incapaz, hago lo posible por mantener mi propio interés el mayor tiempo posible. Cuando escribo me gusta que haya cosas que incluso yo no sepa; me parece que la mejor manera de transmitir misterio al lector es sentirlo tú mismo en primer lugar.

Supongo que no he explicado mucho sobre el mejor modo de diseñar una buena trama, pero a este nivel (el de planificación) no creo que haya mucho más que añadir; planifica la trama igual que inventarías una melodía silbada; ya habrá tiempo de convertir las notas intuidas en armonías exactas y elaboradas (durante la propia redacción de la novela).


Mi experiencia y conclusión

En el caso de El rebaño del lobo, confieso que la planificación fue mínima. Hasta que no llevaba escritos unos cuantos capítulos no sabía siquiera cómo terminaría la novela. Pero aunque esto fue muy divertido, me llevó a un proceso de reescritura innecesariamente arduo, que me podría haber ahorrado con un mejor equilibrio entre planificación e improvisación. Veremos qué ocurre con el siguiente libro...

En fin, en el siguiente post hablaremos sobre el modo en que afrontaremos la redacción del libro en sí (tono, narrador, ritmo narrativo y tensión...) y posiblemente sobre la organización de capítulos y extensión que querremos para nuestra novela.

Y si alguien tiene curiosidad por algo que se me quede en el tintero... se admiten sugerencias, como siempre.

miércoles, 5 de enero de 2011

Escribir un libro I: La idea

Me he dado cuenta de un par de cosas. La primera, que hay mucha gente que no tiene por qué estar familiarizada con el proceso que lleva desde la intención de escribir una historia a la culminación en forma de libro publicado. La segunda, que uno de los propósitos de este blog era el de compartir mis experiencias con la escritura y la publicación, un tema que tengo la impresión de haber desatendido en mis entradas.

De modo que me he decidido a escribir esta serie de posts sobre el proceso de la escritura, así como mis experiencias y (siempre que las encuentre) las de escritores ya consagrados.

Espero que os resulte interesante... 


El primer paso: La idea

No sé si hay gente que se dedique a escribir sin tener nada que contar. Supongo que quizá los escritores de encargo, o uno de esos escritores que llegan a escribir hasta tres y cuatro novelas en un único año (no me imagino cómo) lleguen hasta el punto de necesitar publicar y haber agotado sus ideas. Pero a mí, no sé si debido a mi imaginación, que lo dudo, o más probablemente a cierta imposibilidad para escribir a un ritmo suficiente como para agotar mis ideas, nunca me ha ocurrido algo así; al menos no que yo recuerde.

Pero tanto si la idea se tiene ya en mente como si se quiere escribir aunque todavía no se tenga muy claro sobre qué o por qué, yo diría que encontrarla si aún no se tiene y perfeccionarla y concretarla después sería el primer paso.

Cuando hablamos de idea no hablamos necesariamente de una trama desarrollada, sino de un simple concepto; en mi opinión pensar en lo que vamos a escribir como una simple trama sería un error que nos llevaría a escribir poco más que el guión de un telefilm de domingo. Así si queremos escribir por ejemplo una novela de espías, lo último que deberíamos tener en mente sería algo parecido a lo siguiente:
Espía A trabaja para país Aa pero se vende a país B tras conocer a agente doble femenino (C) de país B y caer locamente enamorado. Al final mueren todos.
Sin embargo podríamos tener una idea subyacente que moviese todo, como por ejemplo, la posibilidad de una inminente revolución en la Korea filo-americana que promoviese la unión de las dos Koreas. En realidad esta revolución estaría subvencionada y auspiciada por la OTAN, para que EE.UU. pudiese entrar en la guerra e invadir toda la zona. Claro que si la Unión Europea ha aceptado ayudar a Estados Unidos es por un motivo oculto: aprovechar la decadencia del imperio Norteamericano para declarar la guerra a EEUU y librarse de su hegemónico dominio en política de mercado. Una guerra entre Europa y Norteamérica bien merece una novela, ¿no os parece?

Después podremos comenzar con la trama, preferiblemente una vez conozcamos mejor a los personajes y sus motivaciones. Después de todo, puede que aquella trama prematuramente planeada no encajase después con los protagonistas que hemos creado, lo que podría ser un problema irreparable.

Tampoco hay que tener prisa con este tema; una vez tengamos esa idea o concepto conviene esperar, dejar que la idea se asiente. Sin que pensemos especialmente en el tema, podría venirnos a la cabeza un giro inesperado, una nueva idea que lo cambie todo... Probablemente pasado un tiempo, cuando nos toque concretar la trama, tengamos varias ideas listas para aplicar que no se nos habrían ocurrido sin haberle dado a la idea el tiempo preciso para asentarse.


Mi experiencia

Cuando se me ocurrió la idea que me llevó a escribir El rebaño del lobo estaba con otros proyectos entre manos, por lo que tuve tiempo de sobras para que la idea se asentase. La idea era bastante simple a decir verdad; un grupo de jóvenes se quedan solos en una ciudad sacudida por un holocausto. Suena mejor si tenemos en cuenta los motivos de dicho holocausto, pero eso de momento no os lo voy a decir. ;)

Con otros escritos la cosa ha sido a grandes rasgos similar. Alguna vez me ha ocurrido tras meditar una idea tener que cambiarla o desecharla por completo, a veces debido a que ya existía algo demasiado parecido (no me apetece reinventar la coca-cola) y otras por resultar inviable o tener una base equivocada. También me ha ocurrido encontrar de golpe un nuevo enfoque que cambiase la idea diametralmente, lo que ha sido bastante inspirador, e incluso juntar distintas ideas a las que parecía faltar algo en un solo proyecto redondo.

En principio esto no me cuesta por mi manía de apuntar todo lo que se me ocurre, así como tener siempre en la cabeza un puñado de ideas a las que dar vueltas para su desarrollo.


La experiencia de otros

En el libro del que hablé en la entrada anterior, Escribir un thriller, André Jute habla de cómo debió descartar una idea prometedora sobre la monopolización de las minas de plata debido a que un colega escritor había publicado ya sobre el tema. En su caso fue todavía peor, ya que había comenzado el manuscrito, que terminó en la papelera.

Ken Follet, por su parte, (os recomiendo que investiguéis sobre sus inicios, es cuando menos curioso lo que le llevó a convertirse en escritor) apostó en su obra Los pilares de la tierra por un giro diametralmente opuesto a su línea de espías y thrillers políticos. Apasionado desde la niñez por la arquitectura de las catedrales, se decidió a acometer la titánica tarea de narrar la construcción de uno de estos apabullantes monumentos, con el consiguiente terror de su agente literario.

Se cuenta a menudo también la curiosa historia de que el profesor Tolkien, mientras corregía exámenes de sus alumnos, escribió sin motivo aparente en un papel la siguiente frase: In a hole in the ground, there lived a hobbit. (En un agujero en la tierra, vivía un hobbit). La Tierra Media y gran parte de su mitología ya existían desde mucho tiempo antes, cuando un joven J.R.R. Tolkien garabateaba en su libreta historias sobre dioses y elfos en una trinchera en tiempos de la Gran Guerra, pero se dice que los medianos como tales (así como las novelas El hobbit y El señor de los anillos) vieron la luz gracias a esa frase inspirada por el tedio y completamente aleatoria.


Conclusión

Espero que os haya parecido útil o interesante. Sobre todo aclarar que no hay un método único para escribir, no hay ninguna fórmula que funcione mejor que la que uno mismo desarrolle mediante el trabajo y la experiencia; que esto sirva también para futuras entradas sobre el tema.

Me despido con una cita:

Ideas, unlike solid structures, do not perish. They remain immortal, immaterial and everywhere, like all Divine things. Ideas are a golden, savage landscape that we wander unaware, without a map. Be careful: in the last analysis, reality may be exactly what we think it is.

(Y mi traducción, que me gusta más que la de google):

Las ideas, al contrario que las estructuras solidas, no perecen. Permanecen inmortales, inmateriales y omnipresentes, al igual que todas las cosas Divinas. Las ideas son un dorado, salvaje paisaje que recorremos sin apercibirnos, sin mapa alguno. Cuidado: en último análisis, la realidad podría ser exactamente lo que pensamos que es.

Alan moore

martes, 4 de enero de 2011

El oficio de escribir: Sobre el honor y los honorarios

Algo que me sorprendió mucho en su momento fue descubrir el hecho de que la mayoría de los escritores de éxito medio -sobre todo en el género del thriller- se consideran escritores de oficio, es decir, escriben por y para vender. Por supuesto esto no es nada malo o negativo; no seamos demagogos, la vida es dinero, y hallar una forma agradable de lograrlo no debería ser algo condenable o criticable.

Pero sin embargo me sorprendió, supongo que porque hasta el momento no es ese el tipo de literatura que me ha interesado. Quiero decir, ¿realmente merece la pena subyugar la creación de uno, ese proceso tan largo y trabajoso pero sobre todo tan propio y personal a la voluntad de los cambiantes vientos del mercado?

André Jute, en su libro Escribir un thriller (Ed. Paidós en España) no solo opina que sí, sino que incluso lo recomienda a aquél futuro escritor que quiera convertirse en uno de estos "artistas de oficio".

El libro de Jute es en realidad un manual cuando menos interesante, del que se puede extraer algo de utilidad, aunque esta provenga más de las experiencias narradas por el escritor que de sus consejos en sí. Pero al margen de esto, es interesante por su manera de tratar y entender la profesión de la escritura y el mercado que la rodea. Jute habla de ese nuevo mundo editorial formado por las grandes corporaciones multinacionales del entretenimiento, habla de la práctica imposibilidad de salir adelante sin un agente, habla de las modas de los bestsellers... habla, en definitiva, de un negocio.

Y eso a pesar de que muchos párrafos son alentadores e incluso inspiradores, ojo, que después de todo un escritor nunca deja de ser producto de la vocación. Pero aun así el jarro de agua fría sobre los inocentes escritores amateurs es constante: vivir es fácil, vivir bien es duro; escribir es fácil, escribir bien es duro; publicar es posible, vivir de ello es muy duro.

¿Pero es que realmente hay quien escriba una par de páginas y considere el éxito como una posibilidad? Lo siento pero no me entra en la cabeza. La sociedad de la eterna lucha, la competición por una vida mejor... nos inclinan a pensar que un buen libro que no se venda es a efectos prácticos un mal libro. Y un mal libro que se venda como churros, será un éxito, se considerará que su autor es en muchos sentidos una persona mejor que sus antiguos semejantes. Si un instante antes de comprar un libro supiese que esa persona persiguió desde el primer momento el éxito, la fama y el dinero, devolvería el volumen a la estantería.

No me gustan los moralismos; no sé qué ocurriría si me plantasen delante un contrato millonario a cambio de una saga sobre vampiros zombies que buscan el grial y son capturados por las F.A.R.C en Beirut, donde los illuminati liderados por Obama intentan resucitar a JFK para obligarle a revelar el gran secreto: María Magdalena sigue viva en una base nazi en la Antártida. Bueno, en realidad sí lo sé (tiene que ser divertidísimo escribir eso) pero lo que quiero decir es que en el futuro podría vender mi trabajo como escritor del mismo modo que vende un electricista sus horas de trabajo entre cables. Pero por el momento me gusta pensar que no, que lo importante es escribir, y sobre todo escribir lo que quiero y como quiero. 


Qué pena que tenga que estropear el final de este post para confesar que en este instante casi me apetece escribir sobre vampiros zombies...

domingo, 2 de enero de 2011

Fumadores literarios: El cigarrillo narrativo y otros estereotipos

Ya está aquí la reforma de la ley anti-tabaco. Parece que ya toca ver cómo la prohibición se lleva a la práctica. Es la hora de que, tras suavizarse el primer impacto y calmarse de nuevo las aguas mediáticas, terminen por extinguirse todas aquellas conversaciones que hemos ido teniendo a lo largo de los últimos días, aquellas conversaciones en que elucubrábamos sobre las consecuencias de la ley, así como sobre sus ventajas y desventajas. El momento de plantearse por enésima vez si dejar o no el vicio, empeño en el que algunos tendrán más éxito que otros.

"Estoy harto de turrón y galletas, niños: para estas navidades, con el licor quiero que me dejéis un buen paquete de cigarrillos."

Quizá lo consigan; quizá no vuelvan a verse aquellas escenas de fumadores que la mayoría recordamos. No más Bogarts, fumando con naturalidad; no más delicadas Hepburns que evitan manchar sus guantes de nicotina; no más Deans, no más rebeldes sin causa manteniendo un precario cigarrillo en la boca sin soltar el manillar de su vehículo.

Y si desaparecen los grandes, ¿cómo van a permanecer los pequeños? ¿Qué haré ahora con mi ejército de personajes fumadores?

Y es que no son pocos. El tabaco está presente en muchos de mis escritos, pero -al menos hasta la fecha- en ninguno hay tanto humo como en El rebaño del lobo. Es gracioso; cuando me encontraba escribiendo la novela y me invadían las ganas de fumar, sencillamente dejaba que mis personajes encendiesen un cigarrillo. Y más tarde, al releer esos pasajes y corregir lo escrito, los muy vengativos me devolvían la jugarreta y me veía en la necesidad de encender yo el cigarrillo. Vamos, que entre piques y envidias la cosa no acababa. Claro que era yo quien llevaba las de perder; y es que mientras que los pulmones de mis personajes son ficticios, los míos son muy reales (y algo de aprecio les tengo).

Incluso en los relatos habréis podido notar este exceso de humos:

Lobo encendió otro cigarrillo.
-Escucha, no digo que me preocupe, ni nada parecido. Le gusta estar solo, y creo que le viene bien, que lo necesita. El problema es que la soledad la sobrelleva con una botella, y las calles ya no son seguras. Es solo eso.
-Baja la ventanilla, nos vamos a ahogar -dijo Caimán como toda respuesta-. Y enciéndeme otro a mí, ¿quieres?
Relatos del rebaño V: Las luces

"¡Ahora con más cáncer!"
Pero supongo que la paulatina desaparición del tabaco (a la que por momentos parecemos condenados) no es si no por el bien de todos, por mucho que quizá esa decisión la debiéramos tomar precisamente nosotros y nadie más. Por mucho que por nuestro hábito de fumadores se nos persiga ley en mano y se nos castigue como infractores de una supuesta norma de conducta cívica que parece haber brotado de la nada. Por mucho que las recaudaciones devenidas de dichas penas convengan tanto a las vacías arcas del estado en un momento como este. Seamos indulgentes y pensemos que es por nuestro bien, que lo que importa es la salud... aunque solo sea para no hacernos mala sangre.

En fin, tenía la intención de exagerar, pero quizá sea realmente el principio del fin de la antigua costumbre de inhalar el humo del tabaco, del mismo modo que desaparecieron en su momento el rapé o el opio (al menos en el sentido de que dejaron de estar bien vistos por la sociedad). Quizá sea verdad. Quizá sea la hora de que mis futuros personajes se planteen dejar de fumar...